

Mi Cancelación a "National Review"
(Traducción libre del inglés)
A fines de 1997 recibí como generoso regalo una subscripción
al semanario “National Review” de un amigo conservador. Al expirar
la misma decidí no renovarla. Entonces National Review me envió una
carta “personalizada” (eufemismo que significa que no la firma
quien aparece como remitente) de su editor, el desaparecido William F. Buckley
Jr., rogando de mí unas líneas explicando mi decisión.
Acompaño mi respuesta por considerarla de interés público
y en especial para los cubanos exiliados y sus descendientes. Aunque esta
carta fue escrita hace doce años, considero que todavía estamos
encarando las realidades que describe.
Mr. William F. Buckley
National Review, New York
Estimado Mr. Buckley:
No eapero que usted lea estas líneas en persona. Pero no puedo resistir
el impulso de contestar la post data en su carta “personalizada” que
busca renovar mi subscripción a National Review.
Disfruté mucho la lectura de su revista, pero efectivamente, no deseo
renovar mi subscripción. Aunque apoyo quizás en un 95% las
posiciones editoriales de National Review y ciertamente me considero un “conservador” en
la definición norteamericana contemporánea, me ha frustrado
encontrar un tema básico en el que estamos en completo desacuerdo.
Confieso que soy parcial en el tema, pero tomar partido nunca ha implicado
renunciar al uso de la razón cuando existe una diferencia de criterio.
Por lo tanto, he debatido ese tema en los periódicos, la radio y la
televisión. Durante esos debates nunca he podido encontrar un solo
argumento válido en el lado opuesto. El tema a que me refiero se podría
definir en una sola palabra: Castro. Me opongo fuertemente a la posición
que toma National Review en contra del embargo comercial de Estados Unidos
contra Castro.
Estados Unidos puede ignorar el peligro en Cuba, pero la historia demuestra
que lo ha hecho en contra de sus mejores intereses. Cuba es la mayor, la
más populosa y, de acuerdo al record histórico la más
importante isla del Hemisferio Occidental. Groenlandia es mayor en tamaño,
pero es una isla desierta y algunos geógrafos serios la consideran
un continente. Cuba es también la cuna de un pueblo noble y sufrido
que ha luchado por la libertad por casi 200 años. Esa lucha incluyó la
más larga, sangrienta y costosa de todas las guerras de independencia
de América. Ese conflicto parecía haber llegado a una conclusión
feliz cuando se inaugurara la República de Cuba el 20 de mayo de 1902.
Infortunadamente las semillas del retorno de Cuba al despotismo europeo se
sembraron a la vera de una miope decisión tomada durante los primeros
gobiernos republicanos. Había terror a que Cuba pudiera convertirse
en una segunda Haití, duplicando su miseria y caos. El prejuicio racista
fue exacerbado por las estadísticas del censo obtenido durante la
primera intervención norteamericana que arrojaba una gran proporción
de negros y mulatos. Por eso los gobiernos de Estrada Palma, Gómez
y Menocal, auspiciaron el influjo migratorio de 600,000 europeos quienes
se asentaron en Cuba en menos de 20 años. Si el único objetivo
de esa política era “balancear” la composición étnica,
tuvo un éxito sin precedentes: 72% de la población cubana era
blanca de acuerdo al censo de 1952.
Sin embargo, como resultado típico de toda decisión inspirada
por el miedo, la ola migratoria europea no resultó en la armonía
social que procuraba. La línea del menor esfuerzo favoreciendo comunidad
en lengua y cultura procuró que el 85% de los emigrantes vinieran
de España. La inmensa mayoría de los recién llegados
era productiva y decente. Hombres laboriosos y dedicados, ansiosos de hacerse
de un modus vivendi en una tierra prometedora. Su contribución al
desarrollo nacional durante las primeras décadas de la República
no puede ponerse en tela de juicio.
Desgraciadamente, una influyente pequeña parte de los emigrantes peninsulares
trajo a Cuba el resentimiento de la muy reciente y humillante derrota sufrida
en nuestra Guerra de Independencia. Los consumía el odio no sólo
contra Estados Unidos, sus instituciones e intereses (la Guerra Hispanoamericana
era referida como “el desastre” en las escuelas primarias peninsulares
hasta por lo menos el fin del Régimen de Franco), sino también
contra la joven república. Cuando se trata de entender a Fidel Castro,
la perversa represión que desató contra Cuba y su cerval antipatía
antinorteamericana, es necesario saber que su padre Ángel Castro desembarcó en
Cuba como soldado colonial y peleó vigorosamente contra nuestra independencia
desde 1896 hasta 1898.
Cuando vine a Estados Unidos lo hice como exiliado político de Cuba
y aunque he vivido casi toda mi vida adulta en esta gran república
que amo y que serví honorable y voluntariamente cuando muchos nativos
corrían como pollos sin cabeza tratando de evitar ese servicio (incluyendo
a uno que después fuera electo presidente dos veces). Hace muchos
años que me hice ciudadano de esta nación y tengo que reconocer
que pensaba y actuaba como “gringo” muchos años antes
de tomar esa decisión. A pesar de todo eso, nunca he podido ni podré jamás
olvidar la razón fundamental por la que me encuentro aquí y
no sería capaz de ignorar el injusto sufrimiento que oprime la tierra
en que nací. Oponerme al embargo comercial equivaldría a ignorar
ese sufrimiento, porque sé que su abrogación unilateral por
Washington prolongaría la vida del Régimen.
Sé que el mantenimiento del embargo por sí sólo no puede
producir la caída de Castro, muy especialmente si se aplica con timidez,
como al presente. Sin embargo, la noción de que eliminarlo mejoraría
las condiciones vitales en Cuba y desestabilizaría al Tirano es una
broma de mal gusto. La idea de que su eliminación sería ventajosa
para Estados Unidos es también una estafa. Castro demanda, (necesita)
crédito y no paga sus deudas (no quiere ni puede) desde 1986. Incluso
la liberalización económica de Cuba no redundaría en
libertad civil. Franco gobernó a España con mano de hierro
por cuarenta años usando un sistema esencialmente de mercado libre.
Lo mismo hizo Juan Vicente Gómez en Venezuela y Porfirio Díaz
en México. La dictadura corporativa del PRI en México gobernó ese
país de forma esencialmente similar.
La llamada “área dólar” es usada por Castro en
una forma que haría que Adam Smith se retorciera en su tumba. Los
inversionistas extranjeros pagan los salarios en dólares que son entregados
a los amos castristas. Estos a su vez pagan a sus siervos cubanos la misma
cantidad numérica en devaluada moneda nacional (1.00 Peso cubano=
$0.16).
Lo que a menudo no se entiende es que la miseria en un sistema totalitario
marxista como el de Castro no ocurre por involuntaria ineficiencia, sino
que es parte fundamental del sistema. Castro heredó una nación
próspera y destruyó su riqueza a propósito en cuestión
de pocos meses. La tarjeta de racionamiento no es consecuencia de carestía,
sino herramienta de control. El control económico asegura el control
político. Por eso es que las concesiones a la libre empresa de Castro
son siempre limitadas y temporales. Un fin unilateral del embargo de Estados
Unidos sólo extendería la explotción castrista (hasta
ahora limitada a Cuba), al bolsillo del contribuyente norteamericano.
Castro nunca reduciría o negociaría pacíficamente su
dominio sobre Cuba. No estamos encarando en su caso al tradicional dictador,
ni a una típica nación hispanoamericana. Eso debe ser evidente
a estas alturas a toda persona familiarizada con el éxodo cubano a
Estados Unidos desde 1959. Aún hoy, cuando el Tirano aparenta empezar
a sufrir franca deterioración senil, sus pares no son Trujillo, Duvalier
o Somoza, sino Stalin, Hitler o Mao.
Por todas esas razones prácticas me opongo a cualquier grado de suspensión
unilateral del “embargo” económico. Para Norteamérica
no hay nada que ganar en esa decisión. Aunque ciertos negociantes
inescrupulosos puedan ganar algún escuálido negocio, es muy
claro que Castro carece de plata o crédito. Su régimen tiene
una deuda exterior que supera ya los doce mil millones de dólares
y continúa creciendo. En consecuencia, el Tío Samuel sería
el único posible garante de cualquier crédito extendido por
bancos norteamericanos. Esas instituciones bancarias pasarían la cuenta
a Washington en el seguro caso de falta de pago y usted y yo Mr. Buckley
y el resto de quienes pagamos impuestos, tendríamos que matener a
Castro en el poder. ¿Recuerda los 80 mil millones que tuvimos que
pagar cuando el desplome de la antigua “Unión Soviética?
Como usted, soy también hombre de fe. Igual que usted observé con
trepidación la visita del Papa a Castro en 1998. De acuerdo al Evangelio
Cristiano Dios perdona a los pecadores arrepentidos. ¿Se ha arrepentido
Castro? La respuesta a esa interrogante es un inequívoco no. Lejos
de ello, el Tirano está orgulloso de sus crímenes. Entonces, ¿por
qué el Pontífice actúa como si Castro se hubiera arrepentido? ¿Somos
los creyentes cubanos apóstatas cismáticos, ... o los verdaderos
guardianes de la fé?
Cuando usted pueda contestar estas simples preguntas podré decidir
si renuevo mi subscripción a National Review. Entre tanto queda de
usted atentamente,
Hugo J. Byrne
Más Columnas de Hugo J. Byrne

Inmigración - Café Impresso - Fiesta Latina - Negocios - Calendario de Eventos - Directorio Comercial Clasificado - Publicidad en Internet - BizNews (English) - Computer News (English) -
PATROCINADORES |
Mercados Liborio |