
La matanza de inocentes en Morelia marca un antes y un después en la historia de México, un antes que se parece a los peores momentos posteriores a la revolución de 1910 y un después que se entiende más como un paso hacia atrás que hacia adelante.
Pareciera como si todos esos años que se vivieron en México de aparente paz, hasta el fin del siglo pasado, hubieran sido apenas una ilusión. Los brotes guerrilleros y los levantamientos civiles del tiempo de Lucio Cabañas en Guerrero; los zapatistas en Chiapas y el movimiento estudiantil del 68 en el Distrito Federal, fueron aplastados sin miramientos.
El mismo Estado que los reprimió no tuvo la visión para sopesar la peligrosidad del engendro que propició, al convertirse en aliado y cómplice del crimen organizado.
¿Es que la historia se repite en México? ¿Seguimos
estacionados en 1910? ¿O es tal vez que cada 100 años, por
esta época, los astros se alinean para que en México se pierda
el control, la vergüenza y el respeto por la vida?
Corría el año 1913 en Michoacán. Según la recopilación
histórica del investigador del Colegio de Michoacán, Alvaro
Ochoa Serrano en su libro: “La violencia en Michoacán (Ahí viene
Chávez García)”, el bandido que protagoniza su historia
cobraba impuestos a los ricos, a cambio de no afectarles sus intereses y
sus propiedades. Me recuerda mucho a los impuestos que cobra en estos días
el crimen organizado a ricos y empresarios, así como a los familiares
de los secuestrados.
El libro del doctor Ochoa recoge una queja de los gobiernistas de la turbulenta época de Venustiano Carranza, en la que expresan sus temores sobre el poderío de los bandoleros que asaltaban pueblos y ciudades de Michoacán. La transcripción es literal, incluidos los errores de ortografía:
“…en las circunstancias de miseria actual, a consecuencia de la alza inmoderada de todos los artículos, el hecho de que García Chávez se ha convertido en plagiario y que a los dueños o administradores de Haciendas que en sus correrías toca, les exije los dos o tres mil pesos y con esos fondos halaga a los que se unen y entusiasma a los partidarios de lo ajeno.”
Los temores de estos funcionarios carrancistas estaban bien fundados, porque las juventudes sin esperanza de aquel México, veían en aquel villano atracador de pueblos a un héroe que se enfrentaba valiente a los ricos, al gobierno, a la Iglesia. Nada tenían que perder. Los campos no producían; no había trabajo y donde lo encontraban los explotaban la oligarquía, los señores hacendados y los caciques. ¿Qué perdían con unirse a los bandoleros?
Se parece mucho a lo que está sucediendo ahora. Los sicarios de los narcos son cada vez más jóvenes. Buscan la manera de hacer una carrera rápida sin ir a la universidad; de enriquecerse sin trabajar mucho. Lanzan granadas a la población civil por unas cuantas monedas sin ningún respeto por la vida. ¿Será porque aún no hemos dado vuelta a la página de aquella vieja historia? Debe ser más bien porque nuestra historia está condenada a ser como un perro estúpido, que se pasa la vida dando vueltas para morderse la cola.
Pero se trata de ser objetivo y no especular. Estamos seguros todos de que sí, efectivamente vivimos en el 2008, al servicio de un estado corrupto que nosotros, los que conformamos la población civil, hemos apoyado para que cada día se descomponga más. Hasta el más honesto de los mexicanos ha dado alguna vez “mordida” y eso también es corrupción. Las mordidas cada vez están más pasadas de moda, porque ahora los policías ya no viven tanto de morder a los ciudadanos, sino de asociarse con el crimen organizado, que es mucho más productivo.
La gran diferencia entre los bandidos de principios del siglo pasado y los de ahora, es que los actuales están más organizados que el gobierno. Utilizan ejecutivos de alto rango para vender seguridad y para manejar su imagen, reclutando medios de comunicación, jueces, presidentes municipales, gobernadores y jefes de seguridad.
La página web del periódico El Universal de México publicó el 19 de septiembre un artículo de Alejandro Jiménez, que misteriosamente desapareció pocas horas después, en el que revela datos de los servicios de inteligencia del gobierno federal. Según la fuente, los cárteles del Golfo, del Milenio, del chino Zhenli Ye Gon y de La Familia Michoacana, utilizan ejecutivos para manejarles las relaciones públicas, la prensa y la venta de protección.
Denuncia en Morelia a Dionisio Loya Plancarte, alias “El Tío”,
quien según los aparatos de inteligencia, maneja las relaciones de
La Familia con políticos y periodistas locales. Se encarga también
de infiltrar a su gente para cargos políticos, además de financiar
campañas de funcionarios. El gobierno, el ejército y las policías
lo saben, pero Loya Plancarte sigue realizando sus actividades “empresariales” sin
que nadie lo moleste.
Por otra parte, el gobernador Leonel Godoy no se decide, como tampoco lo
hizo su antecesor y nieto de “Tata Lázaro”, a tomar el
toro por los cuernos y enfrentar al crimen.
Godoy no debe lavarse las manos y pasar la responsabilidad a la PGR, de investigar a los presidentes municipales, jueces, funcionarios públicos y policías michoacanos, que están al servicio de las mafias; no debe pactar con los criminales; es su obligación perseguir a los paramilitares de la “Familia Michoacana”, a quienes trabajan para esa organización criminal y a quienes contratan sus servicios de protección. No podemos caer en la tentación de utilizar a paramilitares para luchar en contra del crimen organizado, porque estaríamos cayendo en los mismos errores de Colombia, que nos meterían en una larga y peligrosísima espiral de violencia.
Los fiscales federales que investigan los atentados del 15 de septiembre en Morelia, siguen una pista que obtuvieron en interrogatorios, según informa El Universal, en un artículo de Francisco Gómez el 21 de septiembre del 2008, sobre presuntos pactos incumplidos entre el gobierno estatal y La Familia.
Presidentes michoacanos
Los michoacanos de la época de Lázaro Cárdenas se sentían orgullosos de que “Tata Lázaro” fuera nativo de su estado. Expropió el petróleo, orgullo de los mexicanos. Ahora, tenemos otro presidente michoacano, pero ¿cómo sentirse orgulloso de él, cuando quiere semi privatizar PEMEX, justo lo contrario de Cárdenas? Felipe Calderón se empeña en regresarnos al pasado. El y su partido, especialmente el sector fundamentalista de El Yunque, que está autorizado incluso a matar en nombre del Dios católico, quieren tomar venganza de la derrota de los cristeros. Le están devolviendo el poder perdido a la Iglesia y a los empresarios estadounidenses; están echando marcha atrás a los logros conseguidos por Juárez y Cárdenas.
Nuestro flamante presidente Calderón, se reunió con el Consejo de Seguridad y con todo el descaro del mundo, convocó a mafiosos del calibre de los gobernadores de Puebla y Oaxaca; a la gangster del sindicato de maestros que lo ayudó a llegar fraudulentamente al poder; a su secretario de Gobernación, acusado de utilizar sus cargos para beneficiar a su familia española y de sacar las millonarias ganancias del país; al secretario general del sindicato de trabajadores de PEMEX, que es al que menos debió invitar, pues si quiere hacer una reforma energética bien intencionada, es al primero que debería de borrar de su lista de personas en las que puede confiar.
¿Quién puede creer en las buenas intenciones de Calderón
de luchar contra la corrupción, el crimen organizado y de hacer una
reforma energética para beneficio de los mexicanos, si su casa la
tiene llena de mafiosos?
Para que nos sintamos orgullosos de que Calderón sea michoacano, el
presidente tiene que empezar a limpiar su casa ya. Policías corruptos
infiltrados por el crimen hay muchos y está bien que los encarcelen,
pero ¿cuándo comenzaremos a ver tras las rejas a gobernadores,
jueces, diputados, senadores y alcaldes?
Nuestro presidente se lanzó irresponsablemente a combatir el crimen organizado, no para vencer a los narcotraficantes, sino para ganar simpatías y tratar de hacer olvidar a los mexicanos, la manera como llegó al poder. Debió antes limpiar su casa. Cuando la administración Calderón dejó de cumplir los acuerdos secretos entre gobierno y narcos, que había dejado su antecesor Vicente Fox y los últimos mandatarios del viejo régimen, se desataron las masacres que estamos padeciendo ahora. Y no pongo en entredicho la legitimidad de Calderón, porque esté de acuerdo con los actos obstruccionistas de López Obrador, quien seguramente, de ser el presidente, ya hubiera pactado con las mafias, como hacía el PRI de donde proviene, sino simple y sencillamente, porque Calderón se equivocó al sacar al ejército a las calles tan apresuradamente, sin una estrategia, sin un trabajo de inteligencia adecuado, necesario e inteligente, sin antes deshacerse de los funcionarios que desde dentro de su gobierno protegen a los mafiosos.
El libro del investigador Ochoa Serrano muestra en la parte final, fotografías de diversos grupos revolucionarios, entre ellas una donde aparece la cabeza degollada del temido bandolero Luis Gutiérrez, alias “El Chivo”. Me recuerda a nuestra época en la que, por todos lados surgen degollados. ¿Es que acaso estamos condenados a cabalgar como fantasmas, en el pantano más miserable de nuestra propia historia?
En 1810 comenzó la guerra de independencia. En 1910 la revolución. ¿Qué terribles
momentos históricos nos quedan por escribir, en los años que
seguirán al 2010?
(Ruvalcaba es escritor y periodista. Actualmente trabaja como redactor
de KVEA Telemundo Los Angeles. Tiene tres libros publicados y fue parte del
equipo de editores del diario La Opinión de Los Angeles, así como corresponsal
del diario mexicano La Jornada en España).
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