La
Oposición Cubana
Ya Derrotó a Fidel Castro
Por JESUS HERNANDEZ CUELLAR
Cuando el 1 de enero de 1959 el revolucionario Mario
Chanes de Armas se enteró desde la oscuridad de un calabozo
que el general Fulgencio Batista había huido de Cuba, pensó
que todo había concluido y que una nueva era de prosperidad
y democracia se abriría para su país. Lejos estaba
de imaginar que en menos de dos años volvería a la
cárcel para convertirse en el prisionero político
que cumpliría la más larga condena en el mundo: 30
años tras las rejas.
Muchos sufrieron la experiencia carcelaria de Chanes
de Armas, y aún hoy, casi 50 años después de
la llegada al poder de Castro, padecen la impotencia de no poder
vivir en una Cuba democrática tras años de cárcel
o de exilio, o de ambas cosas.
En 1959, el ahora desaparecido imperio soviético
celebró el 42 aniversario de su nacimiento, producto de la
revolución bolchevique de 1917. Pero el exilio anticomunista
ruso de los viejos tiempos, ya había desaparecido, mientras
que el cubano comenzaba. Casi cinco décadas después
de la revolución de Castro, el exilio anticastrista no se
ha disipado, no ha muerto, aunque respire con dificultad, aunque
le falten fragmentos importantes de su esencia.
Sin embargo, ya no se oye hablar de la caída
de Castro, sino de la muerte de Castro. Los más jóvenes,
aparentemente ante la imposiblidad de derrocar al dictador cubano
por medio de las armas, han formado su propia estrategia. Para muchos
de ellos lo importante es Cuba, más allá de Castro.
La Cuba que vendrá después..., después de la
muerte de Castro. Tienen todo el tiempo del mundo para ello. Están
seguros de que esa Cuba existirá.
Este juego con el tiempo, las fechas y las edades
no suena agradable a los oídos de los veteranos luchadores
por la democracia, cuya óptica política ha sido la
de derrocar por la vía militar a su cruel y tozudo adversario.
Muchos de ellos tienen la misma edad del dictador, otros son inclusive
más viejos. Si la libertad de Cuba sólo puede llegar
con el deceso de Castro, piensan, tal vez muchos de ellos no estarán
aquí para ver ese día. De hecho, muchos se han ido
ya. Y esta consideración se vuelve entonces un elemento más
de la tragedia nacional cubana.
Pero el poder no es necesariamente una victoria. Para
muchos, el ejercicio del mismo ha sido el camino más corto
hacia el deshonroso cubículo de la derrota. Posiblemente
éste sea el caso de Castro, aunque su química dictatorial
no le permita verlo. Y quizás sus propios adversarios históricos,
también parte de la convulsa generación suya, tampoco
logren visualizar en qué puntos cardinales se han asentado
la victoria y la derrota.
José Martí nunca vio la independencia
de Cuba, pero su victoria fue aplastante frente al poderío
español que lo dejó sin vida en Dos Ríos, al
convertise con su ideario y con su muerte en el hombre más
importante de la historia de su país.
Cuando la Cuba de hoy muestra a un cirujano dental,
seguramente capaz e inteligente, con un sueldo gubernamental de
aproximadamente 20 dólares al mes, ¿es esto un ejemplo
de victoria? Cuando se revela que en Estados Unidos hay alrededor
de 125 mil empresas de exiliados cubanos que producen 26,500 millones
de dólares al año, cifra que supera el Producto Interno
Bruto de Cuba, ¿es esto un síntoma de derrota? ¿Cómo
se mide la victoria o la derrota, al observar que una familia cubana
en Estados Unidos tiene un ingreso medio anual de 45,500 dólares,
y sus parientes dentro de la isla en igual renglón apenas
sobrepasan los 600 dólares anuales, toda la familia, con
buena suerte? Esto último por comparar el ingreso familiar
en los términos de cambio de monedas impuestos por el propio
gobierno cubano, porque fuera de Cuba la moneda de la isla no tiene
valor de cambio alguno.
Por otra parte, pese a la extraordinaria riqueza literaria
de la isla, desafortunamente, ningún escritor allí,
fuera del fallecido Alejo Carpentier, consagrado antes de 1959,
ha podido alcanzar los niveles de reconocimiento mundial del exiliado
Guillermo Cabrera Infante, Premio Miguel de Cervantes, ni de Zoé
Valdés, finalista del Premio Planeta y traducida a decenas
de idiomas. Ningún intérprete de música popular
ha recorrido los caminos de Celia Cruz, ninguno obtuvo los éxitos
de Gloria Estefan. Ningún ministro, tal vez ni el propio
Castro, pudo manejar nunca el voluminoso presupuesto anual que administró
Roberto Goizueta al frente de la Coca-Cola.
En el parlamento unipartidista soviético jamás
se escuchó la voz de un cubano. En el Congreso de Estados
Unidos hay seis legisladores cubanos hoy día, dos de ellos
en el Senado, que por cierto le hacen difícil la vida a la
élite gobernante de la isla. Y en el gabinete del presidente
George W. Bush hay por lo menos dos altos ejecutivos de origen cubano.
¿Son estos hechos símbolos de victoria
o de derrota?
Todo el mundo quiere vivir en los paraísos.
Castro se propuso construir uno, tal vez vil, pero su paraíso.
Pues no es posible imaginar victoria alguna en un paraíso
del cual, pese a las restricciones a la libertad de emigración,
el 20% de la población ha escapado al extranjero. Muchos
huyeron en balsas de fabricación casera a riesgo de su propia
vida, lo sabían, y murieron. Prefirieron el Estrecho de la
Florida como tumba y no el paraíso de Castro en vida.
Los emigrantes latinoamericanos, que alguna vez debieron
ser liberados del hostil capitalismo por las guerrillas marxistas,
tampoco se dirigieron hacia aquel paraíso, sino hacia Estados
Unidos, la antítesis ideológica de lo que Castro proclama,
su eterno y verdaderamente victorioso archienemigo.
Los dictadores tienden a desarrollar su agenda a través
de una ideología. Aun en este punto el infortunio de Castro
no tiene paralelos, al menos en Occidente. La Unión Soviética,
la metropoli que lo financió y lo puso a su servicio durante
más de 30 años, no sólo abandonó voluntariamente
una ideología contra natura, sino que desapareció
como nación. No fue necesario bombardearla ni tomarla por
asalto, simplemente se esfumó por decisión propia,
haciendo creíble lo impensable.
¿Cuántos elementos de victoria hay en
todo esto para Castro? Y lo peor no ha llegado. Si en realidad Cuba
sólo puede democratizarse con la muerte del anciano dictador,
será una vergüenza para él que la humanidad se
percate de que no pudo entregar un país en las mismas condiciones
en que entregaron los suyos sus homólogos derechistas Francisco
Franco, de España, y Augusto Pinochet, de Chile.
Los miles de jóvenes cubano-estadounidenses,
hijos y nietos del exilio histórico, que ocupan cátedras
en las universidades norteamericanas y de otros países, cargos
en grandes empresas y espacios en el arte y la cultura del mundo,
no son más que el tiro de gracia de la más grande
humillación que la oposición cubana le haya propinado
a su antiguo enemigo. Mientras tanto, los hijos de la revolución
huyen hacia el sur de la Florida, hacia México, Francia y
España.
El hecho de que Castro no haya sido derrocado, no
quiere decir que no haya sido derrotado. Sí, pasará
a la historia. No hay dudas. Hitler, Stalin, Mussolini y Mao también
pasaron. El estará allí con ellos, pero con tan mala
suerte que sólo conseguirá que lo acomoden detrás,
en la segunda fila.
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