

Fueron 18 días de intensa búsqueda de la libertad. El faraón se derrumbó estrepitosamente ante la presión del pueblo egipcio, cuyos gritos salidos de la Plaza Tarhir recorrieron cada rincón del planeta. Muhammad Hosni Sayyid Mubarak, el gobernante que más años ha estado en el poder en Egipto en la era moderna, asumió su cargo el 14 de octubre de 1981, luego del asesinato del presidente Anwar El Sadat. Este año habría cumplido 30 años al frente del país eje del mundo árabe. Ausencia de libertades fundamentales, corrupción, pobreza, nepotismo y abuso de poder se atribuyen al veterano dictador. También cobró fuerza un sólido reproche a Estados Unidos por su largo respaldo a la dictadura. Del otro lado de la moneda, hay igualmente la certeza de que Mubarak representó un equilibrio extraordinario en el seno del eterno conflicto árabe-israelí, y dentro de la ruidosa Liga Arabe.
La revolución popular que lo derrocó casi pacíficamente -hubo aproximadamente 300 muertos-, se desató 10 días después de que otra similar obligara a renunciar a su cargo al presidente Zine El Abidine Ben Ali, de Túnez, que había gobernado con mano de hierro la pequeña nación del norte de Africa desde 1987. El derrumbe del faraón y el de su colega tunecino han producido una tormenta de preguntas: ¿cuál será el futuro de Egipto?; ¿vendrá una auténtica democracia o las riendas políticas permanecerán en manos de los residuos del antiguo régimen?; ¿existe la posibilidad de que grupos fundamentalistas islámicos se adueñen del poder?; ¿estamos ante una ola democrática árabe que abarcará a otros países, como ocurrió a partir de 1989 en el mundo comunista tras la caída del Muro de Berlín?
El escenario futuro representa un misterio hasta para los analistas más agudos. Lo cierto es que los tunecinos primero y los egipcios después, quebraron en pedazos el antiguo mito de que los árabes no entienden el significado de la libertad y viven felices a la sombra de dictaduras horribles. Pero la democracia árabe, por el momento, es apenas una esperanza.
Si se toma en cuenta, como debe ser, la Declaración Universal de los Derechos Humanos para determinar qué países están gobernados por dictaduras, saltarían a la luz inmediatamente otras muchas naciones árabes, o no árabes pero islámicas, que viven infiernos de esa naturaleza. Abundan los reyes y dictadores por esas geografías. En el pabellón de las monarquías están Arabia Saudí, Jordania, Kuwait, Emiratos Arabes Unidos y Qatar, la mayoría amigas de Estados Unidos, con altísimos niveles de vida gracias a su petróleo. En el ámbito de las dictaduras, permanecen Siria, Libia e Irán (no árabe, pero islámico), entre otras, que son enemigas de Estados Unidos.
El desplome de Mubarak envía también un mensaje irreverente y peligroso a otras muchas dictaduras que nada tienen que ver con el mundo árabe o islámico, como son las que gobiernan China, Corea del Norte y Cuba, y a gobiernos de dudosos principios democráticos como el del presidente Hugo Chávez, en Venezuela.
Por supuesto, si grupos fundamentalistas se hicieran del poder en Egipto, se habría perdido todo el vigor democrático vivido en la Plaza Tarhir. Y, sin dudas, se habría perdido la esperanza de paz en el Medio Oriente.
(Hernández Cuéllar es director y editor de Contacto Magazine,
revista que fundó en julio de 1994 en Los Angeles, California. Ha
sido además redactor de la agencia EFE en La Habana, Cuba, San José,
Costa Rica, y Los Angeles, California, así como editor metropolitano
del diario La Opinión de Los Angeles e instructor de periodismo
de la Universidad de California en Los Angeles, UCLA --- Biografía).

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