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Obama y el Miedo a la Inseguridad

La audacia de Barack Obama en política internacional ha comenzado a crear miedos en algunos sectores de Estados Unidos, especialmente en materia de seguridad nacional. Sus decisiones de negociar con Irán, de estrechar la mano del caudillo venezolano Hugo Chávez, de ofrecer una ramo de olivo al régimen cubano de los hermanos Castro y de divulgar memorandos de la CIA sobre los interrogatorios a prisioneros vinculados al terrorismo, han hecho pensar a muchos que el nuevo presidente de Estados Unidos tiene una política "débil" con los enemigos. Ciertos antecedentes históricos de los sectores liberales norteamericanos ayudan poco y mal a conjurar esos miedos.

Por lo menos en estos primeros meses de su gobierno, Obama tiene a su favor no sólo una gran acogida entre los estadounidenses, con 69 por ciento de popularidad a la altura del 21 de abril de 2009, según Gallup, superado sólo por su propia esposa Michelle, con 72 por ciento. Es también en este momento, el político más popular en todo el planeta. Su temperamento conciliador, a veces frío pero cordial ante sucesos y colegas, lo han ayudado mucho. Su decisión de ordenar un espectacular asalto a piratas somalíes en abril para liberar al capitán de un barco mercante, y su propósito de enviar más tropas y recursos a Afganistán, donde la red terrorista Al-Qaeda intenta reconcentrarse, han permitido ganar más simpatías a este abogado, legislador y profesor de derecho constitucional con una larga militancia, a veces radical, en la izquierda de Estados Unidos.

Pero Obama, amante de la historia, está obligado a tomar en cuenta las limitaciones históricas de su entorno partidista, y los temores que ello genera en un momento en que Estados Unidos permanece atrapado en dos guerras lejanas y costosas, amenazado por las pretensiones nucleares de Irán y Corea del Norte, así como por una cruenta guerra civil en el sur entre el gobierno mexicano y el crimen organizado, y presionado por ruidosos líderes latinoamericanos de la izquierda radical, encabezados por Chávez.

Desde los meses finales de la Segunda Guerra Mundial, los últimos de vida del presidente Franklin Delano Roosevelt, nacieron los antecedentes históricos que han colocado a los demócratas estadounidenses en desventaja, en cuando a seguridad y firmeza. Entre el 4 y el 11 de febrero de 1945, se produjo la histórica Conferencia de Yalta, en la que Roosevelt, el primer ministro británico Winston Churchill y el dictador soviético Josef Stalin discutieron las esferas de influencia que tendrían sus poderosos gobiernos cuando concluyera la contienda bélica. La derecha de Estados Unidos ha reprochado desde entonces a Roosevelt, haber cedido a Stalin los vastos territorios de Europa oriental que más tarde formaron el llamado bloque soviético. Sin ese bloque y otras concesiones hechas a Moscú en Yalta, posiblemente la Guerra Fría nunca habría existido, y sin ella no habrían ocurrido las guerras de Corea y Vietnam, ni las guerras de guerrillas en muchos países del Tercer Mundo, ni la intensidad militar del largo y trágico conflicto árabe-israelí. Tras la muerte de Roosevelt el 12 de abril de ese mismo año, su vicepresidente Harry Truman lo sustituyó en el cargo. Truman se encargó de conjurar, de manera brutal, los presuntos síntomas de debilidad de su antecesor, al ordenar el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Japón y emprender la dolorosa guerra de Corea para impedir el avance comunista en Asia.

Casi 20 años después, el carismático John F. Kennedy, elegido en 1960, fue otro blanco de las críticas de los "duros" por no haber escuchado las advertencias de altos jefes militares, en octubre de 1962, en el sentido de que la Unión Soviética estaba colocando misiles nucleares en Cuba, apuntado hacia Estados Unidos. A último minuto, Kennedy comprendió la gravedad de la amenaza soviética, pero ya estaba sumergido hasta el cuello en aquella peligrosa "crisis de los misiles", la única que ha puesto al mundo al borde de un holocausto nuclear. Por suerte para Kennedy y para todo el globo terráqueo, una rápida promesa de no atacar a Cuba y de retirar misiles norteamericanos instalados en Turquía, fue suficiente para que Moscú retirara los misiles.

Kennedy fue asesinado en noviembre de 1963 y su vice, Lyndon B. Johnson, lo sustituyó. Como Truman, Johnson se encargó de conjurar los miedos de la derecha al escalar la guerra de Vietnam para impedir el avance del vietcong hacia el sur, que operaba con apoyo soviético, chino, cubano y del régimen comunista de Vietnam del Norte. Johnson fue posiblemente el último "duro" dentro del Partido Demócrata. En una época convulsa, terminó el mandato de Kennedy y se presentó a su primer período, pero acosado por la derecha y por la izquierda, renunció a ejercer su derecho a postularse para la reelección en 1968. Para muchos, ahí murió la firmeza demócrata.

El gran descalabro de la política internacional demócrata se produjo durante los cuatro años del gobierno de Jimmy Carter. Reconocido defensor de los derechos humanos y de la paz, Carter sufrió una derrota demoledora frente a Ronald Reagan en 1980. Al despedirse dijo que se retiraba de la Casa Blanca, sin que hubiese un solo soldado norteamericano en guerras extranjeras. Cierto. Pero durante su período, la Unión Soviética invadió Afganistán; los extremistas islámicos derrocaron al Sha de Irán e instalaron en el poder al fundamentalista ayatola Ruhollah Jomeini, quien rápidamente secuestró a un grupo de 52 diplomáticos estadounidenses a los que mantuvo como rehenes durante 444 días; se fortalecieron las guerrillas marxistas en América Latina apoyadas por Cuba; los sandinistas derrocaron al dictador Anastasio Somoza e instalaron en Managua un régimen antinorteamericano; y la propia Cuba desplegó espectacularmente sus tropas en dos guerras convencionales en Africa, en apoyo a regímenes comunistas enemigos de Washington. Las debilidades de Carter en política exterior permitieron a Reagan y a George Bush padre, ambos republicanos, dominar la Casa Blanca durante los siguientes 12 años.

En 1992, el viejo Bush se presentó a su reelección luego de haber obtenido un triunfo rotundo en la liberación de Kuwait, con respaldo de una coalición internacional formada por mandato de Naciones Unidas, en la que participaron inclusive ejércitos árabes. Fue la primera gran humillación que Estados Unidos propinó a Saddam Hussein. No había peligros, la Guerra Fría había terminado sorpresivamente con la conversión voluntaria del mundo comunista a la democracia y el capitalismo, y la desintegración de la Unión Soviética. Pero la economía estaba mal, y un joven abogado casi desconocido, llamado Bill Clinton, gobernador de Arkansas, el peor pagado del país, por cierto, lo derrotó.

Durante sus ocho años de gobierno, a pesar de su escándalo con Mónica Lewinsky y de un juicio en el Congreso por perjurio, Clinton mantuvo una popularidad razonablemente buena, superó el déficit del presupuesto federal y entregó un jugoso superávit a su sucesor. Pero sus contribuciones al fantasma de las debilidades demócratas en materia de seguridad nacional fueron notables, y la red Al-Qaeda fue el eje de sus debilidades. En diciembre de 1992, a un mes de su elección y todavía con Bush padre como presidente, el grupo terrorista hizo estallar una bomba en el hotel Gold Mohur, en Adén, Yemén, donde se hospedaban tropas estadounidenses en ruta hacia Somalia. Las tropas ya se habían ido del lugar. Otro hotel de Adén, donde por error Al-Qaeda creía que había tropas de Estados Unidos, también fue atacado. El 26 de febrero de 1993, una camioneta cargada de explosivos estalló en un estacionamiento del sótano del World Trade Center de Nueva York. Seis personas murieron y más de mil resultaron heridas. También en 1993, el líder de Al-Qaeda, Osama Bin Laden, asumió la responsabilidad de un ataque a tropas estadounidenses en Mogadishu, Somalia; en 1995 al Centro de Entrenamiento de la Guardia Nacional en Riyah, Arabia Saudí, y en 1996 a las torres Khobar en el mismo país. En agosto de 1998 ocurrió el peor ataque de Al-Qaeda antes de los del 11 de septiembre de 2001. La red hizo estallar bombas en las embajadas de Estados Unidos en Nairobi, Kenia, y Dar es Salaam, Tanzania, con saldo total de más de 200 muertos y unos cinco mil heridos. En octubre de 2000 el barco de la Marina de Guerra de Estados Unidos, USS Cole, fue atacado en Yemén con saldo de 17 marinos muertos. Clinton, que había eliminado aproximadamente 10 mil millones de dólares de los presupuestos de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, no hizo nada visible para impedir ese largo sumario de ataques.

Todo lo anterior, más sus primeros pasos en política exterior, obligarán a Barack Obama a trabajar horas extras para eliminar de la mente de los norteamericanos, el miedo a la inseguridad. Por ahí lo atacarán sus adversarios internos. A todos, demócratas, republicanos e independientes, norteamericanos y no norteamericanos, conviene que los pasos de Obama relacionados con la seguridad global, así como aquéllos encaminados a superar la crisis económica, sean exitosos. Que sus enemigos políticos domésticos lo presionen, está bien, así funciona la política en democracia. Así ha funcionado el equilibrio de poderes en Estados Unidos durante más de 200 años. Así ha corregido el propio Obama muchas de sus ideas de campaña. Pero, como ya sabemos, el fanatismo ideológico de uno y otro bando ciega, y muy pronto se convierte en el camino más corto hacia la oscura noche del fracaso.

(Hernández Cuéllar es director y editor de Contacto Magazine, revista que fundó en julio de 1994 en Los Angeles, California. Ha sido además redactor de la agencia EFE en La Habana, Cuba, San José, Costa Rica, y Los Angeles, California, así como editor metropolitano del diario La Opinión de Los Angeles e instructor de periodismo de la Universidad de California en Los Angeles, UCLA --- Biografía).

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