

¿Hay Algo Nuevo?
"En todos los tiempos los hombres han luchado más desesperadamente
por ciudades que aún no habían sido construídas y por
jardines que aún no habían sido plantados"
Eric Hoffer ("The True Believer")
Hace pocos días y en la ocasión del 40 aniversario de la ejecución de un pariente suyo en Bolivia, el Profesor Alberto Benegas Lynch encabezaba un sesudo artículo con más o menos el siguiente preámbulo: "Ahora que ha pasado la fiebre de opiniones sobre el 40 aniversario de la ejecución del Che..." Yo podría empezar esta columna exactamente en la misma forma que Benegas para analizar las implicaciones del discurso que el Presidente George W. Bush dedicara al tema cubano, alocución que ha sido ya masajeada por otros comentaristas hasta el frenesí.
Aunque me critiquen de cerca por usar en exceso los preámbulos, lo voy a hacer aquí de nuevo, porque si existe un tema que demanda prólogo es éste. Las relaciones entre Washington y La Habana no pueden abordarse sin establecer premisas. No importa que muchos desterrados incluyendo un servidor, crean firmemente que los intereses nacionales norteamericanos y los de Cuba coinciden. Esta noción es académica ante la realidad: durante casi medio siglo el gobierno espúreo de La Habana y el legítimo en Washington han afirmado con sus acciones precisamente todo lo contrario.
La retórica presidencial sobre la importancia que tiene la libertad por sobre la estabilidad en la diplomacia norteamericana en Cuba es precisamente sólo eso: retórica. En el orden práctico la política de la administración Bush ha escogido y alimentado estabilidad sobre libertad en todos los aspectos de su política con Cuba durante el transcurso de siete años y diez meses. ¿Cambiará la conducta de Washington en el futuro inmediato? También retóricamente puedo contestar mi propia pregunta: ¡NO! Para la administración de Bush no existe futuro que no sea inmediato y nada cambiará substancialmente durante una nueva administración, ya sea republicana o demócrata.
¿Ha escogido Bush libertad sobre estabilidad al mantener religiosamente el ignomonioso decreto de Clinton para aceptar o devolver balseros? En medio de la campaña subversiva castrista más dañina en la historia norteamericana culminando en el arresto y prisión de la confesa espía Ana Belén Montes, ¿escogió Bush libertad sobre estabilidad, ordenando a su Procurador General arrestar, encausar y encarcelar a exiliados cubanos que osaran defenderse activamente de la violencia castrista?
Aunque suene increíble me informan que legítimos exiliados son tan ajenos al sistema en el que viven al extremo de creer que las acusaciones del Departamento de Justicia contra combatientes cubanos podrían originarse en la iniciativa particular de algún fiscal de esa dependencia, aún en casos que afecten la política exterior de la administración. Quienquiera que haya observado a estos burócratas legales en acción, ¿podría imaginarlos asumiendo actitudes contrarias a las instrucciones oficiales? Además, tal actitud, probablemente ilegal, representaría un grave lapso de ética: el gobierno de Washington es por ley el único cliente de estos abogados. Ante tamaña ignorancia, ¿quién puede creer que uso demasiados e innecesarios preámbulos?
En una columna reciente con el título de "Tradición Nefasta" y en otro trabajo en inglés llamado "Carta Abierta al Presidente George W. Bush" establecí algunas de las muchas duplicidades que plagan la historia de la diplomacia norteamericana hacia Cuba. Duplicidades como el siniestro Tratado de París, terminando la guerra entre Estados Unidos y España y del que fuimos excluídos, para garantizar la impunidad de horrendos crímenes y por mezquino acuerdo entre los signatarios. Ese tratado ignoraba la Declaración Conjunta de los cuerpos legislativos norteamericanos en la que se establecía que Cuba "...era y de derecho debía ser libre e independiente." Esa declaración también fue desvirtuada por la ignominiosa enmienda impuesta por Washington a nuestra Constitución de 1901 como condición a la independencia. La enmienda Platt, de la que el Régimen Castrista hace contínuo uso propagandístico, fue finalmente derogada de mutuo acuerdo en 1934.
Sin embargo, los amables lectores recordarán que salvo en la referencia a los soldados norteamericanos que ofrendaran sus vidas luchando contra los enemigos de su país en Indochina, no utilicé en esas oportunidades la palabra traición al escribir sobre la administración norteamericana. No sería adecuado acusar de traición contra nosotros a un gobierno cuyas lealtades son sólo hacia el pueblo que representa. Es cierto que somos víctimas de la peremne hipocresía en su política, pero no lo es menos que en muchos casos hemos sido víctimas voluntarias.
En política la duplicidad es usada contínuamente y en especial cuando se trata de avanzar los intereses nacionales. Se usa con amigos y enemigos, con aliados, antagonistas y neutrales. Esa desagradable realidad existió durante siglos antes de ser codificada por Nicolás Maquiavelo. Nuestros enemigos se conocen ese código al dedillo, aunque sea lo único que realmente conozcan, pero los desterrados de Cuba a excepción de unos pocos (y no importa que seamos grandes intelectuales), ni siquiera apreciamos su existencia.
Para aprestarnos a la lucha ingrata y solitaria que impone nuestra responsabilidad nacional, lo primero y más difícil es aceptar nuestra identidad cubana y entender nuestro destino. Después cada cual escogerá fácilmente su trinchera. Al afirmar mi nacionalidad durante una conversación privada con varios amigos de procedencia cubana, uno de ellos irónicamente preguntó si yo aún vivía en Cuba. La pregunta provocó la risa de otro presente. Mantuve completa serenidad con una respuesta neutral. No dispongo de tiempo que perder y no habría podido iluminar a mi interlocutor con el más lúcido argumento. Pero pude contestar que sí, que a pesar de los 46 años transcurridos en esta nación en la que he tenido más oportunidades de servir y a la que he servido mucho más que aquella en la que nací, aún "vivo en Cuba".
Amigo lector, estamos en el mismo lugar que antes del discurso del Presidente:
no hay nada nuevo, ni bueno.
© Hugo J. Byrne
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