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¿Quién Será el Próximo Presidente de EE.UU?


Análisis

En medio de una guerra y al borde de una recesión económica, Estados Unidos vive uno de los procesos electorales más intensos de los últimos tiempos, en su etapa primaria. Tres senadores, el republicano John McCain y los demócratas Hillary Clinton y Barack Obama, parecen haber acaparado la atención de los votantes, en esta carrera por la Casa Blanca que concluye el próximo mes de noviembre, con las elecciones presidenciales.

Días después del "supermartes", que se realizó el 5 de febrero con elecciones primarias en más de 20 estados, la cosas parecen más claras dentro de los dos grandes partidos de Estados Unidos. En el marco republicano, la salida del juego del ex gobernador de Massachusetts, Mitt Romney, ha dejado el campo libre a McCain, para quien la batalla del carismático ex gobernador de Arkansas, Mike Huckabee, parece haber quedado en una especie de entrenamiento para las presidenciales de noviembre. Huckabee está en un distante segundo lugar y apenas podría aspirar a que McCain lo elija como su compañero de fórmula. Mientras tanto, en el área demócrata, Obama ha colocado en una situación muy difícil a Clinton, quien por momentos ha tenido inclusive problemas para financiar su campaña. A la altura del fin de semana del 10 y 11 de febrero, Obama obtuvo contundentes victorias en varias estados, hecho que obligó a Clinton a cambiar a su jefa de campaña Patti Solís Doyle, quien renunció, por su veterana colaboradora Maggie Williams.

Vistazo a los Republicanos

La sorpresiva renuncia de Romney no deja lugar a dudas de que McCain será el candidato de su partido. Su gran tarea ahora es mantener su ventaja frente a Huckabee hasta el verano, cuando debe ser confirmado como candidato durante la convención republicana, y convencer al bloque conservador de votantes de que es el hombre correcto y merece el apoyo de ese bloque. McCain es un conservador moderado, pero su estrategia de seguir sus propios principios produjo decepciones entre los conservadores más militantes. Por ejemplo, su posición compasiva en el tema de aprobar una reforma migratoria con legalización incluida, fue un balde de agua fría al rostro conservador, pero lo ayudó a obtener votos de ala moderada de su partido y muchas simpatías entre sectores liberales. Es el único precandidato, en ambos partidos, que selló con su nombre un proyecto de reforma migratoria. Lo hizo, además, junto con su archiadversario de siempre, el senador demócrata Edward Kennedy. La prueba es que se ha mantenido como líder en este proceso de las primarias dentro del marco republicano.

Ante los ojos de muchos, McCain es el candidato con mayor experiencia y determinación en temas de seguridad nacional. Esto lo ayuda en medio de la guerra de Irak y en un momento en que la confusa guerra contra el terrorismo está todavía vigente. Comenzó su vida pública hace medio siglo, como soldado. Es veterano de dos guerras y fue prisionero en Vietnam. Hace un cuarto de siglo que está en Washington, y se le atribuye la habilidad de saber trabajar abiertamente tanto con republicanos como con demócratas, algo elemental para un republicano en la era post-Bush.

Su apoyo al envío de más tropas a Irak le restó simpatías al principio, pero la disminución notable de atentados terroristas en suelo iraquí luego del arribo de los soldados, devolvió mucha de la confianza perdida al antiguo soldado y parlamentario.

McCain parece tener tres desventajas notables. La primera es su edad. Tiene 71 años y si obtuviera la presidencia durante dos períodos, tendría que mantener una salud a prueba de fuego. Saldría de la Casa Blanca con casi 80 años. Esto no lo ayuda con el sorpresivo surgimiento masivo de votantes jóvenes. La otra desventaja es su propia afiliación partidista. El veterano senador tendrá que convencer a gran parte del electorado de que vale la pena mantener a un republicano en la presidencia, después de la crisis de popularidad que ha sufrido el actual mandatario George W. Bush.

Tiene una tercera desventaja, pero la comparte con Clinton y Obama. Ninguno de los tres tiene experiencia en cargos ejecutivos ni en materia económica.

Vistazo a los Demócratas

Clinton y Obama viven una verdadera guerra de votos dentro del Partido Demócrata. Ambos luchan por protagonizar el rol histórico de ser la primera mujer o el primer afroamericano en llegar a la Casa Blanca. También ambos quieren ser los adalides del cambio, luego de ocho años de presidencia republicana y 12 de predominio conservador en el Congreso de Estados Unidos, situación que se desvaneció tímidamente en 2006 cuando los electores devolvieron el control parlamentario a los demócratas por muy estrecho margen.

A la altura de la tercera semana de febrero, Clinton y Obama parecían estar empatados en cuanto a cantidad de delegados demócratas en este proceso de elecciones primarias. Clinton, calculaba la cadena CNN, tenía una ligera ventaja en materia de superdelegados, pero no había dudas de que Obama estaba haciendo pasar un mal rato a la senadora de Nueva York, quien tuvo que prestarle cinco millones de dólares a su campaña para llegar al "supermartes".

Clinton ofrece a los electores su historial de seis años en el Senado y ocho en la Casa Blanca como primera dama. Algunos se aventuran a decir que la elección de la senadora llevaría a la primera magistratura del país a dos presidentes "por el precio de uno", ya que su esposo, el ex presidente Bill Clinton, sería su principal asesor. Pero para otros, esto significa enviar a la Casa Blanca a la dinastía Clinton otra vez, cuando está saliendo de ella la dinastía Bush. Clinton cuenta con gran parte del voto femenino y de los sectores liberales moderados. Ha prometido una serie de medidas para aliviar los efectos de la crisis económica entre los más pobres, terminar la guerra de Irak "en el momento oportuno" y buscar una fórmula compasiva para los 12 millones de indocumentados que viven en Estados Unidos, sin abandonar la seguridad en las fronteras estadounidenses. Insiste en crear un plan de salud universal, ya que Estados Unidos es el único país industrializado que no disfruta de esa fórmula y tiene no menos de 46 millones de personas sin seguro médico.

Obama, con sólo tres años en el Senado, se ha convertido en la revelación política de este proceso electoral. Nadie habría apostado por él hace sólo un año. Es el único aspirante en este proceso que no ha aceptado donaciones de grupos de intereses especiales, y ha prometido regresar a los soldados desplegados en Irak a finales de 2009. Igualmente se ha pronunciado por una serie de medidas sociales, que no se escuchan, precisamente, desde la era Clinton. Los jóvenes liberales han volcado su entusiasmo hacia él, dejando a un lado las propuestas de Hillary Clinton. Sus críticos lo acusan de no tener experiencia política alguna y de hacer promesas que no va a poder cumplir si fuese elegido presidente. Los conservadores revelan su recelo respecto a que Obama tiene un pasado musulmán, por vía de su padre africano y de su padrastro y de haber estudiado el Islam durante su infancia en Indonesia. El precandidato se ha apresurado a explicar que es cristiano y que hace 20 años asiste a la misma iglesia. Otros temen que estemos en presencia sólo de un populista carismático. Muchos de sus simpatizantes aseguran que no hay peligro de que Obama se convierta en una especie de Hugo Chávez porque las instituciones democráticas estadounidenses son muy sólidas y no se lo permitirían.

Algunos liberales, con cierto grado de pesimismo, piensan igual que los conservadores en el sentido de que Estados Unidos no eligiría a una mujer ni a un afroamericano en tiempo de guerra. Pero buena parte del electorado, precisamente, quiere dar por terminado ese tiempo de guerra y reconstruir las relaciones de Estados Unidos con el resto del mundo. Las cosas estarán mucho más claras al final del verano.





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