Las Mil y Una Muertes de Fidel Castro


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Imágenes de actos de repudio y arrestos en Cuba.

Las Mil y Una Muertes de Fidel Castro

JESUS HERNANDEZ CUELLAR

Está embalsamado y no quieren anunciar que murió. Sufrió un derrame cerebral fulminante. El cáncer acabó con su vida. Su hijo mayor Fidel Castro Díaz-Balart pidió a su madre que viajara a La Habana para que lo acompañara en el dolor. Las tropas especiales están en las calles como preludio del anuncio oficial. Así ha muerto el dictador cubano, decenas de veces, desde tiempos inmemoriales. No se sabe exactamente si son rumores nacidos del deseo de muchos de que el anciano caudillo desaparezca, o campañas muy bien orquestadas por los servicios de inteligencia cubanos. O ambas cosas. Después de todo, la muerte ha sido un estandarte valioso de la mitología castrista. Los gritos de "libertad o muerte" al principio; "patria o muerte" durante décadas, y "socialismo o muerte" tras el derrumbe del comunismo mundial han estado en su garganta como herramientas de guerra.

Sus verdaderas muertes caminaron a la par de su inmenso poder. No nacieron de los rumores enemigos ni de las campañas de sus espías. Para mucha gente que lo amó hasta el delirio, Fidel Castro murió en cada una de las decisiones radicales que tomó en su larga vida. Su primera gran muerte fue su engañosa entrada en la esfera soviética en medio de la Guerra Fría, con la infiltración de elementos comunistas en el gobierno revolucionario, desde el primer año de su llegada al poder. Lo negó una y otra vez, pero estaba mintiendo. Fue así que murió el caudillo para muchos de sus más fieles seguidores que habían arriesgado sus vidas para devolverle a Cuba la democracia que el general Fulgencio Batista había desmantelado con el golpe de estado del 10 de marzo de 1952. Después de haber dicho en numerosas ocasiones que la revolución cubana no era comunista, a finales de 1961 declaró con absoluta firmeza: "soy marxista-leninista y lo seré hasta el último día de mi vida". Esta había sido una muerte anunciada, desde que tomó decisiones radicales en 1960 como la de expropiar todos los bienes norteamericanos y las principales industrias cubanas, suspender las libertades fundamentales y adueñarse de los medios de comunicación social.

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Una de sus muertes más estrepitosas se produjo en 1968. Durante más de una década, desde sus días en la guerrilla de la Sierra Maestra, había defendido el principio de no intervención en los asuntos internos de los países y el de la soberanía de los pueblos. Pero el 21 de agosto del 68, tropas del Pacto de Varsovia encabezadas por el ejército soviético invadieron Checoslovaquia, para poner fin a importantes reformas democráticas que los checos deseaban implementar en su país. El todavía joven caudillo, dueño y señor de las cámaras y los micrófonos de Cuba, pronunció un discurso de apoyo incondicional a la invasión, en nombre del socialismo. Su postura condujo a la ruptura de importantes intelectuales europeos, entre ellos Jean Paul Sartre, con el gobierno revolucionario cubano, ante el impulso arrollador de la evidencia. Cuba se había convertido definitivamente en una colonia soviética…, y el dictador murió otra vez.

Durante la década de los 60, los simpatizantes de Castro sufrieron muchas muertes, pequeñas y grandes, del hombre que había desafiado a Estados Unidos para crear un envidiable paraíso socialista, en medio de las ensordecedoras descargas de los pelotones de fusilamiento y las largas condenas a prisión de sus enemigos políticos. Detrás de cada uno de sus pasos estaba el respaldo firme y creciente de la primera potencia comunista del mundo, la Unión Soviética.

Sus Otras "Muertes"

Su otra gran muerte habría ocurrido en 1970 cuando paralizó la economía del país para concentrar todos los recursos en una zafra azucarera que produciría 10 millones de toneladas de azúcar. Según el caudillo, aquella zafra llevaría a Cuba hasta las puertas del desarrollo. Esa cantidad no se logró, y los daños estructurales que sufrió el país fueron demoledores. Todo el que lo aconsejó sabiamente de que aquella meta era imposible y peligrosa, fue separado de su cargo. Cuba se vistió de gris, ante la ausencia de ropa. No era posible conseguir un vaso de agua en las cafeterías de aquel festivo país tropical. La sabiduría del líder comunista cayó en tela de juicio. Y murió una vez más, para otros grupos que lo habían seguido hasta allí.

Una década después, en abril de 1980, una multitud de 10.800 cubanos entró en la Embajada de Perú en La Habana, con el propósito de huir de Cuba. Nunca había pasado algo igual, por lo menos en el Hemisferio Occidental. Este proceso dio lugar al éxodo de Mariel, puerto marítimo por el que 125 mil cubanos viajaron a Estados Unidos. La arremetida oficialista contra los cubanos que se iban, fue digna de una película de horror, de muchas películas de horror. Esos cubanos fueron golpeados y humillados por turbas oficialistas en sus centros de trabajo, en las calles y hasta dentro de sus propias casas, mediante los tristemente célebres "actos de repudio" organizados por el Ministerio del Interior, el Partido Comunista y los Comités de Defensa de la Revolución. Aquellos cubanos fueron calificados de "escoria" y de "antisociales". En un discurso sobre el éxodo, Fidel Castro dijo textualmente: "Los que no tengan un corazón para adaptarse a una revolución, que se vayan… no los queremos, no los necesitamos".

Muchos románticos seguidores del líder revolucionario, no lo podían creer. La revolución redentora de los humildes, la política hecha poesía, golpeando y humillando salvajemente a personas cuyo único delito era haber manifestado su deseo de vivir fuera de Cuba. Y para aquellos románticos, allí murió el hombre que les había despertado la esperanza de ir en busca de un mundo mejor.

"Muerte" Estratégica

Pero su muerte absoluta y categórica, digamos que estratégica, ocurrió en el período que va de 1989, con la caída del Muro de Berlín, a 1991 con la desintegración de su metrópoli, la Unión Soviética. Con cada piedra del muro que cayó, y con cada país del bloque soviético que abandonó el marxismo-leninismo para ingresar al mundo de la democracia y la economía de mercado, el cadáver vivo del dictador murió un poco más. Después de 30 años de prometer a Cuba y al mundo que el futuro pertenecía "por entero al socialismo", los verdaderos abanderados de esa ideología llegaron a la conclusión de que su modelo había sido un fracaso delirante, escalofriante y aterrador. Y un grupo de intelectuales franceses de izquierdas se dio a la tarea de escribir y publicar El libro negro del comunismo, en el que los autores atribuyeron 100 millones de muertes a la ideología que el dictador cubano había abrazado con enérgico fervor.

Muchos de sus más cercanos colaboradores huyeron de Cuba, otros que no parecían lo suficientemente leales, fueron desplazados de sus cargos. Fue entonces, por primera vez en más de tres décadas de poder absoluto, que Castro inventó su propia resurrección. Cambió el uniforme verde olivo de campaña por el traje y la corbata, legalizó el dólar, abrió pequeños espacios para la iniciativa por cuenta propia, y colocó rostros jóvenes en su gobierno. Así encantó de nuevo a sus pocos simpatizantes de los años 90 con la esperanza de que tal vez Cuba entraría a una posible democracia y a un cierto capitalismo. Todo esto ocurrió así, sin demasiados progresos, hasta que un atolondrado teniente coronel llamado Hugo Chávez, que había protagonizado un fallido golpe de estado en 1992, fue elegido presidente de Venezuela en 1998. Muy poco después, tras sellar una fuerte alianza con el inexperto mandatario suramericano, líder de un país riquísimo gracias a su infinito petróleo, Castro regresó al uniforme de campaña, a las consignas tremendistas, a las marchas multitudinarias, y a la fuerte represión de sus críticos.

Sin dudas, este hombre ha llegado a la conclusión que no necesita morir otra vez. El horizonte está lo suficientemente claro para él. A estas alturas, nada le hace pensar que correría la misma suerte de sus amigos Erich Honnecker, el dictador comunista alemán que murió de cáncer, casi en un avión, huyendo de la justicia, y Nicolás Ceausescu, el dictador comunista rumano que fue arrestado y fusilado por su propio ejército poco después de la caída del Muro de Berlín, cuando se disponía a cruzar la frontera en una fuga fallida. Nada indica que tendrá el fin de otros amigos suyos con idénticos discursos, como el dictador panameño Manuel Antonio Noriega, arrestado por infantes de Marina estadounidenses en las puertas de la Embajada de la Santa Sede; Saddam Hussein, atrapado por tropas norteamericanas cuando se encontraba oculto en un hoyo y ejecutado en la horca poco después; o Moammar Gadafi, arrastrado y asesinado por civiles en su natal Libia, cuando intentaba escapar de la "primavera árabe".

Fidel Castro es un hombre profundamente anciano, biológica e ideológicamente. Como Stalin, como Hitler, como Mao Zedong, ya está muerto aun cuando todavía escriba en Granma y se haga tomar fotos con visitantes pintorescos. Su sepelio real es cuestión de tiempo. Lo peor de su inquietante paso por la política cubana es que con sus muchas muertes, precipitó a Cuba, a todo un país, hacia su propia muerte. Cuando los sepultureros cierren la lápida de la última morada de este hombre, la pequeña nación del Caribe, el primer territorio que pisó Cristóbal Colón, el último que se independizó de España, el único que cayó en las garras del comunismo en el mundo occidental, estará obligada a emprender su propio renacimiento. Es un asunto de vida o muerte. En ese momento, tras una larga pesadilla, Cuba tendrá que vivir una gigantesca resurrección.

(Hernández Cuéllar, autor de la columna Cafe Impresso, es director y editor de Contacto Magazine, revista que fundó en julio de 1994 en Los Angeles, California. Es también autor del libro ¡Última hora! - Manual para el consumidor de noticias de la era digital. Desde 1981 ha trabajado en todo tipo de medios: agencias de prensa, diarios, radio, televisión, semanarios, internet, revistas y redes sociales. Fue redactor de la agencia EFE en Cuba, Costa Rica y Estados Unidos, así como editor metropolitano del diario La Opinión de Los Angeles, California, e instructor de periodismo de la Universidad de California en Los Angeles, UCLA).

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