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NOTA EDITORIAL

Reforma Migratoria en 2010

Después de dos largos años de debates y activismo, en favor y en contra, la reforma migratoria que podría producir la legalización de 12 millones de inmigrantes indocumentados que viven en Estados Unidos, se encuentra todavía en el limbo. La última noticia sobre este tema fue la presentación de un anteproyecto de ley de los congresistas demócratas Luis Gutiérrez y Solomón Ortiz, en diciembre.

Es muy posible, sin embargo, que 2010 sea el año en que finalmente se haga la luz al final del túnel. El gobierno del presidente Barack Obama se ha concentrado fundamentalmente en otras regiones de su agenda, en su primer año de gobierno. Las reformas de salud, financiera y de energía han tenido prioridad para la nueva administración demócrata, en medio de la crisis económica más dolorosa que haya vivido Estados Unidos desde los días de la Gran Depresión. Las guerras de Irak y Afganistán también han ocupado mucho tiempo, al igual que la larga batalla contra el terrorismo que se inauguró con el ataque del 11 de septiembre de 2001 a Nueva York y Washington.

Pero recientemente, la secretaria de Trabajo de Estados Unidos, Hilda Solís, dijo que legalizar a los indocumentados podría producir un millón de millones de dólares ($1 trillion, en inglés) en pagos de impuestos. El uso de cifras de este tipo, ayudan a la opinión pública norteamericana a entender mejor la importancia de la reforma migratoria.

En 2006 y sobre todo en 2007, los grupos que se oponen a la legalización actuaron de manera muy dinámica, "a la americana", para impedir la aprobación de la reforma migratoria. Inundaron las oficinas del Congreso con cartas, correos electrónicos y llamadas telefónicas. Sólo ahora, en 2009, los defensores de la reforma parecieron reaccionar de manera similar, pero no cuando estaba en juego el sí o el no para la reforma en las cámaras del Congreso. Fue para solicitar a la cadena CNN el despido del presentador Lou Dobbs, cuyos comentarios contra la inmigración indocumentada ofendieron a la comunidad inmigrante y sobrepasaron los límites del ejercicio periodístico serio. El activismo parece haber funcionado. Al menos, Dobbs renunció a su puesto. Por supuesto, hay que entender que el peso de un televidente es diferente al de un votante. Diferente, ni mejor ni peor.

Si la misma energía y los mismos métodos se utilizan en 2010, es muy posible que finalmente se logre la aprobación de la reforma migratoria. No hay dudas de que los congresistas temen más a un voto en contra, que a una manifestación multitudinaria. En 2006, se realizaron manifestaciones públicas de gran envergadura en favor de la reforma, en las grandes ciudades de Estados Unidos. Los Angeles fue escenario de la mayor de todas. Casi un millón de personas se dio cita en el centro de la ciudad para expresar su apoyo a la legalización de indocumentados. No funcionó. No hubo reforma migratoria entonces. Tampoco fue posible repetir un acto con tanta gente en los meses siguientes. Las manifestaciones son útiles, pero no son votos. La mejor alternativa para los defensores de los indocumentados parece ser la de buscar el mayor número posible de aliados, de cualquier grupo étnico, entre los votantes registrados. A partir de ahí, utilizar los métodos que históricamente han funcionado en materia de influir en los miembros de la Cámara de Representantes y el Senado. Es una guerra por ganar los favores de la opinión pública, como cualquier otra guerra de las que comúnmente se emprenden en Estados Unidos con el fin de ganar terreno en política. Guerras, por supuesto, que nada tienen que ver con operaciones guerrilleras, banderas rojas y efigies del Che Guevara, símbolos ideológicos que ya han causado suficiente daño al movimiento pro-inmigrante.

Por otra parte, cualquier intento de aprobar la reforma en 2010, debe hacerse mucho antes de las elecciones de noviembre próximo, en las que 34 de los 100 asientos del Senado serán sometidos al voto popular. La presión es muy fuerte. La caída de la popularidad de Obama a los límites del 50 por ciento, refleja también un cambio inesperado de la opinión pública estadounidense favorable para los grupos conservadores. La reforma migratoria, si bien cuenta con el apoyo de numerosos sectores conservadores, no es precisamente una medida conservadora. Esto lo deben tomar en cuenta los defensores de los indocumentados, a la hora de manejar los calendarios y las ideas.

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