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El Sarampión y la Viruela como Ejército Aliado de los Conquistadores de América

CARLOS RUVALCABA

Corría el año 1520. Hernán Cortés ya había entrado a la capital azteca y tenía preso al emperador Moctezuma, cuando recibió noticias de la llegada de Pánfilo de Narváez al puerto de La Vera Cruz, con órdenes
expresas de aprehenderlo.

Cortés se fue con pocos hombres a lo que ahora es Veracruz y astutamente derrotó a Narváez y su ejército en pocas horas. Cuando regresó victorioso a Tenochtitlan se encontró con la novedad de que los aztecas estaban
en pie de guerra.

Hernán Cortés

Pedro de Alvarado, quien se había quedado como general durante la ausencia de Cortés, había detectado una insurrección secreta bajo la apariencia de una fiesta y adelantándose, masacró en las calles de la gran ciudad a mujeres, ancianos, guerreros que escondían las armas bajo trajes festivos y a una buena cantidad de niños.

La matanza de los temidos cañones enfureció aún más a los guerreros insurgentes liderados por Cuauhtémoc, que no podían luchar abiertamente porque los españoles tenían preso a su señor Moctezuma. Sin embargo, Cortés no se imaginaba que estaba muy próxima “La Noche Triste”, en la que sufriría su mayor derrota.

Pero un elemento natural mucho más efectivo que sus cañones, caballos, espadas y ballestas, se unió a su ejército: la viruela y el sarampión convertidos en epidemias desolaron al gran imperio azteca.

Algunos historiadores creen que esas enfermedades no existían en el “Nuevo Mundo” y por lo tanto, los curanderos no conocían un tratamiento para detener la epidemia que se extendió rápidamente por todo el continente. Los cronistas ubican en Tenochtitlan el brote de la mortal epidemia, al menos en lo que respecta al continente.

Ya metidos en la oscuridad de “La Noche Triste”, mientras Cortés lloraba bajo el árbol histórico, los aztecas recogían cadáveres por miles, esparcidos por bosques y llanuras. Habían conseguido su primera y única victoria sobre los invasores, a costa de un panorama apocalíptico.

Entre los miles de guerreros caídos en la batalla, habían también muchos soldados españoles, pero la diferencia la hacía un hombre que no era español ni azteca, un personaje que pasó a la historia sin que se supiera su nombre y que sin embargo fue, quizá, el más poderoso aliado de Cortés que ayudó sin proponérselo a conquistar el Nuevo Mundo.

Los guerreros aztecas habían abandonado sus armas, habían incluso renunciado a perseguir al muy diezmado ejército de Cortés para recoger los cadáveres de sus soldados, pero las sorpresas aún no terminaban para ellos: en la oscuridad del atardecer, según cuentan los cronistas, un guerrero encontró agonizante a un extraño ser de piel negra, una rareza tan desconocida para ellos como la blancura de los españoles. El negro había sido llevado como esclavo por Narváez a Veracruz y se encontraba al borde de la muerte no por heridas de la batalla, sino por la virulencia de una enfermedad que le produjo hemorragias por la nariz, con mucha tos e inflamación de la garganta y la nariz, con pequeñas llagas en todo el cuerpo.

El guerrero azteca que lo encontró hizo correr la noticia sobre la existencia de aquel personaje y es de suponerse que muchos curiosos acudiesen a verlo. Aquel hombre anónimo, sin proponérselo, aportó a los conquistadores la más letal de las armas y al poco tiempo la capital azteca y toda la región sufrían el rigor de una desatroza epidemia.

Cuando Cortés y sus soldados, escondidos curaron sus heridas y prepararon el contraataque, ayudados por los tlaxcaltecas, encontraron a los aztecas padeciendo los síntomas de la epidemia.

Las crónicas de Cristobal Colón ya describían varios contagios colectivos de viruela en 1507 en las islas recién descubiertas y posteriormente en Haití en 1517. Ocho años después la viruela también hacía estragos entre los incas en lo que ahora es Perú y Ecuador, aunque no se ha podido demostrar que el contagio se extendió desde el mundo azteca o si lo llevó la gente de Francisco Pizarro. Algunas crónicas señalan que en el año 1525, cuando el conquistador extremeño hacía su primera exploración de aquellas tierras, encontró al pueblo de Tumluz “medio desnutrido, a causa de una gran pestilencia que en ellos dio”. Por eso, las hipótesis apuntan a que la enfermedad ya se había extendido desde Tenochtitlan antes de la llegada de los conquistadores al mundo inca. Lo que sí han confirmado las cartas de los cronistas es que entre 1520 y 1525 las epidemias casi acabaron con los mayas del sur de México y de Guatemala, lo que implica un desplazamiento de la enfermedad hacia el sur del continente, que bien pudo llegar hasta los incas a través de los comerciantes de aquel inimaginable mundo.

Otros investigadores creen que no fue la viruela la que causó estragos al pueblo azteca, sino el sarampión, y apoyan su hipótesis en el “Memorial de Tecpán Atitlán” que reseña los síntomas de la enfermedad que produjo la gran epidemia. Afirman que la hemorragia nasal, las anginas y la bronconeumonía pueden ser tan sólo complicaciones de la viruela, pero no forman parte del cuadro clínico de forma tan obligada como en el caso del sarampión.

Respecto a las contínuas menciones de los cronistas sobre la viruela, este grupo de estudiosos dicen que los cronistas al hablar de epidemias de viruela, se referían a la enfermedad con un nombre genérico, al carecer de conocimientos médicos.

Otro de sus argumentos, aunque quizá más débil es que, en una gran epidemia de viruela, los sobrevientes quedan marcados en la piel y en muchos casos ciegos. Ninguna crónica ni códice indígena da cuenta de grupos de personas con marcas en la cara o ciegos. Por eso creen que sobrevivían al sarampión y no a la viruela.

Para rematar esta serie de argumentos puede agregarse que en el año 1532, Pedro de Alvarado envió una carta a Carlos V, fechada el primero de septiembre, en la que dice: “En toda la Nueva España vino una pestilencia por los naturales que dicen sarampión”.

Sin embargo, se han encontrado piezas arqueológicas con representaciones humanas anteriores a la conquista, que muestran huellas en los rostros de algo parecido a las cicatrices que deja la viruela, aunque esos testimonios escultóricos tampoco demuestran nada en concreto. Se sabe que en la América pre-cortesiana existía una enfermedad que creaba unas “bubas” colgantes en el cuerpo y en la cara, que incluso contagió a algunos españoles, pero no se ha comprobado que aquella enfermedad dejara cicatrices, aunque se especula con la posibilidad de que las marcas de las figurillas representaran aquel misterioso mal.

De cualquier manera, no se puede descartar que la viruela fuese desconocida en América y que cíclicamente causara estragos. Lo que sí es seguro es que el sarampión era desconocido y que los aztecas padecieron epidemias de ambas enfermedades. De ese modo, la polémica se reduce a cuál de las dos enfermedades padecían los aztecas cuando sufrieron la derrota definitiva ante las tropas de Cortés y sus aliados los tlaxcaltecas.

El que haya sido una u otra enfermedad es pecata minuta, comparado con los resultados que se produjeron a favor de un puñado de hombres que se atrevió a enfrentar a un poderoso imperio.

Cuando Cortés y sus hombres recobraron las fuerzas y se reorganizaron, construyeron embarcaciones para atacar a la capital del Nuevo Mundo desde el lago de Texcoco, lo que fue determinante para la victoria definitiva y la toma de la ciudad sagrada de Tenochtitlan y las otras capitales aliadas que convivían pacíficamente y formaban el “Unico Mundo”.

Las pequeñas embarcaciones de trabajo de los habitantes de aquella hermosísima Venecia indígena y sus frágiles canoas de combate fueron fácilmente hundidas por los barcos españoles y las ciudades fueron cruelmente bombardeadas hasta su destrucción y sometimiento.

Los aztecas, presas del pánico se negaban a rendirse y enfrentaron con sus lanzas y flechas desde sus canoas los cañonazos de los conquistadores, aún cuando estaban afectados de hemorragias nasales, anginas, inflamación de garganta y pequeñas llagas en sus rostros.

Si bien es cierto que la verdadera conquista estaba aún por llegar después de la caída de Tenochtitlan, no se puede negar que esas epidemias fueron un importante aliado de los conquistadores de América.

(Escritor y periodista, Ruvalcaba es autor de la novela Vida Crónica, entre otras, y del libro infantil La Mariposa Bailarina. Ha trabajado como corresponsal del diario La Jornada en España, como integrante del cuerpo de editores del diario La Opinión de Los Angeles, columnista de la cadena de diarios Hoy y redactor de noticias de Telemundo Los Angeles).

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