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Hugo Byrne

Comentarios sobre el Plebiscito en Venezuela

Nota del columnista:

Esta semana utilizo en esta columna el mensaje que le envié al Editor de un periódico de la Red analizando un comentario ditirámbico y apesadumbrado de una de sus colaboradoras, que rabiosamente lloraba la derrota del candidato a Tirano de Venezuela, Hugo Chávez Frías. Chávez ha visto frustrada por el momento su aspiración al gobierno vitalicio.

Aprovecho la oportunidad para desearle felicidad al pueblo venezolano, pero advirtiéndole que este es tan sólo el comienzo del camino a la libertad. Chávez tratará de continuar gobernando por decreto y establecer poco a poco el mismo sistema totalitario y ruinoso que impera en Cuba, el que no va a poder realizar por consenso y de acuerdo a sus propias declaraciones, sólo "por ahora".

Ese camino de la libertad puede transitar por vericuetos difíciles de negociar. Será a veces duro e inhóspito, repleto de peligros letales, pero la meta bien vale el sacrificio.

Señor Editor:

Leí con suma atención el artículo de su "Columnista del día", Vicky Peláez y desearía hacer ciertas reflexiones sobre el mismo.

Es muy interesante apreciar cómo una idea absurda de lo que es en realidad la democracia, pueda nublar el entendimiento de tanta gente y en especial, el de aquellos que incapaces de análisis propio, recurran al de un filósofo fracasado del siglo XIX, como Karl Marx, para que opine por ellos.

Para empezar, la democracia no es una panacea que pueda por sí sola resolver todos los problemas de vivir en comunidad. La mayoría puede equivocarse y muy a menudo lo hace. Necesitamos democracia, simplemente porque la alternativa es la violencia y en consecuencia, la tiranía o el caos.

La disyuntiva que ofrecía el plebiscito venezolano era entre la capacidad popular de elegir libremente un gobierno legítimo cada seis años, o resignarse indefinidamente al gobierno por decreto. Aunque Peláez lo ignore, gobierno por decreto es la definición de dictadura.

En mi muy humilde criterio, los venezolanos se equivocaron. Pero no me refiero al resultado del plebiscito, sino a la elección de Chávez en 1998. La inmensa mayoría de los emigrados venezolanos que hoy hacen de Estados Unidos (el "Gran Patrón", como lo llama Peláez) su residencia, votaron a favor de Chávez en esa oportunidad.

La inusitada abstención de casi el 44%, refleja esencialmente el desencanto y la frustración de esos votantes hacia Chávez y su gobierno. Pero no debían culpar a Chávez por esa frustración, sino a sí mismos. El gran culpable ha sido su ignorancia, su propia incapacidad, admirablemente reflejada en la columna de Peláez, de comprender la verdadera naturaleza del gobierno. De cualquier gobierno.

Ningún estado es capaz por sí sólo de generar riquezas o ni siquiera de organizarlas. El estado es simplemente un improductivo organismo burocrático que necesita ingresos para poder dar servicios. Comparado con el caos y la anarquía, el gobierno es un mal menor y necesario. Pero por fuerza, el gobierno siempre tiene que quitar antes de poder dar. Por eso es tan imperioso límitar el poderío oficial.

El estado tiene que mantener la burocrocacia que lo integra, por eso siempre tomará de los ciudadanos más de lo que podrá dar en retorno. En consecuencia, mientras más extenso y poderoso sea el gobierno, mayor será la diferencia negativa entre lo que toma y lo que dá.

El lema de "a cada quien de acuerdo a sus necesidades y de cada quien de acuerdo a su capacidad" no es nuevo, ni lo inventó Chávez. Está escrito en Das Kapital de Karl Marx y en el Manifiesto Comunista. A pesar de lo que afirma Peláez en su lacrimógena columna, el socialismo no es un programa nuevo del "siglo XXI", sino una utopía carcomida y fracasada de los europeos Fourier y Saint-Simon del siglo XVIII, la que Marx tratara de convertir en filosofía en el XIX. Esa utopía es responsable por la muerte de más de 100 millones de seres humanos y por el sufrimiento de muchos otros millones más durante el siglo pasado.

Las cifras y porcentajes en la columna de Peláez se originan en el propio gobierno de Chávez. Las instituciones internacionales a que hace referencia la columnista, obtienen esas estadísticas directamente del gobierno de Caracas. No tienen otras fuentes. Me recuerdan a similares estadísticas generadas en La Habana y en la felizmente desaparecida Unión Soviética, cuya falsedad fue y es verbigracia.

Chávez no es más que el estridente y vulgar residuo anacrónico de la frustración de Venezuela con la evidente corrupción oficial en 1998. Su verdadero modelo político no ha sido Simón Bolívar, sino Mussolini, Hitler, Stalin, Mao, Franco, Castro o Perón. El resultado del plebiscito no refleja otra cosa sino que, por la primera vez en nueve años, el pueblo venezolano recién empieza a vislumbrar esa desagradable realidad.

Muy sinceramente,

Hugo J. Byrne
Pasadena
USA


© Hugo J. Byrne

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