
Cuba y la Autodeterminación de los Pueblos
Desde los días en que las fuerzas de seguridad de José Stalin ejecutaban
a los desleales con un tiro en la nuca, es decir, mucho antes de que sus herederos,
los muchachos de la KGB de Leonid Breznev, enviaran a campos de concentración
y clínicas psiquiátricas a los disidentes soviéticos, se
hablaba de la autodeterminación de los pueblos, hermoso concepto. La desaparecida
Unión Soviética, donde ocurrían esos horrores, era la abanderada
más visible de ese principio "antimperialista", muy confuso
entonces. La China de Mao Tse-Tung no se quedó atrás en la defensa
de la autodeterminación, mientras echaba a los ríos de Shangai
los cadáveres de homosexuales y emprendía con orgullo la genocida "revolución
cultural".
Fue una gran pena que hombres de la estatura de Jean Paul Sartre, Pablo
Picasso, Albert Camus y Charles Chaplin estuvieran del lado de aquella
maquinaria de muerte, a pesar de la sublime belleza de sus obras de arte
y de sus teorías de
la condición humana. Por fortuna, todos atinaron a retractarse a tiempo.
Hoy como ayer, el mundo sensato comprende que es imposible para los pueblos
autodeterminarse, si se encuentran bajo el yugo de una dictadura, y que
es una desvergüenza
aceptar a cualquier dictador como representante legítimo de un país
que necesita ejercer su autodeterminación.
Los recientes fusilamientos en Cuba de tres secuestradores y las condenas
de hasta 25 años cárcel para 75 opositores pacíficos son un
horror, pero no un horror más despreciable que el hundimiento intencional
del remolcador cubano "13 de Marzo" en julio de 1994, en el que murieron
decenas de menores de edad cuando sus familias intentaban huir del paraíso
socialista cubano; ni más espeluznantes que el derribo de dos avionetas
civiles de la organización humanitaria
"Hermanos al Rescate", con saldo de cuatro muertos, cuando aviones
MiG castristas las pulverizaron sobre el Estrecho de la Florida el 24 de
febrero de 1996; ni más aterradores que los fusilamientos en masa
que se llevaron a cabo en diversas regiones de Cuba durante los primeros
años de la "revolución cubana", eufemismo con el
que todavía se califica a la dictadura comunista de Fidel Castro.
En honor a la verdad, tampoco esos actos son más repugnantes que el de
ver a un pueblo durante 44 años sin libertades de expresión y asociación,
con sus hijos yendo a la cárcel por pensar diferente, y sin el derecho
a elegir a sus gobernantes, en medio de un grotesco espectáculo de disfraces "progresistas".
Pero si algo positivo han tenido estos últimos horrores castristas es
la postura elogiable de figuras mundiales que han condenado estos hechos. Entre
ellos están los premios Nobel de Literatura, el alemán Günter
Grass y el portugués José Saramago, este último una gran
revelación por haber manifestado su crítica honesta ahora, luego
de haber permanecido con los ojos vendados hasta que sonó
el último tiro de gracia en La Habana.
Es de un aliento extraordinario para los cubanos que pretenden primero
tener derecho a los derechos, que estas figuras y otras que desde hace
muchos años
han estado criticando a la dictadura, hayan obligado a Castro a colocarse en
una posición defensiva más que ridícula.
El español Fernando Savater, el hispanoperuano Mario Vargas Llosa, los
mexicanos Enrique Krauze, Carlos Monsiváis y Jorge Castañeda, entre
otros, el chileno Jorge Edwards y el italiano Antonio Tabucchi, son sólo
parte de un grupo de 62 intelectuales que han firmado una carta de condena ahora,
pero que desde mucho antes han criticado la precaria situación de los
derechos humanos en Cuba.
Es también muy alentador que el escritor uruguayo Eduardo Galeano haya
llegado al límite de sus simpatías hacia Castro, y aún en
su atolondrado y atrincherado discurso postmarxista, se mostrase crítico
de lo ocurrido en La Habana en estos últimos días.
La lección de estos eventos no puede ser otra que entender de una vez
por todas que, si bien Estados Unidos no tiene derecho a desatar guerras de liberación,
la paz no está sólo en atarle las manos a Washington, sino, sobre
todo, en lograr la desaparición de las dictaduras que oprimen a pueblos
enteros, especialmente aquellas peores que hablan en nombre del pueblo, e hipócritamente
se escudan en la autodeterminación.
Más allá de este punto, la historia demuestra que dondequiera que
hubo una guerra, hubo un dictador colocando su mano conspirativa. Nunca han existido
guerras entre democracias, entiéndase bien, nunca, pero como de los 180
miembros de Naciones Unidas apenas 40 son gobiernos legítimamente elegidos,
por culpa de los dictadores estamos muy lejos de la paz.
De modo que aquéllos que aman la paz muy por encima de los horrores de
la guerra, debían entender claramente este principio histórico
irrefutable.
