ROBERTO ALVAREZ QUIÑONES
Neo en latín significa nuevo. Si decimos neoliberalismo, por ejemplo, no nos referimos al liberalismo clásico de la “mano invisible” del mercado de que hablaba Adam Smith, sino a un nuevo liberalismo, pese a que nadie hasta ahora haya sabido precisar cuál es exactamente la novedad.
Lo mismo ocurre con el neocastrismo, que consiste en la “actualización” o maquillaje del castrismo fidelista clásico para darle un ropaje nuevo (raulista) y venderlo como algo diferente, sin serlo.
Se trata de una estrategia de la gerontocracia gobernante para ganar tiempo con cantos de sirena y mantenerse en el poder hasta que el factor biológico haga lo suyo y la descontinúe. Para después de los funerales de ambos dictadores el plan es transformar el socialismo de viejo cuño–el Ancien Regime tropical-- en un capitalismo de Estado igualmente represivo y antidemocrático que perdure “todo lo que se pueda”. Para liderar esa segunda etapa ya está muy dispuesta una claque empresarial y política integrada por los familiares, generales, coroneles y amigos más cercanos a los Castro.
¿Por qué creerle a Raúl Castro, coautor junto con Fidel de la tragedia cubana, que va a hacer reformas democráticas?
Esta es una pregunta que en la isla se hace la gente de a pie, pero que no se formula casi nadie en Latinoamérica, ni en ninguna otra parte del mundo, empezando por el gobierno socialista español. Tampoco surgen otras dos interrogantes elementales: ¿Son dictaduras únicamente las de derecha y no las que se ubican en la izquierda del espectro político-ideológico? ¿Es que hay dictadores buenos y dictadores malos?
Son nobles, plausibles y necesarios los llamados que se hacen –sobre todo últimamente-- a la reconciliación entre los cubanos, los de dentro y los de fuera de la isla. Eso es clave. Somos un solo pueblo, una cultura, y todos juntos tendremos la titánica tarea de reconstruir nuestro destrozado país. Pero hay aquí un “pequeño” detalle que lo echa todo a perder: el conflicto que aflige a Cuba no es entre quienes viven en la isla y los que integran la diáspora –que con envíos por más de $1,2 00 millones a sus familiares mantienen a flote la economía nacional-- sino entre el pueblo cubano y la cúpula de poder que sembró y siembra el odio, dividió y divide a la familia cubana, se sustenta en esa división, y encima ha convertido la nación en escombros y una cárcel gigante.
Por tanto, quien no está interesado en una reconciliación cubana, y la va impedir a cualquier precio, es el régimen castrista, porque necesita el odio al “imperio” y a la “mafia de Miami” para sostener su discurso político, dirigido a convencer a los cubanos residentes en la isla de que si hay reformas democráticas esos dos “enemigos” se lanzarán sobre Cuba y se van a perder todas las “conquistas de la Revolución”.
De manera que simplemente no puede haber una auténtica y definitiva reunificación nacional cubana mientras el castrismo --sea el fidelismo o el raulismo—ostente el poder.
Por eso la gerontocracia traza una línea divisoria entre los que llama “emigrados económicos” y los “políticos”, como si quienes emigran de Cuba por llevar una vida miserable no lo hicieran como consecuencia del régimen político ya cincuentenario que destruyó la economía.
Algo muy importante es que el borrón y cuenta nueva (perdón)
con el que todos estamos de acuerdo para reunificarnos de cara al futuro,
de ninguna manera puede incluir a los hermanos Castro, ni a quienes tienen
las manos manchadas de sangre. No sería justo mezclar a víctimas
con victimarios.
Pinochet fue llevado a juicio y condenado a privación de libertad.
Sadam Hussein fue juzgado y ahorcado. Varios de los cabecillas de la dictadura
militar argentina (1976-1983) fueron enviados a la cárcel. Slovoban
Milosevic fue llevado ante el Tribunal Internacional de Justicia de La
Haya y allí murió allí como prisionero. El jefe del
Ejército de la antigua Yugoslavia, Momcilo Perisic, acaba de ser
condenado a 27 años de cárcel --el 6 de septiembre –porque
suministraba armas, ayuda y logística a las tropas serbias que cometieron
crímenes de todo tipo en Bosnia y Croacia entre 1992 y 1995. Muamar
Gadafi es esperado en La Haya para ser juzgado por masacrar a su propio
pueblo. Hosni Mubarak está siendo juzgado en El Cairo, y en cualquier
momento se lanza una orden de captura también contra el dictador
sirio Bashar Al Assad.
¿Por qué entonces los dos dictadores de apellido Castro deben ser perdonados?
El exilio tuvo por muchos años la consigna de “No Castro, no problem”. Sería útil retomarla. Porque es cierto. Salvo aquellos jerarcas y esbirros –militares o civiles-- del régimen manchados de sangre, que deben ser llevados a los tribunales, con los hermanos Castro fuera del juego sí puede haber diálogo. Con ellos y sus colaboradores más cercanos fuera de escena quedaría abierto el camino para conversar incluso con actuales miembros del Buró Político y la cúpula gubernamental para allanar el camino hacia un gobierno de transición, que luego abriría el camino hacia la democracia y la reconstrucción del país.
No obstante, lo que hay por ahora es que como parte de la estrategia neocastrista, el generalato, los coroneles y los integrantes más encumbrados de la nomenklatura, y sus cómplices foráneos que aportan las finanzas, se están convirtiendo --por debajo de la mesa-- en propietarios de hecho de las empresas y los sectores clave del país.
Es igualmente neocastrismo el “timbirichismo” cuentapropista con el que se quiere “construir” en el siglo XXI el mismo tipo de economía de subsistencia que había en el mundo antes de la Revolución Industrial inglesa del siglo XVIII que hizo posible el paso de la sociedad agrícola y artesanal a la industrial.
La modernidad no emergió de la labor de reparadores de colchones viejos, payasos para fiestas, masajistas, afinadores de piano, amoladores de tijeras, entrenadores de perros, forradores de botones, maniseros, cartománticas, vendedores de coquitos acaramelados, minirestaurantes, cuidadores de plazas públicas, costureras, choferes, o floreros —oficios todos muy respetables—, sino de la formación e inversión de capital en gran escala, la aplicación de nuevas tecnologías, el empleo masivo, y la elevación constante de la productividad del trabajo.
Neocastrismo es ordenar a paramilitares y militantes del partido –y que estos obedezcan-- propinar palizas y gritar obscenidades a ancianas en la vía pública. Y lo es también anunciar la supresión de las trabas para que los residentes en la isla viajen al extranjero y los emigrados visiten su país sin pedir permiso, y luego no hacer nada al respecto, ni mencionar siquiera la restitución de los derechos ciudadanos de que fueron despojados los cubanos que partieron a otras latitudes. Por cierto, a quienes residimos en el extranjero nos quemaron hasta los expedientes laborales, de manera que quien trabajó 35 años en la isla, “no trabajó nunca” según el gobierno.
En fin, que el neocastrismo raulista es el mismo perro con diferente collar.
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