
FICCION - CUENTO -
Diciembre asomaba la nariz rojiza por el frío. Los anuncios navideños de radio y televisión habían comenzado prematuramente a perseguir a los consumidores con la anual campaña tendiente a ablandar los corazones y los bolsillos estresados, con campanitas y cantos de niños, pastorcillos y tambores. Steven odiaba esa época en que la gente se vuelve buena, conforme los villancicos se van haciendo más del color de las esferas, de los arbolitos y de los algodones de nieve que del cielo caen anunciando la llegada no de Jesús, sino de las compras y los regalos navideños de Santa Claus.
Steven odiaba desde niño los cantos navideños de las iglesias y las estaciones de radio y televisión, principalmente la repetida tonada de José Feliciano en inglés y español, que con su voz llorona pide que le sigan comprando su disco de "feliz navidad, próspero año y felicidad". Detestaba que sus compañeros de trabajo le regalaran chocolates y bastones de caramelo en la Navidad, para así borrar como por arte de magia todos los desacuerdos, los malos tratos de los jefes, las envidias entre los compañeros, los celos de las trabajadoras por los compañeros guapos, sin que a nadie le importara que ellas o ellos estuvieran casados. Le molestaba sobre todo que cada año fuera a darle un abrazo el que se sentaba frente a él en la oficina, el mismo al que todos los días durante 10 años había visto persignarse en series de cinco a diez veces de un tirón, cada vez que necesitaba suerte, sobre todo para que no lo decubrieran de los acosos sexuales a las subalternas, de sus llegadas tarde porque cuando se le pasaban las copas a la hora del almuerzo.
Estaba cansado de que año con año se repitiera lo mismo
y esta vez decidió esconderse en el baño a la hora de los
abrazos en la víspera de la Navidad. Se refugió en la privacidad
de un retrete cuando escuchó que se abrió la puerta y entró alguien
que se reía como Santa Claus. Abrió ligeramente la puerta
y vio que efectivamente, era San Nicolás discutiendo con el ángel
de la Anunciación.
Papá Noel defendía con pasión su exitosa conquista
de la fecha navideña y el ángel le reclamaba que le devolviera
la conmemoración pública del nacimiento de Jesús.
San Nicolás dijo al ángel que el 25 de diciembre no es el
verdadero aniversario del nacimiento de Jesús. Acusó a la
Iglesia de mentir en la fecha y profundizó aún más
argumentando que Dios había fracasado al enviar a su hijo a que
naciera en un territorio que no se sabía con certeza si era la tierra
prometida de los judíos o de los palestinos. Jesús sabía
que era el Enviado, el Redentor que esperaban los judíos, pero no
lo reconocieron, por el contrario, lo rechazaron, lo persiguieron desde
antes de nacer y al final lo mataron.
Continuó Santa Claus diciendo que Jesús, siendo judío,
creó una religión que los judíos nunca aceptaron como
suya y menos después que se extendió por Occidente cristianizando
a medio mundo. Una religión que sobrevivió persecuciones
y matanzas, haciendo de sus mártires leyendas, que al final dieron
como resultado una religión idólatra que adora a la muerte,
a la promesa de una mejor vida en el más allá, a costa de
vivir abnegadamente una realidad llena de injusticias y penurias.
La cara de Santa Claus estaba roja por la pasión que expresaba al hablar, rozando la herejía poco digna de un Santo. Dijo que la Navidad celebra el nacimiento de un profeta judío, que los judíos no reconocen como tal y por eso lo ejecutaron como a un delincuente.
Después, Santa Claus se vanaglorió de ser más famoso
que Jesús porque él es, según dijo, el verdadero salvador
del mundo moderno, el que activaba la economía del mundo llevando
regalos. Siguió diciendo que Jesús es apenas una leyenda,
mientras que él es una realidad. Presumió el caos que provocaría
si alguna vez decidiera no llevar regalos a la humanidad. Dijo que todo
se volvería triste y desastroso para la economía; que no
habría luces ni árboles navideños, ni centros comerciales
atiborrados de gente, sonriendo frenéticamente con sus bolsas llenas
de regalos. La economía del mundo entraría en un caos universal.
El ángel lloró y movió la cabeza sintiendo compasión
por el viejo rojo de barba blanca y salió del baño dejando
un viento helado que azotó la puerta.
Santa Claus soltó el sonoro rugir de su carcajada que mágicamente
ablandó las tensiones de los corazones de los humanos y fue cuando
todos en la oficina se intercambiaron los regalos envueltos en colores
rojos y verdes, adornados con trineos de Santa Claus. Steven vio cuando
Santa salió triunfador del baño.
Decidió esperar otro rato para que se marcharan sus compañeros
de oficina y evitar los abrazos de quienes durante el año siempre
están peleando. Se lavó las manos y salió escondiéndose
entre los pasillos y no salió hasta que comprobó que ya todos
se habían marchado. Ya no había peligro de que le dieran
un abrazo navideño. Al llegar a su escritorio encontró un
bastón de caramelo con una tarjeta que decía: Feliz Navidad,
próspero año y felicidad. Steven se sintió aliviado
al ver que la firma no era de José Feliciano.
(Ruvalcaba es escritor y periodista mexicano radicado en Los Angeles,
California. Ha publicado tres libros: la novelas Vida crónica, editada
por Alfaguara y Los novenarios, impresa por el Departamento de Educación
del estado mexicano de Michoacán, y un libro infantil, La mariposa bailarina,
de Santillana. Ha trabajado como corresponsal del diario mexicano La Jornada
en España, y ha sido integrante del equipo de editores del diario La Opinión
de Los Angeles y redactor de noticias de la cadena Telemundo, también en
esta ciudad).
Los Novenarios, Novela Reciente del Mexicano Ruvalcaba
