Cuba: Reformas de ‘Mentiritas’


Timbiriche cubano donde se venden frutas al público.

Puesto de frutas privado en la actual economía cubana.
(Foto: José Antonio Fornaris / CubaNet.org).

Cuba: Reformas de ‘Mentiritas’

ROBERTO ALVAREZ QUIÑONES

La economía de todo país se compone de dos grandes mundos interdependientes que se alimentan recíprocamente: producción y servicios. Este axioma, sin embargo, es rechazado por la dictadura cubana, al punto de que casi todos los oficios autorizados para el trabajo por cuenta propia son de servicios y no para la producción de bienes materiales, que es lo que el país necesita desesperadamente.

Salvo algunos amagos tímidos en la agricultura, toda la “actualización” de Raúl Castro del modelo socialista cubano es en realidad un reciclaje de la pobreza, pues únicamente fomenta el timbiriche (“changarro” en México) de muy precarios servicios que ya pululaban en Europa antes de que Leonardo Da Vinci pintara la Mona Lisa.

Hasta hace poco los servicios se ubicaban sólo en el sector terciario de la economía, integrado por las actividades no creadoras de bienes tangibles: comercio, transporte, comunicaciones, finanzas, hotelería, gastronomía, turismo, cultura, entretenimiento, servicios públicos (salud, educación, seguridad social, etc.). Pero hoy los servicios se agrupan también en otros dos sectores: el cuaternario, o “del conocimiento” (la gestión de la información y los servicios tecnológicos), y el quinario, compuesto por servicios sin fines de lucro, también sustraídos del sector terciario.

En el sector primario se hallan la agricultura, la minería, la ganadería, la caza, la pesca y toda transformación de recursos naturales en productos primarios no elaborados. Y el sector secundario abarca la actividad industrial y artesanal, la construcción, la obtención de energía, o sea, la creación de nuevos productos, de consumo, o maquinarias, etc.

Pero no importan las clasificaciones, la clave aquí es que sin producción de bienes no hay servicio posible. No se puede comerciar, transportar u operar lo que no existe. No hay software si primero no hay hardware.

Servicios ‘a capella’, no

Es cierto que el avance económico y tecnológico conduce a sociedades en las que los servicios predominan porcentualmente sobre la producción de alimentos, materias primas y bienes manufacturados. Así ocurre en el Primer Mundo, pero se trata de naciones que tienen una altísima productividad industrial debido a la automatización de los procesos productivos y la aplicación de sofisticadas tecnologías, lo que permite crear los bienes de capital o de consumo necesarios para el país, o proporcionan el dinero para importarlos. Ese no es el caso de Cuba.

Los servicios no pueden funcionar “a capella”, o sea, si antes no se crean los medios materiales para que funcionen. Al colocar los bueyes detrás de la carreta la propia dictadura invalida de origen a las reformas, limitadas a los servicios y no a la industria, que sigue monopolizada por el asombrosamente improductivo sector estatal. Este genera cada vez menos valores agregados, por lo cual el Producto Interno Bruto del país no crece, las exportaciones tampoco, y el pueblo cubano es cada vez más pobre. Es uno de los más sufridos de Occidente.

La economía cubana no emergerá de su estado calamitoso con afeites cosméticos en el sector terciario, cuaternario o quinario. Los “cambios” raulistas incluso están a años luz de los concebidos por Lenin hace 93 años, cuando lanzó la Nueva Política Económica (NEP) para poner fin a la hambruna que mataba a cientos de miles de rusos. Y se encuentran a notable distancia del modelo aplicado por los Partidos Comunistas de China y Vietnam, que ha sacado de la pobreza a millones de personas.

Síndrome de Estocolmo

El gobierno recientemente anunció, como una gran cosa, que aspira a que los servicios gastronómicos estatales pasen gradualmente a ser gestionados por cuentapropistas, aunque aclaró que sólo como un “complemento” del sector estatal, que mantendrá la propiedad. En la isla hay 11,750 establecimientos gastronómicos estatales. Además hay 1,260 arrendados a cuentapropistas y 215 administrados por cooperativas, que realmente funcionan como estatales. O sea, 9 de cada 10 restaurantes o cafeterías son del Estado.

Que muchos fuera y dentro de Cuba califiquen de “edificante” la noticia de esta privatización de los servicios gastronómicos recuerda el Síndrome de Estocolmo: ¿si alguien es encarcelado injustamente y luego es excarcelado debe agradecer y elogiar a las autoridades por haberlo puesto en libertad?

¿En qué parte del planeta, que no sea Corea del Norte, los restaurantes son propiedad estatal y administrados por empleados públicos? ¿Nos podemos imaginar a funcionarios de Washington administrando los restaurantes de Manhattan, o al gobierno de Francois Hollande a cargo de los pintorescos cafés que bordean el río Sena en París?

No hay por qué felicitar a la dictadura cubana por colocar en manos privadas lo que nunca debió ser estatal. Además, con restaurantes no se reconstruye la economía. Al general Castro hay que exigirle que devuelva al sector privado todas las industrias y los servicios (excluyendo los sociales) de la nación, como lo eran cuando Cuba registraba uno de los más altos niveles de vida en América Latina.

Por otra parte, lo que el país necesita no son reformas, sino que los Castro sean apartados del poder y respondan ante los tribunales por los crímenes cometidos y por haber hundido a Cuba hasta niveles africanos de pobreza, y que se desmantele de una vez el socialismo.

Como eso no se vislumbra en el horizonte, lo menos que debe hacer el régimen es liberar las fuerzas productivas y que cesen las triquiñuelas que encubren el entrenamiento de militares y jerarcas partidistas como futuros “burgueses revolucionarios” del capitalismo de Estado que ya se cocina a fuego lento.

Cuba no saldrá de la pobreza, el atraso económico y tecnológico, ni su población se alimentará mejor con el concurso de masajistas, amoladores de tijeras, maniseros, payasos para fiestas, "paladares", afinadores de piano, peluqueras, taxistas, reparadores de colchones viejos, vendedores de flores, entrenadores de perros, o ejerciendo cualquiera otro de los 178 oficios aprobados por el gobierno (todos muy respetables y útiles), ni tampoco con la venta de casas y automóviles de uso, alquilando habitaciones y apartamentos a turistas extranjeros, o entregando tierras sólo en usufructo y no en propiedad.

Vía libre al sector privado

Los Castro tienen la obligación de autorizar el trabajo libre de todo cubano que lo desee, incluyendo a los profesionales universitarios –que constituyen la inteligentzia de la nación-- y a todos aquellos que tienen ganas y conocimientos y puedan obtener financiamiento, bien de familiares en el exterior, o créditos de la banca nacional. Que se creen negocios y empresas privadas de todo tipo, sobre todo para la producción de bienes, la agropecuaria, y servicios productivos y de asesoramiento técnico y de mercado.

No puede hablarse seriamente de reformas en Cuba mientras el Partido Comunista no derogue los “Lineamientos” que prohíben “la concentración de la propiedad en personas jurídicas o naturales". No hay progreso posible si a los ciudadanos se les prohíbe crear capital. Ello es, en rigor, un crimen de lesa humanidad. Algo insólito.

La reconstrucción de Cuba y su desarrollo sólo será posible con el restablecimiento de la propiedad privada generalizada, la inversión extranjera, nuevas tecnologías, entrega de la tierra en propiedad a quien la quiera trabajar, empleos mejor remunerados, y la elevación constante de la productividad del trabajo, una de las más bajas del mundo.

Y todo ello con el apoyo en experiencia y capital de la diáspora empresarial cubana. Eso fue lo que hicieron Beijing y Hanoi cuando rompieron con el estalinismo, se abrieron al capital extranjero y atrajeron el "know how" y el dinero de chinos y vietnamitas residentes en el extranjero.

Mientras todo eso no ocurra, las reformas en Cuba son de “mentiritas”.

(Alvarez Quiñones es escritor y periodista radicado en el sur de California, especializado en temas políticos y económicos. Ha seguido el curso de la economía mundial durante más de tres décadas).

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