

El Antídoto a la Violencia
La única importancia de la historia en el criterio de un servidor
es la enseñanza práctica que nos ofrece para anticipar con
ventaja los problemas futuros. El conflicto más difícil y grave
de todos es la violencia. Cómo hacerle frente. Cómo evitarla
o detenerla antes de convertirnos en sus víctimas. En ese contexto
es necesario reconocer que cuando somos atacados por un peligro irracional,
como un jabalí furioso, lo único que nos salva es el uso de
otra violencia aún más letal. Lo sé por experiencia.
La exaltación más extrema de la violencia es la guerra. La
guerra puede evitarse en algunos casos cuando las diferencias no sean sobre
principios y puedan someterse a un arbitraje honesto. Mussolini fue supuestamente
llamado por Hitler para fungir como el árbitro imparcial en las negociaciones
de Munich en 1938. El Duce miró impasivamente como el Canciller nazi
manipulaba a su antojo a Neville Chamberlain, a quien Eduard Daladier secundaba
en todo, como si en vez de ser el representante del pueblo de Francia, fuera
el secretario particular del Primer Ministro británico.
Hay que tener en cuenta que Mussolini había servido como voluntario
en el Ejército Italiano contra el odiado Imperio Austro-Húngaro,
aliado de Alemania en 1914, acción que le acarreó heridas graves
y la ruptura con sus colegas pacifistas del Partido Socialista Italiano.
Como si eso fuera poco, consideremos también que después de
haber conocido al dictador alemán por primera vez, había comentado
a tres de sus ayudantes; “non mi piace” (me cae mal). Ambos eran
dictadores totalitarios y en consecuencia criminales, pero a diferencia del
sanguíneo e intuitivo Hitler, Mussolini era un político cerebral
y deductivo.
El pacto de Munich en 1938 selló el destino de Europa y el mundo con
un resultado fatal para 50 millones de personas. Ningún historiador
serio niega hoy que ese destino se forjó en Munich en 1938, cuando
Mussolini decidiera, observando de cerca a Chamberlain y Daladier, que de
las democracias occidentales no podía esperarse una actitud digna
ni resuelta. Hitler obtuvo cuanto exigió allí, pero se proponía
alcanzar aún más. En vez de ocupar la Sudetenland (área
en disputa con población germana), que se le cediera a Alemania en
el acuerdo final, las fuerzas de la Whermartch invadieron impunemente Praga
y todo el resto del territorio chekoslovaco. La siguiente demanda de Hitler,
la Prusia Oriental y el llamado “corredor polaco”, desencadenaría
la guerra.
La inconcebible decisión del Presidente Kennedy de reducir los planes
de tres misiones de bombardeo a una sola, utilizando sólo dos tercios
de los efectivos planeados, evitó la destrucción completa de
las fuerzas aéreas de Castro en Bahía de Cochinos. Eso trajo
un resultado inevitable: la derrota de los invasores.
Los bombarderos y aviones de transporte de los cubanos libres, cargados
de combustible hasta los topes, apenas volaban sobre la batalla por unos
pocos minutos para poder hacer el vuelo de regreso a Centroamérica, convirtiéndose,
gracias a Kennedy, en un “turkey shot” para los cazas de Castro,
los que podían sostener combate prolongado. Más de la mitad
de los B-26 usados por los cubanos libres fueron en consecuencia derribados.
Una cantidad desproporcionada de los 104 cubanos libres que perdieran sus
vidas en la acción militar pertenecían a la Fuerza Aérea
de la Brigada. Entre sus supervivientes se cuenta mi amigo el Capitán
René García, héroe olvidado de esa fuerza, hoy languideciendo
en un hospital de convalescientes. Los combatientes en tierra fueron dejados
sin apoyo aéreo alguno. Los cazas de Castro impunemente hundieron
o averiaron casi todas las unidades de superficie, perdiéndose en
ellas más de la mitad de los aprovisionamientos y vituallas. Washington
autorizó al final un vuelo simbólico de jets del portaaviones
Essex, no se sabe aún con qué propósito. Ante su momentánea
presencia las unidades castristas se desaparecieron y los exhaustos hombres
de la Brigada vitorearon su presencia. Vana esperanza. Los pilotos del Essex
carecían de autorización para intervenir en el combate. Muchos
de ellos maldijeron su impotencia.
En tierra, a pesar de la enorme desproporción entre las fuerzas oponentes
y con el resultado nefasto de la acción ya en ninguna duda, los expedicionarios
cerraron filas combatiendo con increíble denuedo hasta consumir sus últimas
municiones, Eso ocurrió especialmente en los alrededores de San Blas,
donde el enemigo castrista sufriera bajas en proporción de diez a
una. En las playas los hombres de la Brigada destruyeron sus equipos antes
de ser tomados prisioneros. El antiguo oficial del Ejército de Cuba
José Pérez San Román, jefe militar de la Brigada, rehusó la
oferta norteamericana de evacuación, rugiendo por el radio antes de
destruírlo: “¡Nunca abandonaremos nuestra Patria!”
El objetivo de ocultar la participación norteamericana, razón
esgrimida para justificar el cambio traicionero y absurdo, nunca pudo lograrse.
Por el contrario la mano de Washington fue comprobada ampliamente. No obstante,
la primera gran pérdida de prestigio para Estados Unidos durante su
larga y beneficiosa historia no fue consecuencia de su intervención,
sino de su derrota. En un momento de legítima honestidad Kennedy lo
reconoció. Dijo que la victoria reclama muchos padres y que la derrota
es huérfana.
En el aniversario 49 de esa empresa de hombres libres, tuve la suerte de
asistir a la celebración local de lo que para los sobrevivientes de
la batalla constituye una fecha de orgullo y recordación. Resumiendo
el agasajo, el Presidente de la Delegación de la Brigada en California
Orlando Atienza, pronunció una oración emocionada e inololvidable.
A las órdenes del Segundo Batallón de Infantería, Atienza
destruyó con su “rocket launcher” dos tanques rusos y
un camión de tropas castristas el 19 de abril de 1961 en el campo
de batalla de San Blas. Y esto no lo sé por él.
Atienza, quien ha llegado por milagro a esa edad en que se empieza a gozar
de los nietos (esto lo juzgo en base a que en 1961 quizás tuviera
al menos 18 ó 20 años de edad), terminó su formidable
discurso con la afirmación de que, a pesar de cuantas amarguras le
acarreara su acción heroica en Bahía de Cochinos, de presentarse
la misma oportunidad regresaría por más. No lo dudo. Quien
ha expuesto la vida en defensa de la justicia sabe que el único antídoto
contra la violencia criminal de los tiranos es la violencia de los hombres
justos.
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