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¿Por Qué Ganó Obama Otra Vez?

Atrapado en una crisis económica extensa y profunda, Barack Obama se las arregló para mantenerse en la Casa Blanca durante los próximos cuatro años, al adjudicarse una victoria indiscutible frente a su rival republicano Mitt Romney, en las elecciones de 2012. ¿Por qué ganó Obama la reelección si la economía no se ha recuperado debidamente, si la creación de empleos ha sido lenta y pobre, si las grandes industrias que los dos últimos presidentes y el Congreso ayudaron a ponerse de pie, no comparten con la sociedad sus millonarias ganancias? Hay muchas respuestas.

La revista National Journal asegura que Obama ganó su primera elección al convencer a los votantes de que era el hombre adecuado, en el momento oportuno. Y que ganó esta segunda contienda al convencer a los votantes de que Mitt Romney era el hombre equivocado. Suena inteligente y simpático, pero no es real. La victoria de Obama no sólo deja lecciones importantes para la derecha derrotada, también las deja para la izquierda victoriosa.

En Estados Unidos, el que se mueve demasiado desde el centro hacia los extremos, pierde. Esa fue la clave del triunfo del primer presidente afroamericano de Estados Unidos, aun cuando no todos sus simpatizantes y detractores lo entiendan. De sólo entrar en la Casa Blanca, para sorpresa de sus seguidores, aprobó un rescate de miles de millones de dólares para los bancos, las compañías de seguros y la industria automotriz. Con esta medida muy poco socialista, evitó una catástrofe financiera. De inmediato, se propuso aprobar una reforma sanitaria de fuertes tintes sociales, y lo logró. Sin pensarlo dos veces, retiró las tropas de la inútil y confusa guerra de Irak, y las concentró en Afganistán, donde se libraba la verdadera guerra contra el terrorismo. En medio de esa maniobra ganó el Premio Nóbel de la Paz. Mientras se encontraba en difíciles sino imposibles negociaciones con los republicanos para aprobar varios proyectos internos, envió un comando de la Marina a un rincón oscuro de Paquistán, y allí ejecutó a balazos a Osama Bin Laden, el tenebroso personaje que había orquestado la nueva guerra santa contra Estados Unidos. De una manera u otra, Obama logró mantener el equilibrio político en la mayoría de sus acciones. Posiblemente, aprendió a funcionar de esta manera al combinar sus dos experiencias más importantes, la de activista de la calle en franca oposición a Washington, y la de profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Chicago.

En lo que se refiere a inmigración, se convirtió en el presidente que más deportaciones ha hecho, con un total de casi millón y medio en su primer período. Por otro lado, no ha podido cumplir su promesa de implementar una reforma migratoria para 11 millones de indocumentados que viven en el país, pero sí es cierto que ha abogado por ella en numerosas ocasiones. El Partido Republicano, que domina la Cámara de Representantes, y no pocos legisladores demócratas, no han querido aprobarla. El presidente, por sí solo, no puede hacer ninguna reforma. Mientras tanto, decretó la llamada Acción Diferida para que no menos de un millón 400 mil jóvenes inmigrantes sin documentos puedan permanecer y estudiar en Estados Unidos. Si es amigo de los inmigrantes, ¿por qué ha deportado a tanta gente? Obama es abogado y ha sido profesor de derecho constitucional, por tanto sabe que en su país rige un estado de derecho, en el que las leyes están por encima de todo. Es su trabajo como presidente, hacer que las leyes se cumplan.

Obama no ha podido ofrecer un historial exitoso en lo que se refiere a la recuperación económica. Sus rivales de 2008 y 2012, el senador John McCain y el ex gobernador Mitt Romney, respectivamente, posiblemente no habrían logrado nada mejor. La economía norteamericana es un animal indomable. Cuando se le maltrata, muerde. Demócratas y republicanos, empresarios y obreros, corredores de bolsa y líderes sindicales, han maltratado mucho a ese animal, que ahora lame sus heridas en busca de alivio mirando con mucho recelo a quienes se proponen sanarlo.

Obama, como la mayoría de los presidentes de Estados Unidos, no es economista. Sin embargo, como sus antecesores, sabe que su país es la mayor economía del mundo, con 14.5 billones de dólares, seguida por China con 5.9 billones, Japón con 5.5 billones, Alemania con 3.3 billones y Francia con 2.6 billones. Las economías de China, Japón y Alemania juntas hacen aproximadamente la economía de Estados Unidos. Por tanto, no tiene sentido que aliados tan importantes como Alemania, Japón y Francia hayan implementado con éxito ambiciosos programas sociales como la salud pública universal, y el presidente de Estados Unidos, quienquiera que sea, tema implementar programas iguales. ¿Que los programas sociales no son parte de la tradición norteamericana? Los teléfonos inteligentes tampoco, y ahora han sido integrados a la vida cotidiana.

Por otra parte, Obama entendió mejor que sus rivales el nuevo rostro de Estados Unidos. Jóvenes expertos en el uso de las redes sociales, mujeres orgullosas de su independencia económica, latinos emprendedores que están dispuestos a hacer los mayores sacrificios con tal de que sus hijos tengan un futuro mejor, afroamericanos que quieren salir del ghetto económico y social en el que han vivido, otras minorías étnicas con grandes sueños que cumplir, conforman ese nuevo rostro marcado por la diversidad de razas, culturas e ideas. Esto no es un espejismo, es la realidad estadounidense del siglo XXI. Vivir de espaldas a ella, es vivir fuera de este mundo.

La Derrota de Mitt Romney

Mientras tanto, el ex gobernador de Massachusetts, Mitt Romney, al igual que su antecesor John McCain, terminaron aislados en los tentáculos de un nuevo enemigo dentro de sus propias filas, que ha secuestrado al Partido Republicano, alejándolo de los grandes ideales de Abraham Lincoln y Ronald Reagan. Ese nuevo enemigo involuntario no es otro que el Tea Party, o Partido del Te. Con el deseo de impedir el derrumbe de símbolos tradicionales de la sociedad norteamericana, los líderes de ese movimiento conservador tomaron control de todo el aparato político de la derecha, y violaron la regla básica del quehacer político de este país: el que se mueve hacia los extremos, pierde. Es ese equilibrio político de jugar hacia el centro, el que ha permitido la existencia de un exitoso sistema bipartidista en Estados Unidos.

Ni McCain ni Romney son de extrema derecha. El Partido del Te los obligó a parecer que lo eran, a cambio de otorgarle su imprescindible respaldo. El nombre de McCain estuvo en los proyectos más nobles del Congreso, incluidos una reforma migratoria y la eliminación de la tortura como herramienta de guerra en el último presupuesto militar de George W. Bush. Romney aprobó en Massachusetts una reforma sanitaria que sirvió de modelo a la de Obama. Encuestas realizadas en aquel estado, señalan que sus habitantes están contentos con aquella reforma estatal. Fue penoso ver al ex gobernador anunciando que vetaría la reforma de Obama, cuando en realidad estaba hablando, en la práctica, casi de su misma reforma. El Partido del Te lo obligó a ello.

Amenazar a amplios sectores de la sociedad, es tarea de dictaduras. El Partido del Te, olvidado de la reforma migratoria bipartidista promulgada por Reagan en 1986, presionó a Romney para que entrara en el juego de las amenazas a los inmigrantes. Amenazar con recortes sociales importantes para reducir el déficit del presupuesto, olvidado de la reforma sanitaria de Romney, para que cada cuál solucione sus problemas como pueda, entre otras muchas cosas, fue parte de una fallida estrategia que ha costado a los republicanos dos elecciones presidenciales. Posiblemente, costará muchas otras si el Partido del Te no se modera, o desaparece. Es cuestión de tiempo.

(Hernández Cuéllar es director y editor de Contacto Magazine, revista que fundó en julio de 1994 en Los Angeles, California. Desde 1981 ha trabajado en todo tipo de medios: agencias de prensa, diarios, radio, televisión, semanarios, internet, revistas y redes sociales. Fue redactor de la agencia EFE en Cuba, Costa Rica y Estados Unidos, así como editor metropolitano del diario La Opinión de Los Angeles, California, e instructor de periodismo de la Universidad de California en Los Angeles, UCLA --- Biografía).

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