En Primera Persona
¿Cómo Identificar a un Dictador?
Por JESUS HERNANDEZ CUELLAR
Cuando usted nace tres semanas después de haberse instalado en su país
una dictadura de derechas, cuya odiosa impunidad se desarrolla durante seis
años, nueve meses y 21 días, para luego ser derrocada por una
revolución que, a su vez, se convierte en una dictadura de izquierdas
en la que usted tiene que vivir 24 años, 11 meses y 19 días, usted
tiene algún sentido de lo que es una dictadura. Pero si, además,
esa segunda dictadura lo envía a usted a un campo de trabajos forzados
durante tres años cuando usted tiene 17 años de edad, y más
adelante lo expulsa de su empleo por tener usted "problemas ideológicos"
y le prohíbe ejercer su profesión para siempre, mientras sus amigos
son condenados a varios años de prisión por haber cometido el
delito de escribir, o peor aún, de leer poemas, obras teatrales y cuentos
considerados "propaganda enemiga", usted está al borde de ser
un especialista en esta materia, casi por ósmosis existencial, como el
campesino conoce la magia de la tierra, sólo por haberla labrado desde
la niñez.
Pero eso no es todo. Si usted tiene el privilegio de ser un comunicador social,
profesión que lo obliga a seguir muy de cerca los acontecimientos de
su país, mientras esa segunda dictadura se extiende durante 48 años
y aún sigue viva, y su trabajo le permite conocer personalmente a víctimas
de esa y otras muchas dictaduras, de derechas y de izquierdas, usted desarrolla
la capacidad de olfatear a un dictador a miles de kilómetros de distancia.
Ese, desafortunadamente, es mi caso.
¿Cómo son los dictadores? Cualquiera da por hecho que son represores,
censores y verdugos. Esos son sus ingredientes básicos, sin importar
cuan hermosas sean las palabras que dicen en las tribunas, ni cuan justas sean
las ideas que dicen defender. No hay que olvidar que en la Edad Media, los verdugos
de la Santa Inquisición mataban a sus semejantes, los quemaban en la
hoguera, en homenaje al nombre de Dios. El común de los mortales, como
es lógico, entiende que dictador es todo aquel gobernante que no fue
elegido por su pueblo en un marco de alternativas plurales y transparentes.
Pero hay más. Los dictadores temen a la libertad de los otros. Temen
a las ideas de los otros. Temen a la prosperidad de los otros, pero sobre todo
tiemblan ante la inteligencia de los otros. Los dictadores de alto vuelo y sus
émulos, quieren crear sociedades que piensen y actúen como ellos,
leales a ellos, por eso reprimen y exterminan a los que piensan diferente.
En 1978, con motivo del 30 aniversario de la proclamación de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, la revista Correo de la Unesco publicó
un grabado en el que aparecían muchas figuras humanas frente a una pared,
en perspectiva. Todas las figuras humanas tenían la cabeza cuadrada,
metida dentro de un hoyo cuadrado que había en la pared. Todas menos
una, que tenía la cabeza redonda y parecía mirar, desconcertada,
hacia todas partes. Así se siente un ciudadano dentro de una dictadura.
En 1987, en Los Angeles, el cantautor argentino Facundo Cabral me dijo: "Mirá,
che, tengo un gran privilegio..., se me ha prohíbido entrar en
el Chile de Pinochet y en la Cuba de Fidel Castro". Lógico,
en ambos regímenes ha habido muy poco espacio para las cabezas redondas,
aunque fuesen dictaduras de ideologías opuestas. Claro que dentro de
todas las dictaduras ha habido y hay gente muy inteligente dispuesta a servir.
El prócer cubano José
Martí, amante hasta la muerte de las libertades públicas,
dijo una vez: "No hay espectáculo, en verdad más odioso,
que el de los talentos serviles".
Algo terrible de las dictaduras es la incertidumbre que carcome a la sociedad.
No se sabe con precisión qué es delito y qué no lo es.
Y lo más temible, nadie sabe cuando va a concluir una dictadura. En los
países democráticos, el ciudadano discrepa y critica a su gobierno,
pero sabe el día exacto en que ese gobierno concluirá. Por ejemplo,
los norteamericanos, inclusive los extranjeros, que se oponen a las políticas
de George W. Bush, se enfurecen, lo condenan en su propia cara, lo abuchean,
pero saben que en enero de 2009, Bush saldrá para siempre de la Casa
Blanca. Los mexicanos que se oponían a Vicente Fox, sabían perfectamente
que en diciembre de 2006, el primer presidente conservador de México
en más de 70 años, se iría de Los Pinos, también
para siempre.
Un dictador de cuerpo entero, además, sabe que es necesario crearse un
enemigo poderoso mientras se defiende una causa aparentemente justa. Después,
es imprescindible inventar peligros, supuestos planes de magnicidio e invasiones
militares procedentes de ese enemigo poderoso. Al mismo tiempo se requiere tejer
una leyenda de supervivencia, de heroismo. En esto, los dictadores pierden la
perspectiva, porque dotados de enfermizas mitomanías, casi siempre caen
en el ridículo. Fidel Castro, por ejemplo, ha creado el mito de haber
sido víctima de 640 atentados. Aun en 48 años en el poder, 640
atentados representan 13.3 atentados por año, es decir, a más
de un atentado por mes durante casi medio siglo. ¿Resistiría Superman
ese ritmo de atentados?
En el fondo, el sentido de poder eterno crea en el dictador una cobardía
manifiesta. Todos dicen estar dispuestos a morir defendiendo su causa, pero
aun están frescas en la memoria las condiciones en que fue capturado
Saddam Hussein nueve meses después de la invasión norteamericana
a Irak. Estaba oculto en un hoyo cavado en la tierra, sucio y barbudo. Tenía
armas, pero no las usó, se rindió a los soldados que lo encontraron.
El dictador panameño Manuel Antonio Noriega era otro que enarbolaba un
machete en las tribunas a puro grito de consignas, pero al producirse la invasión
norteamericana a su país en 1989, no usó el machete, se escondió
en la Embajada de la Santa Sede y finalmente se entregó. El dictador
comunista rumano Nicolai Ceausescu, también estaba dispuesto a morir,
pero durante la revolución democrática de su país fue capturado
mientras trataba de cruzar la frontera. No hay que ir muy lejos, el actual presidente
venezolano Hugo Chávez, listo para dar hasta la última gota de
sangre por su revolución bolivariana, estuvo a punto de ser derrocado
en 2002. En aquel momento, el aguerrido Chávez no murió peleando,
se entregó a los soldados rebeldes y pidió que lo enviaran a Cuba.
El cubano Fulgencio Batista, que decía tener siempre una bala en el directo,
tomó un avión y huyó cuando la lucha guerrillera avanzaba
hacia La Habana, el 1 de enero de 1959. Lo mismo hizo el nicaragüense Anastasio
Somoza, cuando las huestes sandinistas se acercaban a Managua, en julio de 1979.
Pero lo anterior podría no explicar del todo el fenómeno del dictador.
El punto de referencia básico, la unidad de medida, es la
Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por la
Asamblea General de Naciones Unidas, en diciembre de 1948. En ella están
contenidos todos los derechos ciudadanos y las libertades universales. Los dictadores
la esconden, la prohíben, algunos hasta la queman con la esperanza de
que nadie pueda identificarlo a él, ni conocer a fondo los derechos que
él ha reprimido.
(Hernández Cuéllar es director y editor jefe de Contacto Magazine,
revista latinoamericana que fundó en Los Angeles, California, en julio
de 1994).
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