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Editorial:
Evo Morales y el futuro de Bolivia
Con un indiscutible respaldo popular, el líder cocalero Evo
Morales fue elegido presidente de Bolivia por el voto soberano de
los habitantes de ese país, que es el más pobre y el
más inestable políticamente de Hispanoamérica.
De manera que en primer lugar, sí, Morales será el nuevo
presidente; en segundo lugar, sí, merece el mayor respeto como
jefe de Estado legítimo y constitucional; en tercer lugar,
sí, tendrá fuertes enfrentamientos con Estados Unidos,
a cuyo gobierno llama "imperialismo yanquí"; y en
cuarto lugar, no, no resolverá los graves problemas de pobreza
que sufre Bolivia, de la misma manera que no los resolvieron sus amigos
Fidel Castro, en Cuba, y Hugo Chávez, en Venezuela, si persiste
en salir adelante con una política alejada de la realidad económica
de nuestro tiempo.
La única alternativa viable de Morales en Bolivia, como la
de cualquier otro líder latinoamericano, es estudiar las fórmulas
de desarrollo de países que ya tuvieron éxito en el
propósito de combatir la pobreza, lo mismo con gobiernos de
derecha que con gobiernos de izquierda. Su vecino Chile es un modelo
de nación latinoamericana que ha trabajado éxitosamente
en la lucha contra la pobreza durante los últimos 30 años.
Si después de los bombazos atómicos en Hiroshima y Nagasaki,
Japón se hubiese abandonado a la retórica antimperialista,
nunca se habría convertido en la potencia económica,
comercial y financiera que es actualmente, con un altísimo
nivel de vida para sus ciudadanos. En lugar de sumergirse en los laberintos
antinorteamericanos, Japón implementó planes de educación
efectivos, estimuló la disciplina laboral y el capital privado
como fuentes de riqueza, promovió la invención tecnológica
y entendió que su fórmula mágica era competir
en la esfera económica, a nivel internacional. Lo logró.
Bolivia tiene nueve millones de habitantes, de los cuales 5.8 millones
(63 por ciento) son pobres. El reciente Informe de Desarrollo Humano
2005 del PNUD señala que, si continúa la tendencia boliviana
de tener un crecimiento de su PIB de sólo 0.3 por ciento anual,
el país tardará 178 años en salir de la pobreza.
Nada más lejos que una ideología política o una
plataforma de consignas, para conjurar este espantoso pronóstico.
Por otra parte, Bolivia aparece en el lugar 122 de la lista de 146
países evaluados por la organización Transparencia Internacional
este año. Estar en la cola de la lista significa tener un alto
nivel de corrupción. Y en esa lista, las naciones con los más
bajos niveles de transparencia son también las de más
altos niveles de pobreza.
Si Evo Morales consigue poner en jaque a la pobreza boliviana, estaríamos
asistiendo a la solución de un gravísimo problema que
afecta a toda América Latina. Por supuesto, sus enemigos políticos
tampoco lo lograron, y a la pésima gestión de éstos,
el controversial líder cocalero debe hoy su victoria electoral
en un país desesperado por aliviar sus penurias centenarias.
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