

Me despertaron unos disparos casi frente a mi casa, procedentes del antiguo Castillo del Príncipe, una prisión de los días coloniales enclavada en la zona más moderna de Cuba, el barrio habanero de El Vedado. En la calle había toda una caravana de autos y agentes del Servicio de Inteligencia Militar. A unas tres cuadras, en el Parque Mariana Grajales, empezaban a acampar miembros del Movimiento 26 de Julio. El general Fulgencio Batista había huído. Era el 1 de enero de 1959.
Son recuerdos vagos, mitad colocados cuidadosamente en la memoria, mitad imágenes de hechos que conocí después, tal vez mucho después. En aquel momento, estaba yo a punto de cumplir siete años de edad. Ahora tengo 58.
El punto es que aquel día ocurrió algo que marcó para siempre la historia de Cuba y cayó con un peso desproporcionado sobre la vida de la gente: el triunfo de lo que entonces se conoció como la Revolución Cubana. Su líder era un joven abogado de apenas 32 años de edad, de verbo febril y figura esbelta, que vestía un uniforme verde olivo y llevaba sobre sus hombros los grados de comandante. Se llamaba Fidel Castro. Una marea humana celebraba el acontecimiento. En la mente de muchos cubanos, Cuba recuperaría su respetada Constitución de 1940, que garantizaba libertades y derechos que Batista había suspendido al protagonizar un innecesario golpe de estado el 10 de marzo de 1952. Si bien fue un golpe incruento, Cuba no había vivido una dictadura desde la huída de otro general, Gerardo Machado, en agosto de 1933. El sentimiento popular era que con la revolución el país regresaría a la democracia, los obreros, ya muy bien pagados, ganarían otros muchos derechos, y los campesinos podrían tener una vida más digna.
Hoy, viernes 13 de agosto de 2010, Fidel Castro cumple
84 años de
edad. Al margen de los protocolos de autoridad vigentes en Cuba, aquel joven
abogado es todavía el hombre fuerte de la política cubana a
través de su ultrapoderoso cargo de primer secretario del Partido
Comunista de Cuba, verdadero órgano de poder en la isla. Ha pasado
más de medio siglo desde aquel día en que huyó Fulgencio
Batista. Luego de enormes sacrificios, carencia de las cosas más
básicas, libertades suspendidas, gran debate sobre el embargo de Estados
Unidos, prisiones
abarrotadas y un número no precisado de ejecuciones en paredones
de fusilamiento, que algunos conocedores sitúan en aproximadamente
10 mil, Cuba es otro país. Sus profesionales apenas reciben un salario
mensual de 22 dólares. Sus obreros ganan un máximo de 17 dólares
al mes. Es decir, menos de un dólar al día, que según
Naciones Unidas es el indicador de la pobreza extrema. Todos parecen saber
que en la Cuba revolucionaria la educación y la salud pública
son logros del régimen, por ser servicios gratuitos. Pocos parecen
saber que antes de 1959 también eran servicios gratuitos en un número
notable de escuelas públicas y en todos los grandes hospitales cubanos.
Que la matrícula y los cursos de educación superior eran exageradamente
baratos. Que en 1958 Cuba
era el país de América Latina con
el mayor presupuesto dedicado a la educación, 23 por ciento. Que también
ese año, Cuba tenía un promedio de un médico por cada
980 habitantes, superada en América Latina sólo por Argentina
con uno por cada 760 y Uruguay con uno por cada 860. Que en esa época,
había en la isla 35 mil camas de hospitales, un promedio de una cama
por cada 190 habitantes, cifra que excedía la meta de los países
desarrollados de esa época de 200 personas por cama de hospital.
En estos días, durante su inesperada resurrección pública, el líder comunista
cubano echó mano de su estilo apocalíptico para vaticinar un
ataque nuclear de Estados Unidos e Israel contra Irán. Lo hizo sin sonrojarse
siquiera por haber sido el protagonista del único momento en que el mundo ha
estado al borde de un holocausto atómico, al permitir en octubre de 1962 la
instalación de misiles soviéticos de destrucción masiva en territorio cubano,
y haberle pedido a Moscú asestar el primer golpe contra suelo estadounidense.
El sentido común señala que aquel lejano 1 de enero de 1959, la nación cubana sacó a flor de piel su descomunal ingenuidad política. ¿Por qué confiar en alguien sin experiencia alguna en materia de servicio público, de economía? ¿Sin la edad exigida por la Constitución para gobernar, sin entender que hay una gran diferencia entre los hechos y los discursos? ¿Sin explorar mínimamente cuáles eran las intenciones de aquel joven abogado? En América Latina, grandes masas volcaron su apoyo al régimen cubano, inclusive mucho después de que se supiera que la llamada revolución cubana excedía todos los requisitos para ser considerada una dictadura comunista al servicio del imperio soviético durante 30 años, en medio de la Guerra Fría. Gran parte de América Latina también ha mostrado, durante todo este proceso, su descomunal ingenuidad política, su confuso sentido de los derechos humanos y su incapacidad para entender el desarrollo en su justo sentido. Tal vez por ello, los asiáticos, más atrasados que los latinoameicanos hace medio siglo, llevan ahora años luz de ventaja en materia de progreso.
Efectivamente, América Latina ha sido tan azotada por dictaduras de derecha, militares y civiles, inclusive apoyadas por Estados Unidos, que una dictadura de izquierda, para muchos, podría no ser una dictadura. Y un imperio como el soviético, al que se atribuyen -también a sus satélites y seguidores- nada menos que 100 millones de muertos en 74 años de poder, podría no ser un imperio. El sentido común, sin embargo, ayuda a entender que la definición de dictadura no tiene nada que ver con ideologías, sino con violaciones de derechos humanos, con poder absoluto en manos de un solo hombre o un solo partido, irrespeto epidémico y pandémico hacia las libertades públicas, despotismo y ausencia total de transparencia para controlar el abuso de poder, sin oposición legalizada y sin medios de comunicación.
Pero he ahí que el sentido común, es considerado el menos común de los sentidos. Y en medio de toda esta fábula de pinochos y caperucitas rojas, el comandante celebra su cumpleaños número 84, con 51 años, ocho meses y 13 días en el poder.
(Hernández Cuéllar es director y editor de Contacto Magazine,
revista que fundó en julio de 1994 en Los Angeles, California. Ha
sido además redactor de la agencia EFE en La Habana, Cuba, San José,
Costa Rica, y Los Angeles, California, así como editor metropolitano
del diario La Opinión de Los Angeles e instructor de periodismo de
la Universidad de California en Los Angeles, UCLA --- Biografía).
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