

ROBERTO ALVAREZ QUIÑONES
Todo marxista --ya sea en Cuba, en Venezuela
o en el planeta Marte-- se percibe a sí mismo como un revolucionario que lucha por alcanzar
un modelo de sociedad superior y perfecta, sin clases sociales antagónicas,
altamente desarrollada y sin desigualdades entre ricos y pobres.
Es decir, un comunista –porque eso es ¿se puede ser marxista
y no ser comunista?-- es un promotor del paraíso en la Tierra
que menciona el himno de “La Internacional” . No importa
si ya el socialismo marxista fue sepultado en Europa. A Hugo Chávez
lo aplauden sus seguidores cuando estatiza más negocios privados
para edificar el “Socialismo del siglo XXI”, mientras ese
experimento social agoniza en la isla vecina.
Luego de los funerales del comunismo en Europa, muchos marxistas afirman
que el “socialismo real” impuesto en 36 países
durante el siglo XX fue una distorsión execrable de las doctrinas
de Marx, de lo cual culpan a Lenin, Stalin, Mao, Pol-Pot, Ho-Chi Minh,
Kim Il Sung, Tito, Fidel Castro, y hasta al totí del cuento
criollo. Ese no es el socialismo “verdadero”, aseguran.
Exoneran a Marx de toda culpa por el fracaso
comunista, extraen la corporeidad física de su fracasado experimento social y lo convierten
en una entelequia etérea, intangible, más allá de
la prosaica vida terrenal.
Es asombroso la falta de contacto con la realidad que hay en ciertos
sectores de la izquierda latinoamericana, que habla maravillas sobre
un socialismo democrático, plural, productivo y humanista. Ese
socialismo no va a existir nunca si es marxista, como tampoco “el
hombre nuevo” de Fidel Castro y el Che Guevara. Los menos ingenuos
ya no usan el apellido comunista (como los chavistas) y se rebautizan
como socialistas a secas, porque el vocablo comunista está devaluado
y asusta, y para pasar como socialdemócratas.
¿Hay un marxismo bueno y verdadero y otro malo y falso que fracasó? El único marxismo existente es el que brotó de puño y letra de Karl Marx y propugna la violencia para borrar de la faz de la tierra a la burguesía, instaurar la dictadura del proletariado y regresar al estatismo total. Fue ese el de los bolcheviques en Rusia, el de Mao en China, el impuesto por el Ejército Soviético en países de Europa y Asia, y el de Fidel Castro en Cuba. Con aberraciones propias, pero puro al 100% en su expresión socioeconómica.
Regreso en el tiempo
Un proyecto social que lleva al pasado y no al futuro no es progresista. El socialismo --del siglo XIX, el XX, o el del XXI--, no es un avance de la civilización, sino una regresión a las monarquías absolutistas europeas del siglo XVI al XVIII.
El Estado entonces lo controlaba todo, asfixiaba las libertades individuales. Era casi imposible hacer negocios, comerciar y crear riquezas de manera independiente. Nadie podía expresarse políticamente. Nada se sabía de derechos humanos y sólo unos pocos privilegiados conocía que los antiguos griegos habían inventado la palabra democracia (demos, pueblo y kratos, poder). Era, en fin, la época en la que el Rey Sol, Luis XIV de Francia, decía con razón: “L’etat c’est moi” (el Estado soy yo).
No había derechos civiles. Era rampante el parasitismo de la nobleza y la aristocracia vinculada a la corona –conformaban el Estado--, que no producían nada y chupaban la sangre a la gente con astronómicos impuestos --rezago de las gabelas medievales--, sin darle nada a cambio. Aquel modelo social inhumano constreñía a las fuerzas productivas. Por algo estalló la revolución burguesa en Francia, en 1789.
Pues el socialismo marxista conduce precisamente al Ancien Regime, como dicen los franceses. Estatiza la propiedad privada y prohíbe las libertades individuales que hicieron realidad en el Viejo Continente y en Norteamérica la consigna liberal de “laissez faire” (dejar hacer) que los fisiócratas franceses lanzaron 40 años antes de la toma de la Bastilla, y que los ingleses –con Adam Smith de abanderado—y un poco antes en los Países Bajos empezaron a aplicar primero que los franceses.
Se pasa al sistema de partido único poseedor de la verdad absoluta, que según el propio Marx no existe. Por su vocación estatista, controladora y centralizadora, el marxismo es retrógrado, es la negación del movimiento liberal que sepultó al absolutismo monárquico y liberó a burgueses, agricultores, artesanos, comerciantes, es decir, al “sector privado” que erigió el mundo moderno que hoy conocemos.
Aquel avance de las libertades individuales y los preceptos democráticos fue un proceso largo y difícil de luchas políticas, religiosas y revoluciones todas sangrientas excepto la Revolución Gloriosa en Inglaterra (muy pocos muertos) que restringió los poderes del rey en favor del Parlamento e instauró la actual monarquía constitucional británica en 1688. Una de las más sangrientas fue la revolución independentista de las 13 colonias inglesas en Norteamérica iniciada en 1776.
El socialismo no es otra cosa que la combinación del absolutismo monárquico con el paternalismo del despotismo ilustrado, resumido en la consigna de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” que tanto gustaba a la fogosa zarina Catalina la Grande de Rusia.
Pero el comunismo va más allá que los Luises del “Viejo Régimen”, pues en plena revolución de la Internet prohíbe el acceso libre a la información, anula la capacidad de los ciudadanos para razonar o disentir del gobierno y los transforma en los animalitos de la “Animal Farm” de George Orwell.
Como “papá Estado” es el único productor y empleador, la corrupción deviene cultura nacional y quien no roba, engaña o evade el trabajo duro no es decente, sino morón.
Al no hacer nada por sí mismo y depender del Estado para todo, desde que nace hasta que muere, al individuo se le atrofian las neuronas, pierde la conciencia de sí mismo y se convierte en zombie de propiedad estatal.
Mijail Gorbachov en un arranque de honestidad soviética inédita hasta entonces, dijo que la propiedad social –léase estatal—“es la propiedad de nadie”. Siendo más audaz debió haber dicho que la propiedad social le pertenece a la “Nueva Clase” de que habla el libro del yugoslavo Milovan Djilas, el que me regaló mi padre poco antes de venir para Estados Unidos y que yo en mi utopismo de entonces no quise leer (mi viejo murió sin que yo pudiera decirle que el que estaba equivocado era yo).
¿Es progresista un proyecto social que suprime las libertades que hicieron posible la modernidad?
(Alvarez Quiñones es periodista y escritor radicado
en el sur de California. Es especialista en temas políticos y económicos).
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