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  Cabrera Infante - Réquiem por un Fabulador



Cuando supe de la muerte de Guillermo Cabrera Infante, lo primero que hice, como una especie de ritual laico, fue abrir la primera página de "Tres tristes tigres", una edición de 1967 de Seix Barral que guardo celosamente.

Allí encontré esta advertencia: "El libro está en cubano. Es decir, escrito en los diferentes dialectos del español que se hablan en Cuba y la escritura no es más que un intento de atrapar la voz humana al vuelo, como aquel que dice. Las distintas formas del cubano se funden o creo que se funden en un solo lenguaje literario. Sin embargo, predomina como un acento el habla de los habaneros y en particular la jerga nocturna, que, como en todas las grandes ciudades, tiende a ser un idioma secreto... La reconstrucción no fue fácil y algunas páginas se deben oir mejor que se leen, y no sería mala idea leerlas en voz alta. Finalmente, quiero hacer mío este reparo de Mark Twain:

Hago estas aclaraciones por la simple razón de que sin ellas muchos lectores supondrían que todos los personajes tratan de hablar igual sin conseguirlo".

A partir de ese momento, toda la crítica y los círculos literarios entendieron que este escritor singular, era un gran intérprete de la lengua de una ciudad inigualable, que no sólo se bañaba de las aguas y del sol del trópico, de mulatas y libros, de congas y óleos pintorescos, sino también del estilo excepcional de un fabulador llamado Guillermo Cabrera Infante. Desde ese instante, los grandes mitos, intrigas y sucesos de La Habana nocturna, de La Habana política y de La Habana cultural de toda una época fueron mejor conocidos por su literatura que por la realidad misma.

La bruma interminable de Londres nunca pudo opacar su apego casi enfermizo a Cuba, y cuentan que su casa de la capital británica era un rincón de La Habana en la entrada misma de Europa. Cuando lo entrevisté por primera vez, en 1986, en aquella ocasión para la agencia española EFE, de sólo hablar dos palabras me preguntó: "Ah, ¿pero usted es cubano?" Era un experto en ese concepto del espíritu nacional que los cubanos llaman "cubanía".

Sin embargo, vivió más de la mitad de su vida fuera de Cuba. Cuando lo entrevisté de nuevo en 1997, esta vez por teléfono y por fax, le pregunté si volvería a Cuba en caso de un cambio de régimen. Me respondió: "... no en el primer avión". Muchos se quejarán ahora de que Cabrera Infante es un cubano más que no pudo regresar, debido a las censuras y restricciones de la dictadura castrista. La realidad es que Guillermo nunca se fue de Cuba.

En 1980, cuando decidí abandonar Cuba, un escritor amigo mío, sentados en el bar de El Conejito, en La Habana, me reprochó la decisión aduciendo que los escritores no pueden abandonar su país porque pierden el contacto con sus raíces. Quien esto me decía, dramaturgo de profesión, no había podido escenificar una obra suya desde 1965, y la que tenía en preparación fue censurada y bajada de escena pocas semanas después de nuestra conversación. En aquella época, yo sólo sabía que existía un escritor llamado Guillermo Cabrera Infante, pero no tenía idea de su obra, censurada en Cuba, ni de la importancia de la misma.

En aquel momento, tampoco estábamos al tanto de que el pintor cubano vivo más prominente, Cundo Bermúdez, vivía en Puerto Rico; que el dramaturgo cubano vivo más relevante José Triana, se había instalado en París ocupando el lugar del censurado y entonces recién fallecido Virgilio Piñera, muerto en Cuba; y que el poeta más importante de su generación, Heberto Padilla, había llegado a Madrid, desde donde se trasladaría luego a Estados Unidos.

Por supuesto, mi generación no podía saber que años después la Cuba actual sería mejor conocida en el mundo por la obra de otros escritores que se exiliarían al igual que Cabrera Infante, Bermúdez, Triana y Padilla, como son Zoé Valdés, Eliseo Alberto (Lichi) y Daína Chaviano, entre otros.

Cabrera Infante fue un rotundo desmentido a la falacia de que hay que vivir en Cuba -entiéndase aceptar de buena o mala gana las reglas de la dictadura-, para poder dibujar la crónica nacional. Es también un lamento por los jóvenes escritores que viven dentro de Cuba, atrapados por mitos que les destruyen la capacidad de llegar a la leyenda.


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© CONTACTO Magazine

Publicado el 21 de febrero de 2005






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