

JESUS HERNANDEZ CUELLAR
La energía nuclear ha sufrido un duro golpe con el
accidente de la planta de Fukushima en Japón, luego del terremoto
y tsunami que precedieron a la explosión de un reactor en ese lugar.
La verdad desnuda es que se han producido aproximadamente 100 accidentes
nucleares desde 1952 a la fecha en Estados Unidos, la desaparecida Unión
Soviética, Japón,
Alemania, la antigua Checoslovaquia y otros países. El peor de todos
ocurrió en Chernobil, Ucrania, en 1986, durante la era soviética.
Del total, por lo menos 56 accidentes han sucedido en territorio estadounidense.
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(Hernández Cuéllar es director y editor de Contacto Magazine, revista que fundó en julio de 1994 en Burbank, California. Ha sido además redactor de la agencia EFE en La Habana, Cuba, San José, Costa Rica, y Los Angeles, California, así como editor metropolitano del diario La Opinión de Los Angeles e instructor de periodismo de la Universidad de California en Los Angeles, UCLA --- Biografía). |
Admirada por muchos expertos como una alternativa al petróleo, la energía nuclear ha estado en el ojo del huracán desde el momento mismo en que se comenzó a utilizar. Duras han sido las críticas en foros internacionales de naciones que condenan la fabricación de plantas nucleares en países gobernados por dictaduras, por la posibilidad de que las instalaciones de ese tipo se usen para producir armas atómicas. ¿Por qué? No sólo porque gobiernos irresponsables podrían desatar guerras con esas armas, sino porque la fabricación y almacenamiento de estas últimas también son fuentes de accidentes y catástrofes.
En realidad, la tragedia de Chernobil debió ser una advertencia importante, pero desde entonces han ocurrido otros 57 accidente nucleares, de acuerdo con registros de organizaciones internacionales y del propio gobierno federal de Estados Unidos. Sólo en Chernobil, el trágico accidente mató instántaneamente a 56 personas y produjo cuatro mil casos de cáncer mortal. También provocó daños materiales calculados en siete mil millones de dólares y la exposición a altas dosis de radiactividad de entre 400 mil y 500 mil personas, entre ellas niños que aun estaban en los vientres de sus madres. Los seres humanos expuestos a la radiactividad del accidente de Chernobil han estado desarrollando o podrían desarrollar en los próximos años ciertos tipos de cáncer, leucemia y deformación de su ADN.
Pero los defensores de la energía nuclear han sido muy eficientes a la hora de sacar a la luz pública no sólo las grandes ventajas de las plantas de ese tipo, sino también cifras escalofriantes de tragedias ocasionadas por otras fuentes de energía. Por ejemplo, de acuerdo con estadísticas del Instituto Paul Scherrer y de la Agencia Internacional de Energía Atómica, entre 1970 y 1992, hubo 39 muertes en plantas nucleares, mientras que se produjeron 6.400 muertes en las plantas de producción de carbón, 1.200 muertes en plantas de gas natural y cuatro mil en las plantas de energía hidroeléctrica. Los expertos de estas instituciones calculan que las plantas de carbón matan a 24 mil estadounidenses por año debido a enfermedades pulmonares, y provocan ataques al corazón a unos 40 mil trabajadores anualmente, sólo en Estados Unidos. La revista Scientific American, por ejemplo, señala que una planta de carbón emite 100 veces más radiación que una planta nuclear del mismo tamaño, en forma de ceniza dispersada en el aire.
Aun con estas cifras, la humanidad teme mucho más a una catástrofe nuclear de grandes proporciones. Una evaluación realizada por el Comisariado de Energía Atómica (CEA) de Francia, destaca que no existe ninguna innovación técnica actualmente que pueda eliminar los riesgos de errores cometidos por seres humanos en las plantas nucleares. Los dos tipos de errores más serios, citados por el CEA, son en primer lugar los que se cometen durante la operación diaria de una planta, en momentos tales como las sesiones de mantenimiento y de pruebas, y los que podrían cometerse durante la reparación que sigue a pequeños accidentes.
Las partículas radiactivas viajan grandes distancias. Por ejemplo, poco después del accidente de Fukushima se detectó cierto grado de radiactividad en la costa oeste de Estados Unidos, de nivel muy bajo, y en algunos países asiáticos cercanos a Japón. Los gobiernos se han apresurado a calmar la alarma creada por el paso de las partículas. Ciertamente, los humanos tenemos encima cantidades significativas de carbono 14 y potasio 40, que no son de ninguna manera más peligrosas que los rayos del sol. Pero los rayos del sol pueden también causar graves daños.
El miedo a una castástrofe nuclear tiene una referencia histórica importante. La humanidad tiende a asociar las posibles consecuencias de un accidente nuclear con el ataque atómico realizado por Estados Unidos contra las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, al final de la Segunda Guerra Mundial. Después de seis meses de intensos ataques aéreos sobre 67 ciudades japonesas, Estados Unidos, el Reino Unido y la República China exigieron al imperio japonés su rendición. Japón ignoró la solicitud y continuó la llamada Guerra del Pacífico. El lunes 6 de agosto de 1945, por orden del presidente Harry Truman, se lanzó la primera bomba atómica sobre Hiroshima. Tres días después, el 9 de agosto, se lanzó otra sobre Nagasaki. Durante los primeros cuatro meses que siguieron al bomberdeo, los agudos efectos de la radiactividad mataron a cerca de 160 mil personas en Hiroshima y unas 80 mil en Nagasaki. Se calcula que la mitad de las muertes ocurrieron a lo largo del primer día de cada uno de los ataques. Ante el horror de los efectos de los bombardeos, Japón anunció su rendición a las potencias aliadas el 15 de agosto. Alemania, aliada de Japón en la conflagración, se había rendido el 7 de mayo del mismo año. La Segunda Guerra Mundial fue trágica, y en consecuencia tuvo un final catastrófico con un saldo total de aproximadamente 65 millones de muertos en todo el mundo. Se calcula que un tercio de esa cifra fue producto de la Guerra del Pacífico, que comenzó con el ataque japonés a las fuerzas norteamericanas en la bahía de Pearl Harbor, Hawai, en diciembre de 1941. De alguna manera, el final de la guerra y sus consecuencias, han calado profundamente en la opinión pública mundial, que vincula inevitablemente este hecho histórico con la energía nuclear.
No hay ninguna señal, actualmente, de que los gobiernos
y los organismos internacionales se propongan cancelar las operaciones de
las plantas nucleares. La industria de la energía atómica es
una de las más
reguladas del mundo. El peligro de una gran tragedia nuclear está, posiblemente,
en otra guerra con armas atómicas. Nada garantiza que episodios como los
de Hiroshima y Nagasaki, no se repitan. Rumores de que grupos irregulares,
inclusive organizaciones terroristas, podrían tener en sus manos la materia
prima para construir una bomba de destrucción masiva, podrían ser ciertos.
Lo incierto es que pudiesen construir la bomba. Naciones inestables, como
Paquistán, la tienen. Naciones gobernadas por regímenes cuestionables, como
Irán, podrían tenerla.
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