

Chile, Medalla de Oro de la ONU
Si yo fuera Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega, congresista o senador latinoamericano, o tal vez Felipe Calderón o Alvaro Uribe, contaría hasta tres, me tomaría un cafecito y en silencio absoluto embarcaría en el primer avión rumbo a Santiago de Chile. ¿Por qué? Porque allí, en materia de erradicación de la pobreza, está la receta para la empobrecida América Latina.
La Asamblea General de Naciones Unidas ha sido, de nueva cuenta, escenario de consignas, acusaciones mutuas y hasta pasajes de El Corán, vamos, la crónica del fracaso anunciado. Mientras sus excelencias, los señores presidentes, hablan y deshablan, aproximadamente 220 millones de latinoamericanos, o el 40 por ciento de la población de América Latina, viven por debajo de la línea de pobreza, el mismo porcentaje que había hace 25 años, según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
Peor aún. En todo el mundo hay 854 millones de personas que sufren de hambre, 52 millones de las cuales viven en América Latina, según la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Esto representa una reducción para Latinoamérica, porque había 59 millones entre 1990 y 1992, pero de cualquier manera significa el 6 por ciento de las personas malnutridas del mundo y el 11 por ciento de toda la población latinoamericana.
Pero en medio de toda la inútil verborrea crónica de la mayor parte de los miembros de la Asamblea General de la ONU, se escuchó una voz de esperanza con datos que si bien ya se conocían, debieron avergonzar a muchos gobernantes. Fue la voz de Michelle Bachelet, la presidenta de Chile. Sus cifras son ciertas y contundentes: en 17 años de democracia, Chile ha reducido su nivel de pobreza de 40 por ciento a 13.7 por ciento. Con tesón, con honestidad y sobre todo con fórmulas inequívocas de manejo de la economía de mercado, que en el caso chileno es la economía más competitiva de América Latina, Chile se ha convertido en el único país de su región que está al borde del desarrollo. Por razones diplomáticas y de protocolos propios de su cargo, por supuesto, la señora Bachelet olvidó decir algo importantísimo: Chile es también el país menos corrupto de Latinoamérica. El más reciente informe de la organización Transparencia Internacional coloca a Chile con niveles de transparencia propios del mundo desarrollado.
Con esa misma transparencia, los líderes chilenos aprendieron a mirar su propia sombra, y a corregir las imperfecciones de esa sombra. Otros todavía están con los brazos cruzados buscando culpables externos - claro que los hay -, atrapados en una contagiosa conducta política que se ha transformado en una sustituta de la vocación de servicio público, de la guerra contra la pobreza.
Pero como yo, para bien o para mal, no soy Hugo Chávez,
ni Evo Morales, ni Daniel Ortega, ni Felipe Calderón, ni Alvaro Uribe,
ni congresista ni senador latinoamericano, no iré a Chile a aprender
lo que los líderes
chilenos ya me enseñaron. Simplemente, contaré hasta tres,
me tomaré un cafecito y me sentaré a escribir mi próxima
columna.
(Hernández Cuéllar es director y editor de Contacto Magazine, revista
que fundó en julio de 1994 en Los Angeles, California. Ha sido además redactor
de la agencia EFE en La Habana, Cuba, San José, Costa Rica, y Los Angeles,
California, así como editor metropolitano del diario La Opinión de Los Angeles
e instructor de periodismo de la Universidad de California en Los Angeles,
UCLA --- Biografía).
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