
Castro Devora a sus Hijos Otra Vez
Dos importantes figuras de la élite gobernante cubana reciente, Carlos Lage, ex vicepresidente, y Felipe Pérez Roque, ex canciller, han sido separados de sus cargos, y como en los buenos tiempos soviéticos de Joseph Stalin, ambos han tenido que autoinculparse y declarar su lealtad a Fidel y Raúl Castro, al Partido Comunista y a la revolución.
Con el desplome de estos dos hombres parece haber concluido la etapa de maquillaje aperturista que los hermanos Castro inauguraron en los 90 para dar la impresión de que el anquilosado e ineficiente régimen comunista cubano, podría abrirse al mundo, como pidió en Cuba el papa Juan Pablo II en 1998. Eran tiempos difíciles, había caído el Muro de Berlín y el mundo comunista decidió, por voluntad propia, desintegrarse en átomos invisibles sin que mediaran invasiones extranjeras ni embargos comerciales del enemigo. El régimen, entonces con 30 años en el poder, ahora con 50, debía sobrevivir. Los subsidios soviéticos habían terminado y la revolución era incapaz de hacer funcionar un país que jineteaba corceles al mejor estilo de la Edad Media, a pesar de sus relaciones diplomáticas y comerciales con 180 naciones del planeta.
Es cierto que de aquella época aun se mantiene en su cargo el ministro de Cultura, Abel Prieto, y que el nuevo canciller, Bruno Rodríguez, es bastante joven. Pero es evidente que el general Raúl Castro se ha rodeado de fósiles ortodoxos de manera muy sospechosa, con el comandante Ramiro Valdés en primerísimo lugar, que ahora ha ampliado sus poderes al haber quedado al frente de "la guerra de las ideas", además de conservar su cargo estrenado hace poco de ministro de Comunicaciones e Informática. Valdés es el Beria cubano. Fundador de los aparatos represivos de la Seguridad del Estado a principios de la década de los 60, fue dos veces ministro del Interior y actualmente es el hombre encargado de aplicar la censura a Internet, medio al que sólo el uno por ciento de los cubanos tiene acceso.
Lage y Pérez Roque han seguido los pasos de muchos otros funcionarios cubanos. No estamos hablando siquiera de la misteriosa desaparición física del comandante Camilo Cienfuegos en 1959, o de la condena a 20 años de cárcel impuesta al comandante Huber Matos ese mismo año, ni de los fusilamientos de los comandantes Humberto Sori Marín y William Morgan poco después, ni del presunto abandono del Che Guevara en la selva boliviana en 1967. No, estamos hablando de tiempos recientes. Eso en la larga pesadilla castrista, es un período de 20 años. En estas últimas dos décadas, el general Arnaldo Ochoa, con la distinción de Héroe de la República de Cuba, y el coronel Tony de la Guardia, conocido como el James Bond cubano, fueron fusilados en 1989 junto a otros dos funcionarios. El general Patricio de la Guardia, hermano gemelo de Tony y jefe de las temibles Tropas Especiales cubanas, fue condenado a 30 años de cárcel en el mismo proceso por supuesto tráfico de drogas y corrupción. El ministro del Interior de la época, el general José Abrahantes, fue primero condenado a prisión y luego sufrió un inexplicable ataque al corazón en su celda, que le costó la vida. Todos eran hombres extraordinariamente leales a Fidel Castro, valientes y probados, que por una razón u otra la lógica castrista aconsejó borrar del mapa, mediante procedimientos dantescos.
Claro, a esa extirpe no pertenecen Lage ni Pérez Roque. Entre los del maquillaje aperturista que fueron purgados antes, estuvieron el también canciller Roberto Robaina, muy popular en su momento, y el poderoso Carlos Aldana, hombre fuerte de la esfera ideológica del Partido Comunista. Jóvenes de poca historia, que según Fidel Castro en su reciente Reflexión sobre el tema, disfrutaron de "la miel del poder, por el cual no conocieron sacrificio alguno". Hace muy poco, corrió igual suerte otro maquillista, el influyente secretario personal de Fidel, Carlos Valenciaga, que en julio de 2006 anunció la enfermedad del dictador cubano y los cambios en el gobierno que ello ocasionaba. En todos estos casos, la acusación ha sido "corrupción" o pasos "indignos", nada de fusilamientos ni largas condenas. Simplemente, "plan pijama", para que la juventud actual entienda, como entendieron los históricos que sobrevivieron, que en Cuba no se puede ser fidelista ni comunista por cuenta propia. Que la lealtad verdadera siempre obliga a adivinar las voluntades y caprichos del comandante en jefe, y de su fiel hermano, el general Raúl Castro.
Ellos, los jóvenes castristas, se han enterado ya de que no tienen
la más mínima posibilidad de llegar a los altísimos
niveles de corrupción de Fidel y Raúl Castro, de Ramiro Valdés,
de José Ramón Machado Ventura ni de otros históricos,
simplemente, por su débil posición en la escalera del poder
cubano. Ahora saben, además, que su papel en la sociedad cubana ha
sido reducido al de un oportuno condón, que se usa y se tira a la
basura cuando así lo decida el asilo de ancianos que ocupa el Palacio
de la Revolución.
(Hernández Cuéllar es director y editor de Contacto Magazine,
revista que fundó en julio de 1994 en Los Angeles, California. Ha
sido además redactor de la agencia EFE en La Habana, Cuba, San José,
Costa Rica, y Los Angeles, California, así como editor metropolitano
del diario La Opinión de Los Angeles e instructor de periodismo
de la Universidad de California en Los Angeles, UCLA --- Biografía).



