Daína
Chaviano: "El Hombre,
la Hembra y el Hambre"
Por ALEIDA DURAN
En El Hombre, la Hembra y el Hambre, la escritora cubana Daína
Chaviano ofrece a los lectores una visión animada, vívida
y penetrante de la realidad cotidiana en La Habana de los últimos
tiempos, especialmente, la de los años 90.
El devastador proceso material y moral, acelerado desde la pérdida
del subsidio soviético en 1991, es reflejada como parte natural
de la trama, pero sin dejar cabos sueltos. Cada fragmento, cada
hilo, destaca su propio perfil y al mismo tiempo contribuye al diseño
de la vida habanera, como un mosaico bizantino, como un bordado
multicolor en caneva.
El Hombre, la Hembra y el Hambre ha sido galardonada con el Premio
Azorín 1998. Escritora ya consagrada al obtener el Premio
Anna Segher para escritores latinoamericanos que otorga la Academia
de Artes de Berlín, por su novela Fábulas de una Abuela
Extraterrestre (1989), Daína Chaviano ha continuado su carrera
ascendente, que había comenzado aun antes de licenciarse
en Lengua y Literatura Inglesas en la Universidad de La Habana,
en 1981.
Este Premio Azorín tiene un significado especial, puesto
que es la primera vez que se premia en España a un exiliado
cubano de Miami.
Chaviano muestra, con la novela, su talento y una singular claridad
de juicio para reunir los principales aspectos que hacen miserable
la vida de su generación, nacida en los últimos años
de la década del 50 y principios de los 60, sin caer nunca
en el estilo panfletario, en el que frecuentemente incurren escritores
de uno y otro bando.
Por el contrario, todo queda enhebrado en la trama, tamizado,
y la autora es generalmente sutil: la prenda íntima que acaricia
la piel de la joven "no la puede tener ninguna mujer en Cuba, a
menos que se la envíen familiares en el extranjero, o la
reciba de algún amigo turista, y ella no tiene familiares
en el extranjero".
El tema de la prostituta, llamada en Cuba "jinetera" a partir
de 1989, es tratado por esta autora, exhaustiva y convincentemente.
Con la comprensión y realismo usados en los años 50
por Curzio Malaparte (La Piel), para reflejar la prostitución
en Italia y en toda Europa después de la Segunda Guerra Mundial.
Cuando un soldado de los Aliados podía tener a una chiquilla
o chiquillo napolitano, por el equivalente a tres dólares.
O a una mujer por un par de medias de seda, como le recuerda la
jinetera de esta novela a un olvidadizo italiano. O por una cajetilla
de cigarrillos.
La realidad de La Habana en los años 90, a la cual Chaviano
se ha mentenido enlazada como por un fino hilo de plata, y mejor
informada que cuando vivía en ella (reside en Miami desde
1991), es descrita mientras los personajes hablan de amor. Tiene
carne y rostro humanos, y esa sangre que circula velozmente por
las arterias que son las páginas de El Hombre, la Hembra
y el Hambre.
La vida es un constante trueque: "cuatro entradas para el cabaret
Tropicana por 3 lbs. de picadillo", a menudo compuesto por extrañas
sustancias y llamado por la chispa cubana OCNI (objeto comestible
no identificado).
En ocasiones la escritora es suave y cortante como el filo de una
navaja: ese "babalao" que por unos dólares lee la suerte
a los turistas, es un impostor contratado por el gobierno y "los
turistas oyen la jerigonza de este estafador con la misma inocencia
que aceptan lo que leen sobre esta isla". O describe un barrio marginal
y menciona la turba de niños descalzos, desnudos y desnutridos,
o algunos "alimentos" de los cubanos como el bisté de cáscara
de plátanos o el de frazada de piso, y dice que "es una lástima
que no se los muestren a los turistas".
Y en otra parte: "El mundo en lugar de ayudarnos, se ha vuelto cómplice.
Nos han dejado solos con nuestra hambre y nuestro espíritu".
El atractivo de la historia grande, el amor en varias de sus formas
y lo sobrenatural, no excluye en modo alguno a la menuda, ésa
que los franceses llaman "petite histoire", sino que más
bien ésta es la que contiene la enjundia de la obra, la almendra
significativa de la novela.
El que sepa ver, que vea. Porque todo está ahí.
El hambre física y el hambre espiritual que, entre otras
cosas, ha ido llevando a Cuba a poblarse de dioses africanos ante
el "delito", hasta hace muy poco, de adorar a un Dios único.
La evasión de la realidad a través de esos dioses
y de fenómenos paranormales.
Las elecciones en las que se fuerza a votar al pueblo, aunque
ya están decididas de antemano, la inseguridad: lo que hoy
es sorpresivamente permitido, mañana se convierte en delito
sin previo aviso; la suspicacia y desconfianza de un pueblo entre
sí, y hacia los seres que habitan el mundo exterior. La represión
en sus distintas formas: suaves, duras, abiertas, disimuladas, la
ineficacia administrativa, la corrupción a todos los niveles.
El uso de la educación, uno de los logros de los cuales
presume la revolución: un economista trabaja de ayudante
de carnicero, un profesor de pintura vende artesanías en
la Plaza de la Catedral, una historiadora y un licenciada en Historia
del Arte son prostitutas. La venta de Cuba, pedazo a pedazo, a los
extranjeros, quienes disfrutan derechos prohibidos al cubano.
Las palabras y frases más usadas hoy: la "diplo", "el Comediante
en Jefe", los "fulas" y "dolores" (dólares), los "segurosos"
(miembros de la Seguridad del Estado); irse a "Malecón y
la 90" (las 90 millas que separan el malecón habanero del
sur de la Florida) y el primero y más usado verbo en toda
Cuba: resolver. Un día y otro día.
La novela y otros géneros literarios con estos "leit motiv"
serán en el futuro una valiosa documentación sobre
estos años de vida en la capital de Cuba.
En esta década la literatura cubana ha recurrido a una
temática de decepción política, y estupendos
autores han recogido bajo diversas perspectivas el estancamiento,
la resignación, el aburrimiento, la angustia, las penurias
materiales y espirituales, la desesperanza de la vida cotidiana
encerrada geográfica e ideológicamente en límites
asfixiantes. Una juventud que no puede canalizar su destino si no
es marchando del país en la búsqueda de un sitio en
donde no se le prohiba decidir por sí misma su futuro. Su
felicidad. O su desdicha.
Esta valiosa documentación se debe a una pléyade
de escritores entre quienes destacan Eliseo Alberto (Lichi), Zoé
Valdés y Chaviano.
En Informe Contra Mí Mismo (1996) Alberto tiene el valor
de reconocer que "se equivocó", a pesar de que solamente
tenía ocho años cuando la revolución llegó
al poder, y la honestidad de proclamar que no tiene suficiente información
en algunos puntos.
"No me propongo escribir la memoria de la historia, sino la historia
de mi memoria, marcada por la cruz de mis fantasmas", dice Alberto.
Zoé Valdés, irreverente, descarnada, insolente y
magnífica, finalista del Premio Planeta 1996 por su novela
Te di la Vida Entera, ofrece en ésta y en La Nada Cotidiana,
su versión de la depauperación de cada esquina de
esa Habana (nació en 1959) que ella conoce como la palma
de su mano. Y también la de antes de 1959, a través
de los libros de Cabrera Infante.
"¿Qué fuera de nosotros, los infantes infelices nacidos
después del fatídico año 1959, sin la obra
novelística de Guillermo Cabrera Infante? Cabecearíamos
perdidos sin el barrio, sin la ciudad, y luego sin el mundo. Flotaríamos
sin recuerdos, sin esquinas de referencias, sin la música
de las calles de esa Habana hoy apuntalada, barrida como un tablero
de regadas y regateadas fichas de dominó, o semejante a un
rompecabezas con la mayoría de las piezas extraviadas", dice
Valdés en un artículo suyo publicado en el diario
El País, de España, el 10 de diciembre del año
pasado.
Chaviano, nacida igualmente en 1959, también conoce La
Habana actual. Pero el conocimiento que tiene la protagonista de
su novela de la capital cubana de antes, va mucho más atrás.
Se remonta a los tiempos anteriores al descubrimiento y a los años
de la colonia. Y no se los muestra un escritor, sino los espíritus
de un indio y de Muba, una negra conga. El indio la lleva a recorrer
los campos, los ríos, la orilla del mar. Muba, los inicios
de la ciudad, sus callejuelas y antiguos edificios.
Lo sobrenatural, las experiencias paranormales, están presentes
en toda esta excelente novela, aún en el sorpresivo, doloroso
y enigmático final, cuando la protagonista "se acerca, inocente
y perfumada, al único punto de la ciudad que hubiera debido
evitar".
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