Damas
Cubanas Donaron sus
Joyas a George Washington
Por ALEIDA DURAN
"El millón que las damas de La Habana dieron
a St. Simon para pagar a las tropas puede en verdad ser considerado
como los cimientos del edificio sobre el cual que se erigió
la independencia norteamericana".
Stephen Bonsal,
historiador norteamericano
Poco antes de la batalla de Yorktown, que resultaría
la decisiva para la libertad de las Trece Colonias dominadas entonces
por los ingleses, y que se convertirían en lo que es hoy
Estados Unidos, las arcas de la Revolución independizadora
estaban exhaustas. No había dinero para pagar a los soldados
que comandaba del general George Washington ni, más grave
aún, a los soldados franceses que les ayudaban bajo las órdenes
del general Rochambeau. La situación era crítica:
las tropas podrían desmoralizarse porque, inclusive, hacía
tiempo que no se les abonaban sus salarios.
El almirante francés Francois Joseph Paul De
Grasse viajó a Haití, colonia francesa, pero allí
no pudo obtener el dinero necesario. Solamente Cuba, colonia de
España entonces, disponía de capital. A De Grasse
se le esperaba en el escenario de la guerra para bloquear a los
ingleses la Bahía de Chesapeake, mientras que las tropas
del general Washington lucharían en tierra. De Grasse comisionó
al marqués de St. Simon para tratar de obtener la coloaboración
del Capitán General de Cuba, mariscal Juan Manuel de Cagigal.
St. Simon encontró en La Habana un muro inexpugnable:
el crédito de los norteamericanos no era bueno y tampoco
el de los franceses. Se sabía que el reinado de Luis XVI
de Francia, pasaba por una crítica situación financiera.
Además, era dudable que el gobernador colonial de La Habana
estuviera facultado para disponer de suma tan elevada del erario
público a favor de una escuadra extranjera, aun cuando España
estuviera en guerra con los británicos y hubiera estado ayudando
a los rebeldes norteamericanos prácticamente desde el principio
de la contienda.
Pero el ayudante de campo de Cagigal, nacido en Cuba,
era el coronel Francisco de Miranda, nacido en Venezuela y ardiente
defensor de la independencia de las Trece Colonias. Su atractiva
personalidad y el valor demostrado en el sitio y toma de Panzacola,
llevada a cabo por los españoles en su ayuda a los norteamericanos
contra los británicos, le habían granjeado muchas
simpatías en la naciente sociedad cubana de La Habana y Matanzas.
Miranda contaba con muchos amigos cubanos pudientes,
entre ellos, la familia Menocal, emigrada de la Florida, cuando
los españoles la canjearon por La Habana, caída poco
antes en poder de los británicos.
La reacción de sus amigos cubanos al planteamiento
de Miranda de recolectar fondos para pagar a los soldados franceses
y norteamericanos fue altamente favorable, sobre todo, entre las
damas: los cubanos simpatizaban ampliamente con la libertad de Norteamérica.
Damas de La Habana y Matanzas pusieron manos a la
obra: recolectaron dinero, subastaron objetos de valor y, sobre
todo, donaron sus valiosas joyas. Es posible (aunque este dato no
ha podido comprobarse fehacientemente) que la hacienda de los Menocal,
situada en Ceiba Mocha, Matanzas, haya servido como lugar de recolección,
o al menos como uno de ellos. El cómputo final fue de un
millón doscientas mil libras tornesas, moneda de plata acuñada
en Tours, al centro de Francia, y de usual circulación en
aquella época.
La escuadra francesa envió a Cuba el veloz
velero L'Aigrette, el cual recogió el valioso y pesado cargamento
entre La Habana y Matanzas. Al norte de esta última se incorporó
un convoy encabezado por el navío Ville de París,
equipado con 110 cañones, y pusieron proa rumbo a Virginia.
Debido al peso de aquella plata, fue necesario reforzar
los pisos de la casa de Yorktown en donde se depositaron las monedas
para pagar a los soldados: 800,000 libras para los franceses y 400,000
para los de Washington. Ya los soldados estaban satisfechos para
enfrentar la batalla de Yorktown contra las tropas británicas
dirigidas por el general Cornwallis, llevada a efecto entre el 6
y el 19 de octubre de 1781.
El crucial donativo de las damas cubanas ha sido pasado
por alto por la mayoría de los historiadores norteamericanos.
Como si ese reconocimiento pudiera empañar en algo la heroica
gesta del general George Washington.
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