
Memorias de una Revolución en Bancarrota
Tengo frescas en mi memoria las imágenes del primer día. Era 1 de enero de 1959. Yo tenía seis años de edad. Nos despertamos con un tiroteo en la prisión del Castillo del Príncipe, en La Habana, que estaba frente al edificio en que vivíamos. En cuestión de minutos, la calle 29 se llenó de autos con oficiales del Servicio de Inteligencia Militar y de la Policía del general Fulgencio Batista. A tres cuadras, en el Parque Mariana Grajales, estaban acampados los guerrilleros del Ejército Rebelde. El general había huido, la revolución había triunfado. También están en mi memoria otras imágenes, de 20 años después, cuando mi amigo Humberto León y yo íbamos a casa de nuestro amigo común Adolfo Rivero Caro, actualmente columnista y traductor de El Nuevo Herald, a buscar libros prohibidos. Cincuenta años después del primer episodio y 30 años más acá del segundo, aquellos guerrilleros todavía están en el poder y casi todos los libros prohibidos, siguen prohibidos, más otros.
Humberto y Adolfo fueron a la cárcel un año después, en 1980, y yo fui expulsado del Ministerio de Cultura. Humberto por escribir cuentos considerados "propaganda enemiga", por lo cual pasó cuatro años en prisión; Adolfo por tener libros prohibidos pasó dos años en la cárcel. No me quejo. Mi expulsión del Ministerio de Cultura por mis intenciones de vivir fuera de Cuba, me obligó a refugiarme, laboralmente hablando, en una agencia internacional de noticias, en la que me hice periodista.
Humberto y yo habíamos vivido una dura experiencia previa. En 1969, por ser desafectos a las glorias y a las memorias, nos habían despachado hacia un campo de trabajos en las canteras de mármol de Isla de Pinos, a 100 kilómetros de la costa sur de La Habana. Adolfo había estado antes en la cárcel. Después de todo, junto a Gustavo Arcos Bergnes, Ricardo Bofill y otros activistas, había trabajado en 1976 en la fundación del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, matriz de la disidencia cubana moderna.
Aun con la política de control total de la información y el miedo como acompañante inseparable de la sociedad, todos sabíamos en aquella época, más o menos como se sabe hoy, que miles de cubanos habían sido ejecutados en paredones de fusilamiento, y decenas de miles estaban en las cárceles. Para finales de los 70, casi nadie quería ser de los primeros, ni siquiera de los segundos. Ahora tampoco. El resultado: a muchos de los que vivimos fuera de Cuba, se nos murió la patria; a los que viven adentro, la patria se les convirtió en una enorme prisión.
Hay dos logros verdaderamente fantásticos del régimen comunista cubano, que nada tienen que ver con la educación y la salud públicas. Estos logros son el trabajo eficientísimo de los órganos de Seguridad de Estado, es decir de la policía política, y el trabajo del descomunal aparato de propaganda oficial que consiguió durante muchos años extender sus influencias al mundo académico internacional, a los medios de comunicación social y a la gente que se dedica a la cultura artística. Esos campos intelectuales ayudaron, directa o indirectamente, a construir el mito. A silenciar los fogonazos de los pelotones de fusilamiento, los gritos de los prisioneros. Muchos todavía ayudan.
Por supuesto, cada vez más, los ciudadanos de otros países se preguntan qué importancia tienen los miles de graduados universitarios cubanos, que dicho sea de paso han tenido que bregar más con el adoctrinamiento político que con la adquisición de conocimientos, y la salud pública gratuita, que al final de la jornada obliga a los enfermos a llevar sus propias almohadas y sábanas a los hospitales y a pedir medicamentos a sus familiares en el extranjero, frente a la monstruosa intención del estado de encarcelar a los jóvenes que escriben cuentos considerados "propaganda enemiga", a los ciudadanos que tienen en sus casas libros prohibidos, lo que implica que hay libros prohibidos, a los que defienden la Declaración Universal de los Derechos Humanos, dentro de una infernal maquinaria represiva que se regodea en el ejercicio de la arrogancia y la impunidad. Antes de 1959, había 14 prisiones en Cuba. Hoy día hay 581. La población total del país, apenas se ha duplicado, de poco más de seis millones de habitantes a menos de 12 millones.
Y como punto final, en cuanto a la creación de bienestar, que es la única misión real y legítima de los sistemas políticos, de los gobiernos, ¿para qué sirven esos hipotéticos logros, si el resultado, después de 50 años, es un ciudadano cubano muerto de hambre y muerto de miedo, que vive con menos de un dólar al día, aislado del mundo moderno no por el embargo de Estados Unidos, sino por la generosidad de una dictadura disfrazada de revolución, en bancarrota?
Tenía yo seis años de edad; ahora tengo 56.
(Hernández Cuéllar es director y editor de Contacto Magazine,
revista que fundó en julio de 1994 en Los Angeles, California. Ha
sido además redactor de la agencia EFE en La Habana, Cuba, San José,
Costa Rica, y Los Angeles, California, así como editor metropolitano
del diario La Opinión de Los Angeles e instructor de periodismo
de la Universidad de California en Los Angeles, UCLA --- Biografía).




