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Un Plan Marshall para México

El acalorado debate que se desarrolla actualmente en Estados Unidos respecto a la inmigración ilegal y la seguridad de la frontera con México, debía ir mucho más allá de los 12 millones de indocumentados que viven en este país, y de los muchos otros que podrían venir en el futuro. También debía ir mucho más allá del temor al uso de la frontera para actividades delictivas como el tráfico de drogas y armas, y posibles actos terroristas.

La realidad es que México, tal como lo conocemos hoy, nunca dejará de enviar inmigrantes a Estados Unidos, a menos de que alcance niveles de vida similares a los del mundo desarrollado. La prueba es que en 1986 se otorgó una amnistía a 2.7 millones de indocumentados, y 20 años después hay cinco veces más indocumentados en Estados Unidos, la inmensa mayoría mexicanos.

Es cierto que los líderes de las naciones son los responsables de crear desarrollo y bienestar para sus pueblos, no sus vecinos. Pero cuando hay amistad, intereses y lazos tan estrechos como los que existen entre Estados Unidos y México, los vecinos pueden hacer grandes contribuciones, sobre todo si a largo plazo esas contribuciones producen beneficios mutuamente ventajosos.

La Segunda Guerra Mundial dejó a Europa en cenizas. Dos años después del fin aquella devastadora contienda, en la que se puso fin al régimen nazi del dictador alemán Adolfo Hitler, Estados Unidos emprendió la reconstrucción de Europa mediante el Plan Marshall.

Entre 1947 y 1952, Estados Unidos envió 13 mil millones de dólares a 16 países que fueron escenarios de la guerra. Aquella cantidad de dinero es equivalente a 130 mil millones de dólares de nuestra época. El objetivo era impedir la ruina económica europea, que habría tenido graves consecuencias para la economía de Estados Unidos, evitar la expansión del comunismo en Europa, y producir una plataforma para el nacimiento de sistemas democráticos sólidos.

Estados Unidos emprendió el Plan Marshall a pesar de que había tenido que gastar 400 mil millones de dólares durante la guerra, y había perdido 400 mil hombres en cuatro años de campañas militares en territorio europeo, el Pacífico sur y el norte de Africa. En menos de una década, Europa estaba de vuelta en el desarrollo. La ayuda no fue gratis, pero tampoco Estados Unidos recibió un centavo por concepto de pagos. Los países beneficiados pagaron su deuda colocando los pagos en un fondo que se usó para reinvertir dinero en el desarrollo europeo. Gracias a ello, en gran parte, la Unión Europea es la extraordinaria potencia que conocemos hoy.

¿Es posible desarrollar un Plan Marshall para México? Si tal empresa se afronta con audacia e imaginación, pero sobre todo con visión de futuro, tanto por parte de los líderes estadounidenses como por los mexicanos, el desarrollo de México podría estar a la vuelta de la esquina. Todo está en que los norteamericanos se despojen de los prejuicios hacia México y del pesimismo con respecto a que la nación azteca es incapaz de trabajar por su propio desarrollo. Por su parte, los mexicanos deben superar sus propios resentimientos históricos hacia Estados Unidos, reconsiderar su visión platónica de la soberanía nacional, y comprometerse a alcanzar niveles de transparencia respetables en cuanto al uso de la ayuda norteamericana.

Un plan de este tipo podría implementarse inclusive con un mínimo de dinero en efectivo. Estados Unidos podría conceder incentivos especiales a las empresas norteamericanas dispuestas a invertir en México con el propósito de crear empleos y bienestar, mientras que el gobierno de México podría comprometerse a colocar el dinero del pago de licencias e impuestos de las empresas norteamericanas en un fideicomiso para el desarrollo, que fuese fiscalizado por una comisión binacional integrada por economistas de prestigio. Así se hizo con el Plan Marshall, a través de un organismo llamado Organización Europea para la Cooperación Económica (OECE).

De ese fideicomiso para el desarrollo saldría el dinero para la fundación de empresas privadas mexicanas medianas y pequeñas, que a su vez crearían empleos y bienestar. Parte del dinero también se usaría para proyectos encaminados a mejorar las comunicaciones, carreteras, fábricas y otros elementos de la infraestructura mexicana, pero sobre todo para la creación de empleos. Los impuestos por concepto de ingresos que pagarían al fisco mexicano los empleados sujetos al programa, también debían colocarse en ese fideicomiso. México debía elevar el salario mínimo a niveles razonables, y las empresas nacionales y extranjeras estarían obligadas a respetarlo. El resultado sería también un consumidor mexicano con un poder adquisitivo mucho más alto. Ese poder adquisitivo beneficiaría tanto a México como a Estados Unidos.

En 2005, Estados Unidos encabezó la lista de 30 países donantes de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OECD), con 27 mil 500 millones de dólares, un aumento del 35.6 por ciento con respecto al año 2004. Parte de ese dinero podría ser canalizado hacia este "plan Marshall mexicano". Estados Unidos también podría mover sus influencias para que otros países desarrollados participen en el plan mexicano.

Por otra parte, México debe revisar cuidadosamente sus sistemas fiscal, financiero y crediticio, de manera que se transformen en dinámicos agentes del desarrollo y no permanezcan como aparatos burocráticos medievales e inoperantes. Pero, sobre todo, debe invertir muchísimo en educación, y en una cultura de la transparencia.

México debe entender a las claras que nadie es tratado como un igual, si no se comporta igual. Por lo que la primera guerra mexicana de este milenio no puede ser otra que la lucha contra la corrupción que obstaculiza el desarrollo y minimiza el respeto hacia México. De la corrupción nace el narcotráfico, la industria del secuestro y la incapacidad administrativa para crear bienestar.

México no es Haití ni Jamaica. Es un país con una extraordinaria industria turística, petróleo, excelentes agricultura y ganadería, más de 100 millones de consumidores, un pueblo indudablemente laborioso y 25 mil millones de dólares de ayuda familiar procedente de Estados Unidos. No hay razón para que la mayoría de los habitantes de un país rico, viva en la pobreza.

Con buena voluntad, Estados Unidos y México podrían emprender juntos esta aventura hacia el desarrollo mexicano. Los pueblos de ambas naciones sacarían gran provecho de ese desarrollo imprescindible.

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