EDITORIAL
La Guerra y la Paz
"Se puede engañar a todos los hombres algún
tiempo, se puede engañar a algunos hombres todo el tiempo,
pero no se puede engañar a todos los hombres todo el tiempo".
Abraham Lincoln
Estados Unidos está en guerra. No sólo
Estados Unidos, casi todo Occidente y una buena parte del Oriente.
Podría pensarse que es una guerra que nació de los
escombros del World Trade Center, del clamor de justicia de quienes
murieron incinerados o aplastados deliberadamente por las manos
y las mentes heladas de los agentes del terror. Y lo es también
por eso.
Pero, en realidad, es tanto o más que eso.
Es una guerra por preservar una civilización. Cierto, la
guerra produce horror, muerte y destrucción. No se va a la
guerra con el propósito de dispararle flores al enemigo.
Es una pena tener que ir a la guerra. Pero la pena sería
peor si, con los brazos cruzados, asistimos a la destrucción
sistemática, fría y calculada de toda una cultura
de libertades, derechos, oportunidades, descubrimientos científicos
y tecnológicos, creaciones artísticas y literarias,
puestas a disposición del mejoramiento humano.
Si Estados Unidos no hubiese ido a la guerra en 1941,
tal vez hoy el sucesor de Adolfo Hitler todavía estaría
al frente del Tercer Reich, reinando sobre todos nosotros, con su
carga de campos de concentración, ausencia de libertades,
totalitarismo y crueldad.
Tantas son estas libertades, estos derechos, estas
oportunidades -y hay que preservar esto- que en los formidables
laberintos de Internet, por ejemplo, vemos a admiradores de Osama
Bin Laden calificando a este siniestro personaje de héroe
y de revolucionario. ¡Esto ocurre en Internet, un invento puramente
estadounidense, y es algo dicho con absoluta libertad por personas
no estadounidenses, desde territorio estadounidense!
También vemos a supuestos expertos en terrorismo
no decir una sola palabra sobre el terrorismo, sino una andanada
de especulaciones respecto a si la campaña militar en Afganistán
se debe a los intereses petroleros de la familia Bush. ¡Cómo
si en Afganistán hubiese petróleo! ¡Cómo
si el derrumbe de las torres gemelas, la destrucción de una
parte del Pentágono, las explosiones en dos embajadas norteamericanas
en Africa, el ataque a un buque de la Armada estadounidense, con
saldo de miles de muertos, y los cobardes envíos de esporas
de ántrax a gente inocente fuesen alucinantes episodios forjados
por las mentes de la familia Bush.
Por otra parte, observamos a presuntos pacifistas
-y sin duda alguna hay que respetar sus derechos- organizar manifestaciones
para protestar contra la guerra, cuando en realidad no organizaron
ninguna, ni dijeron una sola palabra, el día en que más
de cinco mil civiles inocentes murieron a manos del peor enemigo
de la paz, el terrorismo.
Fue una horrible vergüenza escuchar a una supuesta
activista de derechos humanos, la argentina Hebe de Bonafini, presidenta
de las Madres de la Plaza de Mayo, decir públicamente que
se había alegrado del genocidio ocurrido en el World Trade
Center. Sus declaraciones de que el suceso la sorprendió
en Cuba y que celebró lo sucedido, que brindó por
todo lo que se le ocurrió en aquel momento, producirían
escalofríos a los mismísimos asesinos de sus hijos.
Todos estos personajes deambulan por el mundo con
la etiqueta de progresistas, en ocasiones recibiendo honores de
instituciones supuestamente respetables. Pero en realidad tienen
tanto de progresistas como Bin Laden tiene de proletario, con su
fortuna de centenares de millones de dólares.
Seguramente, después de la horrorosa experiencia
del 11 de septiembre, Estados Unidos aprenderá muchas cosas,
y muy posiblemente aprenderá a definir mejor quién
es un verdadero progresista y quién es un reaccionario disfrazado
de progresista, sin importar cuál sea su bando político.
Tal vez, sin mucho esfuerzo, los estadounidenses comprenderán
que los verdaderos progresistas han sido James Clerk Maxwell, con
su teoría electromagnética; Albert Einstein, con su
teoría de la relatividad; Alexander Fleming, que descubrió
la penicilina, el primer antibiótico; los modernos científicos
e investigadores de la NASA; Bill Gates, con su revolución
informática; y, por supuesto, los científicos que
luchan actualmente por encontrar una solución a los problemas
del ántrax, del cáncer y del sida. Ninguno de ellos
se hizo ni se hace llamar progresista, pero de ellos ha emanado
el progreso que disfrutamos hoy, progreso que disfrutan y utilizan
también los enemigos de Occidente, inclusive para destruir
la cultura occidental.
No hay nada erróneo en protestar contra una
guerra absurda. Pero cuando se protesta contra una guerra que se
hace en legítima defensa, y se guarda un silencio cómplice
contra quienes imponen su oscurantismo a través del terror,
se comete otro acto de terror.
Estados Unidos aprenderá esta lección.
© CONTACTO Magazine
Publicado el 12 de noviembre de 2001
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