

Avandaro 9/11
El tiempo nos juega coartadas generacionales cuando recordamos el
Festival de Avándaro, Rock y Ruedas de 1971. Aquel 11 de Septiembre
se juntaron en el Valle de Bravo 200 mil personas celebrando el evento más
importante del rock mexicano en el siglo XX.
Miles de jóvenes se dieron cita para convertir la canción en un
acto de solidaridad humana que cerró con broche de oro mexicano el trance
musical de paz y amor que recorría al mundo durante los años sesenta:
Avándaro.

Ricardo Ochoa con el grupo Peace &
Love en el Festival de Avándaro.
La prensa se dio a la tarea de corear la especie de libertinaje donde
“fueron consumidas dos toneladas de mariguana, 50 mil refrescos
y muchos miles de litros de bebidas alcohólicas”. Al
terminar el festival, desapareció el rock nacional de las
emisoras radiales y los centros nocturnos de la capital mexicana
y el manto de la censura se extendió sobre la urbe.
Se le conoció como festival de Avándaro, Rock y Ruedas, porque
originalmente el evento sería una carrera de automóviles hasta
que alguien le sugirió al corredor de autos Eduardo López Negrete
que incluyera un par de bandas de rock para alegrar el ambiente. Finalmente el
grupo de organizadores de la carrera decidieron consultar a Armando Molina, un
veterano rockanrolero dedicado a representar bandas.
Al grupo “Peace & Love” se le ofreció un contrato de 30
mil pesos para tocar en el festival, pero luego se acordó
que resultaría mejor si se presentaban diez bandas que aceptarían
participar por la suma de 3 mil pesos cada una.
El cantante Javier Vatis, que andaba en primera línea de popularidad,
no le prestó mucha atención a la propuesta de los organizadores
hasta que la radio empezó a convocar para el festival, dando consejos
a los jóvenes sobre cómo empacar sus provisiones, invitando a los
padres a compartir con tolerancia el espíritu del festival.
La gente empezó a acampar en el valle tres días antes del concierto
ocupando la autopista de modo que fue necesario cancelar la carrera de autos.
Grupos que no estaban programados llegaron a tocar, desde “Sociedad Anónima” hasta
la coreografía dirigida por Héctor Ibarra de la ópera rock
Tommy. Ya cuando Vatis y muchos otros pensaron ponerse en camino hacia Avándaro
era demasiado tarde pues las carreteras estaban atascadas de vehículos
y caminantes.
Al primer día se acabaron los alimentos y bebidas que podían adquirirse
en Avándaro y el pueblito se quedó sin provisiones, los helicópteros
del ejército sobrevolaron la multitud arrojando víveres.
Comenzaron a tocar los Dug Dug’s con Armando Nava y siguieron Epílogo,
La División del Norte ya a las 10 de la noche, los Tequilas con Marisela,
Peace & Love, El Ritual, Los Yaky con Mayita, Bandido, Tinta Blanca y El
Amor, para cerrar con El TRI de Alejandro Lora que empezó a tocar a las
8 de la mañana siguiente.
“Sentía deseos de arrojarme a la gran masa humana que crecía
frente al escenario hasta perderse en el horizonte”, recuerda así Ricardo
Ochoa el momento en que su grupo “Peace
& Love” salió a tocar al atardecer. El escenario
se levantó como una gran tarima medieval que oscilaba con
el peso de las gentes y los equipos, rodeada por torres de sonido
y televisión.
El clímax del evento llegó con el grito de Ricardo mentando la “madre
el que no cante” y el coro de “Tenemos el poder!, Tenemos el poder!” resonó en
el Valle. Una muchacha quitándose la ropa mientras bailaba pasaría
a las portadas de las revistas y la memorabilia de aquellos días. Ahí fue
donde se cortaron las transmisiones radiales y se abrió
el hoyo negro del rock mexicano. Al locutor Félix Ruano lo
sacaron del aire después de haber narrado la epopeya de Avándaro
y cual legiones agotadas después de una gran batalla, miles
de jóvenes regresaron a una ciudad que ya nunca sería
igual para ellos.
Las bandas se refugiaron en áreas de tolerancia en Guadalajara, Acapulco
o Tijuana; las filmaciones que habían realizado las cámaras de
Televisa dirigidas por el joven Luis De Llano fueron confiscadas hasta el día
de hoy y sólo algunas escenas sobreviven en los noticieros y con el documental “Historia
del Rock Mexicano. Yo no era un rebelde” (Editorial Clío). Han circulado
de mano en mano copias de los cortometrajes que realizaron Alfredo Gurrola y
Sergio García en Super 8.
Aparecieron estudios como “Rebeldes con Causa: La crisis del Estado patriarcal” escrito
por Eric Zolov (Editorial Norma). Durante semanas se transmitieron programas
entrevistando autoridades, funcionarios y académicos sobre la repercusión
social de Avándaro, pero nadie entrevistó a los músicos
que hicieron vibrar el Valle de Bravo hasta años después.
“Nadie se enfocó en la música, y fue la música lo
que reunió a todos en Avándaro”, nos dice Ricardo Ochoa.
La fecha de paz y amor que sembraron los músicos de Avándaro no
volvió a retoñar, aquel Woodstock mexicano del 11 de septiembre,
fue el primero y último de su género. En los años setenta
el 11 de septiembre sería recordado por los aviones bombardeando el Palacio
de la Moneda en Chile y luego al concluir la “Guerra Fría” llegan
otros aviones a estrellarse contra las Torres gemelas en New York y el 9/11 se
convierte en una nueva página para nuestro calendario de violencias.
Treinta y cuatro años después se reúnen integrantes de los
grupos que tocaron en el festival para festejar el aniversario de Avándaro
en la “Casa del Rock”, de Paseo de la Reforma esquina Insurgentes,
Colonia Juarez en la Ciudad de México, mientras que Ricardo Ochoa de Peace & Love,
presenta una plática con videos y vuelve con su lira a tocar “We
Got the Power”
en “El Patio de Maria” de Romaine y Vine en Hollywood,
California.
Los derechos civiles alcanzados por movimientos sociales desde hace
20 años
se ahogan entre las oleadas de terrorismo y antiterrorismo de nuestros días
y ningún empeño musical parece devolvernos aquellas oleadas de
paz que quisieron compartir los rockanroleros de Avándaro.
(Jorge Luis Rodríguez preside la organización cultural
Stage Of The Arts, Inc. Fundada en 1982 en Los Angeles, California)
Dirección electrónica- StageOfTheArts@aol.com
