

La lentitud de la recuperación económica,
el alto nivel de desempleo y el temor de gran parte de la sociedad estadounidense
a tener un gobierno grande y con fuerte déficit presupuestario,
fueron factores decisivos para que los republicanos, en muy poco tiempo,
recuperaran el control de la Cámara de Representantes, ganaran
asientos en el Senado y cuerpos legislativos locales, y colocaran
gobernadores en varios estados de la nación. En estas elecciones
de plazo medio, el pasado 2 de noviembre, las estrellas latinas de la
política fueron también republicanas, entre ellos la gobernadora
electa de Nuevo México, Susana Martínez, de origen mexicano,
y el ahora senador de Florida, Marco Rubio, hijo de exiliados cubanos.

En California, considerado un estado liberal, los demócratas sobrevivieron a la debacle al ser elegido gobernador Jerry Brown, y al ser reelegida la senadora Barbara Boxer, ambos demócratas. En una apretada disputa, el líder de la mayoría demócrata del Senado, Harry Reid, logró mantener su puesto al ser reelegido en su estado natal, Nevada. Organizaciones latinas han enfatizado que las victorias de Brown y Boxer en California, de Reid en Nevada y el hecho de que los demócratas lograsen conservar el predominio en el Senado federal, se debieron al voto de los hispanos.
Pero la pregunta que muchos se hacen es ésta: ¿cómo gobernará Barack Obama después de la derrota del 2 de noviembre? La respuesta no es sencilla. Hay que entender ciertas cosas antes de entrar en materia. Los republicanos controlaron las dos cámaras durante 12 años. Perdieron ese control en 2006, dos años antes de que Obama fuese elegido presidente, y dos años antes de que estallara la crisis financiera. Sin embargo, en sólo cuatro años, los demócratas vieron cómo se escapaba de sus manos el predominio en la cámara baja, luego del nacimiento del primer grupo conservador de carácter público y masivo que haya tenido el país en muchos años: el Tea Party. Esto ocurrió menos de dos años después de que Obama llegase a la Casa Blanca y, a las claras, significa un descontento del electorado, que ya se había reflejado en numerosas encuestas. Durante casi todo el año 2010, la popularidad del presidente se desplomó de un promedio de 68 por ciento cuando asumió el cargo en enero de 2009, a poco más del 40 por ciento. Todos los sondeos de opinión hechos por encuestadoras de gran prestigio, Gallup, Rasmussen, Ipsos, estaban enviando el mensaje irrebatible de que la sociedad estadounidense no veía con buenos ojos medidas demasiado socializantes que emanaban de la Casa Blanca o de círculos legislativos allegados al mandatario. Ni la reforma de salud, ni otros ambiciosos proyectos presidenciales gozaban de las simpatías de gran parte del público. Todo ello es consecuente con la demografía política tradicional de Estados Unidos: 40 por ciento de conservadores, 40 por ciento de independientes y 20 por ciento de liberales. Obama, varios miembros de su gabinete y la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, pertenecen al último grupo.
Para cortar camino en este razonamiento acerca de cómo gobernará Obama tras la derrota del 2 de noviembre, se podría concluir que el norteamericano promedio siente que Estados Unidos debe conservar su estilo de vida y sus fórmulas conservadoras de gobierno, sin cambios experimentales, mucho menos si esos cambios van en sentido contrario al curso histórico del país. Después de todo, fueron esas fórmulas tradicionales las que convirtieron a Estados Unidos en la nación más próspera y poderosa del planeta. Si Obama desea reelegirse en noviembre de 2012, no puede ignorar ese sentimiento nacional. Precisamente, el Tea Party nació por miedo a que Estados Unidos perdiera su ruta. Al conocer el resultado de las elecciones de plazo medio, el propio presidente admitió lo siguiente: "tengo que hacer mejor mi trabajo".
En sus primeros dos años de gobierno, Obama precipitó su agenda de campaña, en lugar de tomar en cuenta que el país ha estado viviendo la peor crisis económica desde la Gran Depresión. En ese sentido, debió concentrarse ciento por ciento en una reactivación económica real y sostenible. No lo hizo. En Estados Unidos hay por lo menos tres cosas con las cuales no se puede jugar: el IRS (oficina de recaudación de impuestos), el sistema judicial y el sentimiento de bienestar de los norteamericanos. Obama descuidó el último. En 1992 ocurrió algo que representó una gran lección en este sentido. George Bush padre se postuló a reelección con una cercana y abrumadora victoria militar durante la primera guerra del golfo Pérsico. Tenía también una carrera de servicio público espectacular, desde que debió saltar en paracaídas al ser alcanzado su avión por un proyectil del enemigo, en 1942, durante la Segunda Guerra Mundial. Pero en 1992 el electorado norteamericano sentía que su bienestar estaba en peligro en medio de otra recesión, y decidió elegir a un abogado casi desconocido, gobernador de Arkansas, el peor pagado del país, llamado Bill Clinton. Así terminó la carrera política de Bush padre, por haber descuidado el sentimiento de bienestar de los estadounidenses. Medallas y monumentos para el viejo Bush, pero la Casa Blanca para Bill Clinton.
De manera que no es difícil entender que Obama tendrá que
gobernar durante los próximos 24 meses, es decir, hasta las elecciones
presidenciales de 2012, totalmente concentrado en la recuperación
económica de Estados Unidos, y con un manejo muy cuidadoso de
su agenda. Cualquier señal de inclinación exagerada hacia
la izquierda, podría dar el tiro de gracia a la gestión
presidencial del hombre que en 2008 se convirtió en el primer
afroamericano en llegar a la Casa Blanca.
(Hernández Cuéllar es director y editor de Contacto Magazine,
revista que fundó en julio de 1994 en Los Angeles, California. Ha
sido además redactor de la agencia EFE en La Habana, Cuba, San José,
Costa Rica, y Los Angeles, California, así como editor metropolitano
del diario La Opinión de Los Angeles e instructor de periodismo
de la Universidad de California en Los Angeles, UCLA --- Biografía).
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