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Por MAR MARIN San Salvador, 15 ene (EFE).- La Colina, la zona residencial del barrio de Santa Tecla de la capital salvadoreña devastada por el terremoto del sábado, dejó de ser el ideal de la clase media para convertirse en una trampa mortal para cientos de familias. Centenares de voluntarios de la Cruz Roja, bomberos, equipos de rescate y el Ejército, arropados por los primeros grupos de especialistas extranjeros que han llegado al país, trabajaron esta madrugada a un ritmo frenético, en un intento desesperado por encontrar algún superviviente. La Colina, a las afueras de San Salvador, es un barrio residencial de viviendas unifamiliares para la clase media, situado al abrigo de un cerro tapizado de árboles. El corrimiento de tierras provocado por el seísmo desgajó uno de los cerros, que, a su paso, se convirtió en una avalancha mortal que sepultó más de quinientas viviendas y arrasó todo lo que encontró a su paso. La catástrofe fue mayor porque, en la mañana del sábado, la mayoría de los vecinos se estaba en sus casas. Nadie se atreve a calcular ahora cuántos cuerpos puede haber bajo el amasijo de barro, ladrillos y hierros en que se ha convertido la mitad de La Colina. El Comité de Emergencia Nacional (COEN) confirmó el domingo por la noche que la cifra de muertos en El Salvador asciende ya a 401, mientras que la de heridos ronda el millar. Según vecinos del lugar, en las viviendas de La Colina había al menos 1.200 personas cuando se registró el seísmo de 7,6 grados en la escala Richter. La magnitud de la tragedia que ha provocado el terremoto en El Salvador, que tiene una extensión de 20.749 kilómetros cuadrados y una población de 5,7 millones de habitantes, aumenta a medida que pasan las horas y se van conociendo nuevos datos. Los voluntarios trabajan asesorados, en ocasiones, por amigos o familiares de las víctimas, que han acudido al barrio para tratar de localizar dónde estuvieron las viviendas. "Sus orientaciones son las únicas pistas que tenemos para saber dónde había una casa o cuantas personas componían una familia", asegura un joven soldado que prefiere no dar su nombre. Es el caso de Rafael Rodríguez, que lleva dos días trabajando con los grupos de rescate para tratar de encontrar el cuerpo de su hijo de ocho años. Rafael recogió el domingo el cadáver de su hermano y no tiene ninguna esperanza de encontrar a su hijo con vida. "Muchas veces advertimos de que la tala de árboles iba a provocar una desgracia, porque dejaba las casas desprotegidas frente al cerro, pero no nos hicieron caso. Ahora nos escucharán, pero ahora, para mí, ya es tarde", dice. A pocos metros, un joven asistía en silencio a la localización de otros dos cadáveres, el de una mujer y una niña de no más de seis años que murieron abrazadas. Eran su esposa y su hija. En el otro extremo de la zona devastada, un grupo de expertos holandeses equipados con un sistema para detectar personas a varios metros de profundidad pide que cese el ruido de las máquinas excavadoras que han empezado a remover la tierra. Todo el mundo espera oír un quejido que demuestre que hay todavía alguien con vida bajo las ruinas de una de las casas destrozadas por el aluvión, pero los holandeses confirman que fue una falsa alarma y los equipos vuelven a los picos y las palas para levantar los escombros. Los equipos de voluntarios van almacenando donde pueden los restos que aparecen entre el barro: vestidos, zapatos, cojines, trozos de carrocerías de automóviles... En medio de esta pesadilla, un joven encuentra casi intacto un gran volumen con pastas duras que ofrece la imagen de una familia sonriente debajo de un gran titular en rojo en el que se puede leer "La llave de la felicidad", lo guarda y vuelve a levantar tierra con su pala. © Agencia EFE S.A. Exprese su
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