

Para el exilio histórico cubano, el anuncio del congresista Lincoln Díaz-Balart de que abandonará su cargo en enero de 2011, ha sido un golpe duro. Hay muchas preguntas en el ambiente. La primera, ¿por qué se va de Washington? Después, ¿será Díaz-Balart un abogado más de Miami-Dade, un activista que apoyará a la disidencia interna cubana, como dijo que haría, o finalmente el hombre de leyes que llevará a los hermanos Castro y sus colaboradores a los tribunales internacionales por violaciones de derechos humanos?
Lincoln Díaz-Balart ha sido funcionario público durante 24 años, casi 18 de ellos en el Congreso de Estados Unidos. Fue una figura clave en la codificación de las sanciones económicas de Washington contra el gobierno cubano durante el proceso de aprobación de la Ley Helms-Burton, firmada por el presidente Bill Clinton en 1996. Defendió en primera línea los fondos para la continuidad de Radio Martí y TV Martí, y para casi todas las causas que pudiesen hacer daño a la dictadura de los hermanos Castro. Consiguió muchísimo dinero para proyectos locales de Miami. También fue autor de la Ley Nacara que otorga permisos de trabajo a los inmigrantes centroamericanos, y de otra ley migratoria para los haitianos, así como de proyectos de ayuda para estudiantes indocumentados. Han sido años gloriosos para él. Cuando todo parecía indicar que su permanencia en el Congreso estaba en peligro, durante las elecciones de noviembre de 2008, a pesar de la enorme popularidad de los demócratas en aquel momento, derrotó con 58 por ciento de los votos a su favor a su rival Raúl Martínez, ex alcalde de Hialeah. En estos momentos, no tiene adversarios a la vista. Su propio partido está ganando terreno otra vez, tras la caída de la popularidad del presidente Barack Obama y de muchos demócratas. Y, según republicanos y demócratas, la alianza bipartidista en el Congreso en contra de los Castro podría ser hoy día mucho más sólida de lo que parece. ¿Por qué entonces se retira Díaz-Balart?
Actualmente, Estados Unidos está tratando de recuperarse
de una fuerte crisis económica, el índice de desempleo está todavía
muy alto, en 9.7 por ciento, las amenazas terroristas aun se ciernen sobre
el territorio estadounidense, las guerras de Irak y Afganistán ocupan
mucho tiempo, y republicanos y demócratas están enfrascados
en una galopante confrontación ideológica, especialmente desde
que Obama asumió la presidencia. Estas presiones restan tiempo y energías
para la tarea que Díaz-Balart admite que más le preocupa: dedicarse
a respaldar la lucha por la libertad de Cuba. ¿Tiene ambiciones de
jugar un papel importante en el futuro de la isla? Su hermano Mario Díaz-Balart,
que se cambiará de distrito para ocupar la vacante que dejará Lincoln,
ha dicho que no. Que su hermano sólo quiere ayudar a activistas como Oscar
Elías
Biscet y Jorge Luis García Pérez (Antúnez), conocidos
líderes de la disidencia interna cubana. Después de todo, respecto
a los problemas de Estados Unidos, hay 435 legisladores en la Cámara de Representantes,
100 senadores, un poder ejecutivo y un poder judicial que se están ocupando
de los desafíos que tiene ante sí este coloso del norte.
Vale la pena destacar la extraordinaria capacidad del mayor de los Díaz-Balart
para trabajar en un marco bipartidista. Recordemos que fue demócrata
hasta abril de 1985, cuando anunció oficilamente su traslado al Partido Republicano,
junto a su esposa Cristina y su hermano Mario, en medio de la arrolladora revolución
de Ronald Reagan.
Pero retomemos el punto de lo que puede hacer este carismático congresista de 55 años, odiado profundamente por el régimen de La Habana. Hay algo en lo que Lincoln Díaz-Balart sí puede ayudar mucho. Sus años de trabajo en la política nacional de Estados Unidos y su profesión de abogado, podrían ser, para ese algo, sus herramientas más importantes. Ese algo lleva muchos años esperando por alguien dispuesto a afrontarlo. Ese algo no es otra cosa que llevar a los hermanos Fidel y Raúl Castro, especialmente al primero, que técnicamente ya no es jefe de Estado, ante tribunales internacionales por sus 50 años de violaciones a los derechos humanos, la responsabilidad de ambos en guerras como las de Angola y Etiopía, y en eventos terroristas que sacudieron a unos 20 países latinoamericanos durante las décadas de los 60 y 70 perpetrados por miembros del movimiento guerrillero pro-comunista, urbano y rural.
Por el proceso de sentarse en el banquillo de los acusados han pasado numerosos militares suramericanos, figuras de la era comunista en los países del Este de Europa, genocidas de la guerra de los Balcanes y autores de las masacres africanas. ¿Por qué no Fidel y Raúl Castro con su historial de fusilamientos, de decenas de miles de prisioneros políticos, su ostinado propósito de mantener suspendidas todas las libertades fundamentales en Cuba y su confesa participación en el entrenamiento y en el respaldo económico a grupos extremadamente violentos?
Lincoln Díaz-Balart no encontraría tarea
mejor que ésta, como abogado y activista que lucha por el advenimiento
de un Estado de Derecho en la Cuba que está a punto de renacer de
las cenizas.
(Hernández Cuéllar es director y editor de Contacto Magazine,
revista que fundó en julio de 1994 en Los Angeles, California. Ha
sido además redactor de la agencia EFE en La Habana, Cuba, San José,
Costa Rica, y Los Angeles, California, así como editor metropolitano
del diario La Opinión de Los Angeles e instructor de periodismo de
la Universidad de California en Los Angeles, UCLA --- Biografía).
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