


En medio de un incesante fuego cruzado, el presidente Barack Obama defendió una vez más, el 10 de mayo de 2011, la reforma migratoria que podría permitir la legalización de aproximadamente 11 millones de indocumentados que viven en Estados Unidos. Lo hizo en El Paso, Texas, la "ciudad más segura" del país, muy cerca de Ciudad Juárez, México, la "ciudad más violenta del mundo". Y lo hizo apasionadamente. Aun así, las críticas a la Casa Blanca de parte de los grupos que promueven la reforma, se desplazan como una delirante tormenta tropical. Hay desconfianza en el mandatario. Hay miedo a las deportaciones. Hay frustración tras el apoyo hispano al presidente. Y hay puntos de los cuales apenas se habla, que podrían ser interpretados como las razones reales por las cuales Obama no ha convertido en un hecho palpable su promesa de campaña de conseguir una reforma migratoria, en su primer año de gobierno, más allá de la indiscutible guerra que han desatado los republicanos contra los indocumentados. Es importante explorar esos puntos de los cuales apenas se habla, aun cuando sean sumamente controversiales y en ocasiones un tanto políticamente incorrectos. Hay que tomar el toro por los cuernos.
Para los políticos, como ya sabemos, no hay nada más importante que el voto. La histórica elección de Obama en noviembre de 2008 se produjo con un mapa de votantes que vale la pena estudiar. Un total de 131 millones de estadounidenses acudió a las urnas. De ese total, 76.3 por ciento estuvo compuesto por personas de raza blanca; 12.1 por ciento por personas de raza negra; 7.4 por ciento por hispanos; y 2.5 por ciento por asiáticos. Todo esto de acuerdo con estadísticas de la Oficina del Censo, analizadas en un estudio del respetable Pew Research Center.
Durante muchos años, los líderes afroamericanos e hispanos se han mostrado conciliadores y fraternales entre sí, al moverse dentro y fuera de esos dos grupos étnicos. Los discursos de esa élite sobre las presuntas causas comunes que unen a ambas razas, sus similitudes históricas y sus compatibilidades políticas, de mayoría demócrata, dibujan una realidad armoniosa. La verdad de la calle, bien conocida por los que se preocupan de la gente de a pie, podría ser otra. El afroamericano común que vive, por ejemplo, en el sur de Los Angeles, cuyos hijos se desangran en medio de la horrible guerra entre las pandillas negras e hispanas, no piensa igual. No el blanco, más bien el afroamericano, sí cree que el hispano lo ha desplazado del mercado laboral, como inquilino, como consumidor y hasta como contribuyente. Barack Obama, que fue organizador comunitario en Chicago, conoce esta verdad. En Estados Unidos viven 50 millones de hispanos, y 39 millones de afroamericanos. Pero esos números no son iguales a la hora de votar. Más del 90 por ciento de los electores negros de Estados Unidos votó por Obama. Poco más del 60 por ciento de los votantes hispanos hizo lo mismo. Sin duda alguna, el voto afroamericano es más fuerte que el voto hispano. Y el apoyo afroamericano a Obama es más fuerte que el apoyo hispano. Sin importar el color de la piel de Barack Obama ni su percepción personal de ambas comunidades, es imprescindible saber que el mandatario no se está preparando para volver a ser organizador comunitario. Se está preparando para volver a ser presidente de Estados Unidos en las elecciones de 2012.
De manera que si bien los argumentos de las grandes contribuciones de la comunidad indocumentada a Estados Unidos son meridianamente válidos y ciertos, los políticos esperan otra cosa en época de elecciones. Esperan el voto. Las marchas cada vez menos multitudinarias en favor de la reforma migratoria, también son válidas, pero no forman parte de las estrategias, en materia electoral, del complejo aparato político del país. La presión sobre congresistas y otros funcionarios públicos, sí.
La reforma migratoria de 1986, cuyas disposiciones están todavía vigentes, se aprobó finalmente luego de 15 años de debates. Es muy posible que se produzca una reforma migratoria en nuestra época, en mucho menos tiempo. Pero todo el liderazgo hispano y de otras procedencias étnicas, enfrascados en la lucha por la legalización de indocumentados, deben saber que es hora de replantearse los métodos de trabajo. Igualmente, es importante replantearse la cobertura del tema y la arquitectura de las noticias, que presentan los medios de comunicación en español de Estados Unidos. Los interesados, en este caso los indocumentados e inclusive sus familiares con documentos, necesitan mucha más información, menos consignas, menos melodrama. La información genera poder, y ayuda a tomar mejores decisiones. Un mundo sin fronteras sería muy hermoso. Pero ese mundo, no existe. Un mundo en el que tuviésemos todos los derechos a donde quiera que llegásemos, sería maravilloso. Ese otro mundo, tampoco existe. Existen reglas del juego que hay que aprender a usar, para ganar batallas.
En Estados Unidos, el arma más importante de todas
y cada una de las batallas políticas, es el voto. Lo demás
es, para bien o para mal, paisaje que se pierde en la distancia.
(Hernández Cuéllar es director y editor de Contacto Magazine,
revista que fundó en julio de 1994 en Los Angeles, California. Ha
sido además redactor de la agencia EFE en La Habana, Cuba, San José,
Costa Rica, y Los Angeles, California, así como editor metropolitano
del diario La Opinión de Los Angeles e instructor de periodismo
de la Universidad de California en Los Angeles, UCLA --- Biografía).
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