

A principios de julio de 2010, después del primer discurso completo del presidente Barack Obama sobre la necesidad de aprobar una reforma migratoria en Estados Unidos, este punto parece estar más claro que nunca. El mandatario está a favor de la reforma y ha hecho un llamado a demócratas y republicanos para que ofrezcan una oportunidad a los 11 millones de indocumentados que viven en Estados Unidos de legalizar su situación, y para que aquéllos que abogan por más seguridad en las fronteras, también queden satisfechos. El lado oscuro del proceso es que el propio presidente reconoce, una vez más, que no hay suficiente apoyo en ambas cámaras del Congreso para que la reforma se apruebe pronto.
Fue significativo también que, luego de que el gobierno federal anunciara que disputaría en los tribunales la controversial ley SB 1070 de Arizona, que autoriza a la fuerza pública local a indagar el estatus migratorio de las personas, Obama no haya precisado en su discurso del 1 de julio en la American University de Washington D.C., cuándo se producirá la demanda judicial contra el estado Arizona. Fue una oportunidad de oro para hacer tal anuncio. No ocurrió. El presidente tampoco precisó una fecha para comenzar un nuevo debate sobre la reforma migratoria.
Los líderes del movimiento pro-inmigrante, por supuesto, agradecen el apoyo del presidente a la reforma, pero muchos de ellos creen que el discurso de Obama estuvo encaminado, principalmente, a dejar claro ante la comunidad latina su posición sobre el tema, a sólo cuatro meses de las elecciones de medio período, que se realizarán en noviembre próximo. Obama recibió el 66 por ciento del voto latino en 2008, especialmente por la promesa de llevar a cabo una reforma migratoria. Un año y medio después de su llegada a la Casa Blanca, ni siquiera se ha debatido la reforma, existe la sensación de que se intensificaron las redadas y las deportaciones, y se fortaleció la presencia federal en la frontera con México. Medidas similares a las de Arizona se están discutiendo en 17 estados actualmente, y los proyectos migratorios debatidos a nivel estatal aumentaron de 520 en 2008 a mil 500 en 2009.
Algunos expertos han señalado que el presunto apoyo masivo de los demócratas a la reforma migratoria, y el rechazo casi total de los republicanos a la misma, es más una consigna de campaña que una realidad en lo que se refiere al partido del presidente. Los demócratas son mayoría suficiente en ambas cámaras del Congreso y tienen el poder ejecutivo en sus manos. Una reforma mucho más controversial, con rechazo de la mayoría de la opinión pública en todas las encuestas, la reforma sanitaria, se aprobó con apenas siete votos de diferencia en la Cámara de Representantes, en marzo pasado. En aquel debate, con resultado de 219 votos a favor y 212 en contra, 34 demócratas y todos los republicanos se opusieron a la reforma sanitaria. ¿No podría suceder algo igual con la reforma migratoria?
El único punto verdaderamente realista del discurso de Obama fue el de explicar que la deportación de 11 millones de indocumentados "es logísticamente imposible y atrozmente costosa". Toda persona en su sano juicio sabe eso, pero es importante escucharlo de boca del presidente de Estados Unidos.
El informe anual del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) correspondiente al año fiscal 2008, el más reciente en la página web de ese organismo, señala que ese año fueron deportados 356.739 indocumentados, un aumento del 23.5 por ciento con respecto a 2007. Si se toma en cuenta esa cifra para calcular cuánto tiempo se necesitaría para deportar a los 11 millones de indocumentados que viven en el país, el resultado sería de aproximadamente 30 años. ¿Cuánto dinero costaría ese proceso? Casi incalculable a tres décadas del punto final.
Aquéllos que culpan a los indocumentados de ciertos crímenes ocurridos en la frontera, deben saber que esos crímenes, que deben ser castigados, representan un porcentaje mínimo de todos los delitos que sufre la sociedad norteamericana, incluida la comunidad inmigrante. Que nadie está considerando una reforma migratoria para amparar a criminales, sino a familias que han llegado a este país con un sueño idéntico al de los abuelos y bisabuelos de muchos de los que hoy se oponen a la reforma.
Aquéllos, de uno y otro bando, que quieren sacar provecho político
e ideológico de este debate, deben saber con meridiana precisión
que no se les recordará como héroes ni paladines de una
esperanza atrapada en el naufragio. Así ocurrió durante
la reforma de 1986. Y así ocurrirá ahora, cuando los miembros
de este Congreso de Estados Unidos, temerosos e indecisos, diferentes
a los miembros del Congreso de hace dos décadas, decidan convertirse
en los verdaderos ídolos de una Norteamérica consecuente
con su historia.
(Hernández Cuéllar es director y editor de Contacto Magazine,
revista que fundó en julio de 1994 en Los Angeles, California. Ha
sido además redactor de la agencia EFE en La Habana, Cuba, San José,
Costa Rica, y Los Angeles, California, así como editor metropolitano
del diario La Opinión de Los Angeles e instructor de periodismo
de la Universidad de California en Los Angeles, UCLA --- Biografía).
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