
Castro, Lula y Vargas Llosa
Desde las columnas del diario madrileño “El País” el
laureado escritor peruano- español Mario Vargas Llosa describe sus
sentimientos ante la visita del Presidente brasilero Lula da Silva al Tirano
substituto Raúl Castro, a raíz de la muerte por inanición
del preso político cubano Orlando Zapata Tamayo. Vargas Llosa no pudo
ser más gráfico: “Su foto con Raúl y Fidel me
retorció las tripas”.
Vargas está genuínamente ofendido y su reacción no provoca
en mí cinismo ni vituperio. Respeto la honestidad del autor de La
fiesta del Chivo y La tía Julia y el escribidor y comparto su legítima
repugnancia. Habla Vargas el evangelio cuando afirma que sólo idiotas
esperarían del régimen castrista un comportamiento diferente
después de 51 años de práctica criminal que contínuamente
justifica La Habana con mil falsedades a través de todos sus medios
publicitarios, tanto propios como afiliados. Esos medios no son pocos ni
existen sólo en el ámbito de la Isla. ¿Acaso son pocos
los idiotas en Hispanoamérica?
Enfatizar esos 51 años de maldad es clave en este contexto, pues el
crimen organizado y brutal empezó desde el instante mismo en que esa
mafia asesina se hiciera cargo del poder político cubano, el que muy
desgraciadamente para nuestra historia encontrara totalmente vacante.
La única reacción para mí inexplicable es la sorpresa,
sutil e implícita en el ensayo de Vargas, ante la actitud indiferente
y cómplice del Presidente del Brasil con los crímenes del castrato.
Se trata de amigos personales de Lula, sus socios en comercio ilícito,
sus viejos asociados políticos en la mayor de las Antillas. En esa
sorpresa hay una candidez e ingenuidad totalmente incongruentes con el vasto
intelecto del novelista.
¿Acaso no sabe Vargas Llosa del siniestro cónclave de 1990
llamado “Foro de Sao Paulo”? Esa primera iniciativa internacional
para rescatar y socorrer al castrismo se originó en la mismísima
base siderúrgica del poder gremial de Lula. Hace veinte años
se cimentó allí no sólo un comité de activismo
subversivo, sino una alianza política forjada en la desesperación
de un marxismo moribundo que frenéticamente buscaba nueva sangre para
el monstruo antillano cuando el cese del subsidio soviético paulatinamente
lo sofocaba. La condición insoslayable del castrismo es su eterna
dependencia: la ruinosa vigencia socialista-totalitaria sólo perdura
mediante un irremediable subsidio económico.
Esa solidaridad totalitaria permitió que un delicuente desvergonzado
como Mel Zelaya fuera protegido en la Embajada Carioca en Tegucigalpa después
de haber accedido al territorio hondureño por el mismo sendero de
la droga; de contrabando. Y duró hasta que el nuevo gobierno de Honduras
permitiera la salida del territorio de ese bochorno nacional.
Esa misma solidaridad criminal entre Lula y Castro (esta vez con la complicidad
del Presidente Calderón de México) generó el notorio
reciente aquelarre de Cancún, convocado no para formar “otra
organización regional más”, como afirma Vargas Llosa,
sino una muy sui géneris, que específicamente excluya a Estados
Unidos, Canadá y Honduras, e incluya prominentemente a la corrupta
satrapía castrista. Nada memorable produjo ese encuentro a Dios gracias,
excepto un conato de enfrentamiento físico entre el Presidente colombiano Álvaro
Uribe y el dictador venezolano Chávez, en el que el Hermanísimo
Raulito supuestamente asumió el dudoso papel de pacificador. El gobierno
azteca no ha publicado aún las evidencias audiovisuales del vergonzoso
escándalo, más apropiado a un burdel que a un evento diplomático.
Vargas Llosa publica su trabajo en El País, diario de izquierda moderada,
identificado en general con el Presidente José Luís Rodríguez
Zapatero y su presente desacreditada y ruinosa administración socialista.
Se trata de esa social democracia europea en cuyo ambiente Vargas Llosa con
toda justificación se siente más relajado que en la Hispanoamérica
de Chávez, Ortega y Evo. La misma que contra toda esperanza continúa
tratando de que Castro se democratice. Recientemente durante una entrevista
para un programa de la TV del área de Miami, un periodista del País
refiriéndose al escandaloso complot del 2003 entre la ETA, las FARC
y el régimen chavista para asesinar a prominentes políticos
colombianos en España, preguntó retóricamente, “¿Qué pretenden,
que invadamos a Venezuela?” Por lo menos el director de “El
Mundo” ha mantenido una actitud digna y consistente tanto con la realidad
objetiva como con la soberanía española, flagrantemente violada
por Chávez y sus secuaces.
El inefable asombro de intelectuales hispanoamericanos ante las duplicidades
de “típicos mandatarios democráticos latinoamericanos,
casi todos ellos cortados por la misma tijera” es en sí realmente
asombroso. Por lo menos a mí nunca cesa de asombrarme. Nada hay típico
en Lula, excepto su furtivo maquiavelismo. No es necesaria mucha disección
del pequeño y barbado carioca: es sólo un “filho” de
la gran puta.
Corrección de error cronológico en la edición anterior
de esta columna: Las tradicionales regatas de Varadero que narré no
ocurrieron en 1959, sino dos años después, en 1961. Los notorios
hermanos de la Guardia no representaban el Havana Yatch Club, en esa fecha
bogaron en una canoa llamada “Caribe” de la Universidad de La
Habana. Esto nada desvirtúa el resto de la cita que es 100% correcta.
La moraleja es nunca confiar en la memoria cuando se ha vivido por 75 años.
Perdones a todos los lectores y gracias a quienes llamaron mi atención,
como Alberto Luzárraga y María Teresa Villaverde Trujillo.
© Hugo J. Byrne
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