

Los Novenarios, Reciente
Novela
del Mexicano Carlos Ruvalcaba
Regresar a las costumbres admiradas, o tal vez despreciadas, del pueblo natal,
encontrarse con los personajes que marcaron la infancia y la magia de los primeros
tiempos, es una herramienta maravillosa para los escritores. Eso hizo el escritor
mexicano Carlos Ruvalcaba con su libro Los novenarios. Regresó a
la infancia y a su pueblo natal, Zamora, en el estado de Michoacán, en
104 páginas editadas por la colección Vagones, de la Secretaría
de Cultura de ese estado mexicano.
Los novenarios acaba ser publicado, pero en realidad fue
escrito por primera vez en 1980, en Madrid, España. Desde
entonces, Ruvalcaba lo ha escrito y vuelto a escribir. Es su tercer
libro, después de la novela Vida crónica y
el texto infantil La mariposa bailarina.
"Es el relato de los recuerdos del escritor, narrados en tiempo pasado y
con estilo infantil, como el autor veía las cosas a los nueve o 10 años
de edad, sobre las ceremonias fúnebres de la muerte de su abuela. El enfrentamiento
por primera vez con la muerte "un sueño del que ya no se despierta",
según pudo comprender cuando intentó despertar a su abuela muerta,
por lo que se ganó un fuerte tirón de orejas", cuenta el narrador.
"Un ambiente en el que los niños no cabían ni en el mundo
de los vivos ni en el de los muertos, porque los adultos no les permitían
que preguntaran ni compartieran el llanto y el dolor por la pérdida de
la abuela, pero tampoco los dejaban que jugaran porque era tiempo de duelo y
luto, algo que los niños no entendían", explica el autor,
quien actualmente es redactor de noticias de la cadena Telemundo en
Los Angeles y columnista del diario Hoy.
Por la salida del libro, Ruvalcaba concedió esta entrevista a Contacto
Magazine.
JHC.- ¿Qué te motivó a escribir esta novela?
CR.- Los novenarios es un viejo escrito que me sirvió
de calentamiento para escribir mi primera novela larga, pero la suerte
y los editores quisieron que se publicara primero Vida crónica.
Quince años después le llegó el turno a Los
novenarios tras recorrer editoriales de muchos países,
incluído México. Este relato largo o novela corta -como
se prefiera- al igual que Vida crónica, es el resultado
de una búsqueda de estilo propio, una reflexión en
base a las ausencias acariciadas por la melancolía de la distancia.
Por aquella época yo vivía en España. Sirvió
para que me diera cuenta del alcance que tenía aquel muchacho
de 25 años golpeando las teclas de la máquina de escribir
todavía mecánica. Cuando el ritmo sonaba armonioso
significaba que el escrito iba por buen camino. A veces sentía
que Los novenarios no sólo tenía buen ritmo,
sino que su música hacía danzar a las musas literarias
que sólo pueden verse durante el proceso de la creación.
En resumen, escribir Los novenarios fue para mí un
aprendizaje mágico.
JHC.- ¿Qué siente un escritor cuando describe a su pueblo natal?
CR.- Los sentimientos son encontrados. Uno se topa a veces con la posibilidad
de cambiar lo que a uno no le gustó de su gente, de sus costumbres, de
su educación, fantasmas, ilusiones frustradas. El escritor puede recrear
su pasado o construir su futuro en un mundo peor o mejor al que fue su realidad.
Escribir sobre lo que uno ya sabe es cómodo y es un buen ejercicio para
desarrollar y recrear el arte de escribir. Pero en algunos momentos la falta
de experiencia en el manejo del lenguaje hace que los corceles del lenguaje se
desboquen y te lleven hasta un camino sin salida o peor aún, a un precipicio
sin que puedas detenerlos. Es ahí donde el escritor tiene que decidir
la manera de salvar el relato antes de echarlo a la basura. Pero el descarrilamiento
no es del todo malo, simplemente hay que encarrilarlo de nuevo y corregir los
daños. Ahí es donde realmente el escritor aprende o de plano se
retira.
Escribir sobre mi pueblo me ayudó a recrear el cariño y el amor
que sentía por algunos de los personajes que me calaron profundamente
en la vida real y también a fortalecer los sentimientos de rechazo contra
las actitudes y la forma de ver la vida de otros.
Con Los novenarios aprendí a utilizar modelos de la vida real,
al igual que hacen los pintores. Ponía imaginariamente a mis moldelos
a posar en mi estudio y los pintaba con letras. Después claro, me reservaba
el derecho de cambiar las facciones a sus acciones. Mis personajes pueden parecerse
mucho a personas de la vida real, especialmente sus anécdotas, pero la
mayor parte de mis historias son pura ficción que narro con el pretexto
de pintar con palabras a mis modelos. Los novenarios fue mi primer gran
ejercicio en esta búsqueda de ese estilo.
JHC.- ¿En qué estilo enmarcarías a Los novenarios,
tradicional costumbrista, cerca del realismo mágico, narrativa modernista
o dentro de la novela telúrica de Rómulo Gallegos? Porque es la
historia de un pueblo, de la gente de un pueblo.
CR.- No me corresponde a mí enmarcarlo pero si me presionas en todo caso
no la enmarco. Cuando escribí Los novenarios los escritores que
admiraba me influyeron por los trucos literarios que utilizaban en su lenguaje
y por la manera de tejer los argumentos y anudar los cabos con las agujas del
lenguaje, pero no por su estilo de narrar en un contexto de moda o de movimiento
literario. Al no pertenecer a nada ni tener la pretensión de imitar a
alguien, el riesgo de que los corceles de la creación se desbocaran era
más grande. Pero esos potros salvajes han sido siempre mi reto como escritor.
Sin ellos no es divertido escribir, siempre hay que estar atento a que no se
salgan del camino y la diversión consiste en dejarlos que vayan tomando
velocidad hasta que vuelan. Es apasionante ver el mundo desde el carro de la
creación paseando como un cometa por el universo más allá del
mundo de los lectores, pero cuidando de no caerte.
Si esos caballos estuvieran presos por las riendas de algún estilo no
podrían volar como vuelan los míos. Me hubiera gustado que mis
corceles fueran vanguardistas, que siempre fueran diferentes, pero no lo son.
Con el tiempo ellos también han aprendido a volar en una sóla dirección.
Los personajes de mis novelas pueden reaccionar inconscientemente ante determinados
estímulos como si salieran de la pluma de Dostoievsky, Böll, Sábato,
Flaubert u otros escritores que marcaron mi aprendizaje. Pero en general dejo
que cada una de mis historias se acomode a su momento, sin buscar que se parezcan
al urbanismo mexicano, el boom latinoamericano, el romanticismo francés
ni a otros estilos que admiro.
JHC.- ¿Qué diferencias hay entre Los novenarios, Vida
crónica y tu libro infantil La mariposa bailarina?
C.R.- Más que diferencias yo le buscaría semejanzas. A Los
novenarios y a Vida crónica les une la libertad y la frescura
del aprendizaje en el oficio de escribir. Aunque tratan temas diferentes, de
alguna forma son continuación una de la otra. Ninguna de las dos historias
tiene fin. Ambas son más o menos autobiográficas. Si bien es cierto
que los escritores parten de sí mismos, hay algunos que tienden más
que otros a distanciarse de lo autobiográfico. Yo dejé
de escribir poesía porque siempre escribía de mí
mismo o de como yo creía ver y entender la vida. Era un espejo
que por más que me esforzaba no terminaba de gustarme porque
siempre llevaba la firma del ego, aún cuando envolviera los
versos en pétalos de rosa. Luego me pasó lo mismo con
la prosa y la novelística. Escribí La mariposa
bailarina en un receso esperando a que llegara la madurez. Dejé que
la imaginación volara de mi estado natal Michoacán
hasta Canadá, acompañando el vuelo del las mariposas
monarca. En el viaje de ida y vuelta de esos seres tan pequeñitos
aprendí
a contar historias para niños y la verdad es que el relato
gustó y sigue gustando. La mariposa bailarina es un best seller
de Santillana. Me gustaría seguir publicando libros
para niños, pero no tengo editor.
JHC.- Ahora, fuera de Los novenarios. ¿Qué
diferencia hay entre la novela que se hace hoy día en español,
sobre todo en América Latina, y la de los autores del "boom",
que fue aparentemente el último gran golpe literario latinoamericano,
hace más de 30 años?
CR.- No puedo juzgar porque no he leído a nuevos escritores latinoamericanos.
Creo que las editoriales tienen mucha culpa de que no haya nuevos escritores
exitosos como los de aquella explosión del "boom". Los editores
ya no se enamoran ni creen en el talento de los escritores. No se arriesgan a
apostar por un autor nuevo con posibilidades de llegar a ser un gran escritor.
Las editoriales hispanas ya no están en manos de escritores, ni siquiera
de amantes de la literatura. Sus directivos han enfocado su olfato en los negocios
y la mercadotecnia. Les gusta traducir a escritores exitosos y fabricar los propios
partiendo de sus concursos con jueces arreglados, en los que se regalan los premios
y las publicaciones entre ellos mismos. Creo que la literatura latinoamericana
y de España no pasa por su mejor momento. Ya no quedan muchos autores
de literatura que escriban por escribir sin importarles que nadie les publique.
Habrá que esperar a que se defina lo que sucederá con el mundo
cibernético. Las facilidades que ahí se brindan para publicar las
obras sin mayores pretenciones ni altos costos, podría dar paso al descubrimiento
de nuevos y valiosísimos talentos.
JHC.- El escritor de hoy también vive en la llamada "era de la información",
rodeado de teléfonos móviles y computadoras, y navegando por Internet. ¿Cómo
influye todo esto en los escritores actuales?
CR.- Si alguien está realmente interesado en escribir, puede que sea una
grandísima herramienta la que se le está
presentando. La aparición de las computadoras y el Internet
te facilitan el conocimiento de manera prodigiosa. Yo creo que para
los escritores jóvenes y los que están por venir, este
bombardeo de información irá poco a poco acentándose
en las especializaciones. Cada quien buscará sus nichos y
se mantendrá alejado del mundanal ruido de la contaminación
informativa. Las nuevas generaciones de escritores saldrán
a navegar sólo por lugares muy especializados cuando necesiten
buscar información y se mantendrán en sus élites
de amantes de la escritura y la literatura. Creo que los libros nunca
desaparecerán, pero cada vez serán más caros.
Los libros se leerán cada vez más en las computadoras
que se irán perfeccionando con amplificaciones en las paredes
o pantallas especiales para que los lectores no se dañen la
vista en las pantallas luminosas.
JHC.- Hace más de una década, cuando publicaste La mariposa
bailarina te pregunté cómo era la vida de un escritor latinoamericano
en Estados Unidos, sus ventajas y sus obstáculos. ¿Te lo pregunto
ahora también?
CR.- No puedo hablar por otros escritores, aunque conozco algunos que están
en una situación parecida a la mía, que en general sigue siendo
igual a como era hace 10 años. Poco ha cambiado. Personalmente sigo alquilando
mi experiencia de escritor al mejor postor. Mi salario me permite vivir dignamente
a pesar de que tengo mis escrúpulos contra la comercialización
informativa. Dicho en otras palabras, no es muy motivante alquilar el oficio
de escritor para estupidizar a los televidentes con noticias absurdas, para que
la gente se procupe de las miserias y calamidades de los demás, para que
duerma sin preocuparse de lo que realmente se debe preocupar. En este país
los escritores con experiencia en diversos géneros tenemos ese recurso
para sobrevivir y así
poder escribir literatura en los tiempos libres. En parte eso es
bueno porque me permite mantener pura la vocación literaria.
Conozco escritores de novelas que trabajan por encargo. No sé qué
es peor, si alquilarse para escribir noticias y publicidad o firmar
un contrato para publicar tu siguiente libro con tema y fecha de
entrega. En todo caso prefiero estar como estoy y escribir porque
quiero hacerlo.
JHC.- ¿Cuán importante es el idioma español en Estados Unidos,
país todavía abrumadoramente anglófono?
CR.- Es muy importante y creo que lo más importante aún está por
venir. Cuando llegué a este país hace 21 años todavía
quedaban muchos hispanos que se negaban a aprender y se avergonzaban de hablar
el idioma castellano. Todavía los hay, pero las nuevas generaciones se
están formando más sanas en cuanto a aceptar y sentirse orgullosas
de su identidad y su origen. Llegará un día en que el castellano
será
la segunda lengua más estudiada en esta nación.
JHC.- ¿Cuáles son tus escritores favoritos? ¿Por qué?
CR.- Mis escritores favoritos no han cambiado, si acaso la lista se ha ido agrandando,
pero no he descontinuado a ninguno de los que me gustaron desde que los conocí,
algunos de ellos en la adolescencia. Fueron mi escuela y el motivo por el que
soy escritor y sigo amándolos. Leí toda la obra de Dostoievsky
porque para mí es el más grande de todos porque me hizo reir y
llorar. Me enseñó
que el humano es capaz de los peor y de lo más hermoso. Que
puede ir con una facilidad asombrosa del amor más sublime
al infierno de la venganza por una traición o a las consecuencias
demenciales por un error cometido en una acción de la que
no se midieron las consecuencias.
El resto de mis escritores favoritos tienen también algo de eso:
Tomas Man, Heinrich Böll, Hemann Hesse (tengo especial debilidad por la
literatura alemana).
¿Latinoamericanos? No te digo que García Márquez, me limito
simplemente a Cien años de soledad. Prefiero mil veces como autor
a Ernesto Sábato, sin tanto colorido y husmeando en la oscuridad del mundo
de los ciegos y en las cloacas de la gran ciudad y lo que esconde la humanidad.
Juan Rulfo y Octavio Paz como mexicanos.
JHC.- ¿Hay algo que se pueda hacer para que el mundo sea, si no perfecto,
por lo menos mejor?
Es una pregunta demasiado difícil de responder. No sé
si tiene respuesta pero si debo contestarla no me queda más
remedio que ser pesimista y decadente. Mi vocación de escritor
se alimentó con la lectura, pero desde niño tuve siempre
la impresión de que la humanidad no es otra cosa que un peligroso
virus del universo. Fui creciendo con la certeza de que todo lo que
toca el humano lo corrompe. El poder y la riqueza pudren porque ambos
conceptos son inventados, realmente no existen. La consciencia de
poseer esas dos mentiras corrompen a quienes llegan a poseerlas.
El poder es una fuerza invisible y descontrolada, mientras que el
dinero es papel malholiente. Reinan en un mundo falso. Por su historia,
el hombre no tiene un futuro con capacidad para madurar y dejar de
ser un peligro para sí mismo y su habitat.
Para erradicar la corrupción que existe en México, por ejemplo,
se necesitaría traspasar los límites de los derechos humanos. La única
manera de acabar con la gangrena de un cuerpo es amputando el miembro podrido.
Ojalá que un día los humanos unamos fuerzas para encontrar una
medicina eficaz, que nos permita ser una raza superior basada en la supervivencia
sin explotación de otros seres humanos y sin caer en excesos como el nazismo
o el comunismo. Hasta ahora hemos dado muestras de ser incapaces de alcanzar
una meta semajante, pero por suerte nos queda el maravilloso mundo de la literatura.
Carlos
Ruvalcaba, las Mariposas, las Arañas y la Vida Crónica
