
MARIA LUISA ARREDONDO
Las críticas que el presidente Felipe Calderón virtió contra el PRI el pasado domingo en la Universidad de Stanford, donde fue el orador invitado de la generación 2011, han resonado fuerte tanto en México como en Estados Unidos.
Basado en lo que vivió en su niñez y
juventud, cuando el partido tricolor
gobernaba de manera hegemónica el país, Calderón recordó la
serie de calamidades que los mexicanos sufrieron bajo ese régimen
autocrático en el que todos los gobernadores y todos los senadores
eran del mismo partido.
“Durante muchas décadas”, precisó, “ese único partido controlaba todo: lo que se permitía decir a los medios, lo que debían enseñar en las escuelas, qué conciertos de rock se permitían, ¡todo! Cuando los estudiantes como ustedes protestaban, eran masacrados. Muchos oponentes del régimen, simplemente fueron desaparecidos”, dijo el mandatario.
Quienes vivimos en México parte de esa época no podemos desmentir a Calderón. Durante los 71 años que gobernó el PRI, efectivamente, el país se caracterizó por ser la dictadura perfecta, como la llamó el Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa. Nadie se atrevía a criticar al presidente, no había competencia política de otros partidos y, ante la represión y las matanzas que se dieron, entre ellas la del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco y la del 10 de junio de 1971 en el casco de Santo Tomás, no había otra opción que callar o arriesgarse a ser silenciado por el gobierno.
Hasta ahí, lo dicho por el presidente es irrebatible, por más doloroso que sea para los priistas, que preferiían que olvidáramos ese amargo pasado. El problema con el discurso de Calderón es que, a partir de las demoledoras críticas que le hizo al PRI, se abstuvo de hacer un recuento objetivo de lo que han sido los gobiernos panistas.
En su alocución, el mandatario se limitó a destacar que poco a poco la fuerza de la democracia empezó a crecer en México y fue así como se logró dar la alternancia política que ha permitido ya el triunfo dos administraciones del PAN.
El presidente, sin embargo, no mencionó los
graves problemas que enfrenta
México como la violencia generada por el narcotráfico, la creciente
desigualdad social y la migración hacia Estados Unidos que, en gran
medida, se deben a la ineficiencia de su administración.
En este sentido, es entendible que su discurso –de
tintes claramente
partidistas- haya despertado ámpulas entre los priistas que lo acusan
de haber aprovechado el foro de Stanford para golpearlos con miras a las
elecciones del 2012.
Calderón, por supuesto, está en su derecho de recordarle a
la ciudadanía el
negro pasado priísta. En la política y en la guerra todo se
vale y el presidente ha demostrado que luchará con todos los medios
que tiene a su alcance para evitar que el tricolor regrese a Los Pinos. Sin
embargo, debe estar preparado para que estos ataques no se le reviertan.
No debe olvidar que, a la hora de hacer el recuento de los daños,
la ciudadanía no sólo incluirá a los gobiernos priistas
sino también a los panistas. Y, por desgracia, ni Vicente Fox ni él
saldrán bien librados.
(María Luisa Arredondo es directora ejecutiva de LatinoCalifornia.com).
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