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EDITORIAL

Raúl Castro y las Damas de Blanco

Mediante el uso de la fuerza, las autoridades cubanas dispersaron el 21 de abril a un grupo de mujeres conocidas como las Damas de Blanco, ganadoras del Premio Andrei Sajarov de Derechos Humanos que otorga anualmente el Parlamento Europeo. Son esposas, madres e hijas de prisioneros políticos cubanos y sólo querían entregar una carta a los altos niveles del gobierno, en la que se solicita la libertad de sus familiares.

En medio de una ola de anuncios de reformas, el gobierno de Raúl Castro optó por reprimir a este grupo de mujeres, enfrentadas como de costumbre, además, a una turba civil que tiene la vergonzosa misión de hostigarlas.

¿Acaso no firmó en febrero pasado el gobierno cubano el Convenio Internacional para los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, y el Convenio Internacional de Derechos Civiles y Políticos de Naciones Unidas? Lo hizo. Pero el mensaje que ha enviado el menor de los Castro, de 76 años, con esta actitud represiva es que los presuntos cambios que está dispuesto a hacer, son muy superficiales y en ningún caso significarían conceder a los cubanos el derecho a ejercer sus libertades fundamentales, derecho que arrebató Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952 con su golpe de estado, y que los hermanos Castro jamás han restituido en casi 50 años de dictadura comunista, disfrazada de revolución. Como siempre en estas cinco décadas, el cumplimiento de los convenios internacionales firmados por Cuba, no ha sido ni es una prioridad para los hermanos Castro.

Muchos se preguntan cómo podría Raúl Castro convencer a la opinión pública internacional de que los cambios que se propone hacer son serios, con esas imágenes que dieron la vuelta al mundo de mujeres arrastradas hasta un autobús por policías y agentes de la seguridad cubana. Y con más de 400 prisioneros políticos en las cárceles, nada menos que en abril de 2008, es decir, en pleno siglo XXI.

Es obvio que el anciano general comprendió que en Cuba el entramado de prohibiciones ha sido excesivo. Los jóvenes que simplemente quieren pasar su luna de miel en un hotel, no van a derrocar al gobierno con esa romántica aspiración. Tener un teléfono celular, no es algo que va a derrocar al gobierno. Tener una computadora, sin acceso o con acceso a Internet, no va derrocar al gobierno. Poder salir del país sin restricciones gubernamentales, no va a derrocar al gobierno. Pero exigir el derecho de los cubanos a decidir su propio destino, con un sistema político diferente, con gobernantes diferentes, y en pleno ejercicio de sus derechos fundamentales, sí puede derrocar al gobierno.

Sumergida en la esclerosis política desde hace mucho, la dictadura cubana está, como en los años 90, comprando tiempo. Todo está en saber cuánto tiempo se necesita para colmar la paciencia del pueblo cubano y de la comunidad internacional. Cincuenta años es mucho tiempo.





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