
Editorial
Hay que Despolitizar el Debate sobre la Reforma de Salud
Estados Unidos necesita arreglar su sistema sanitario, no sólo por los 47 millones de norteamericanos que no tienen seguro médico, sino por el resto de la población que paga primas, medicamentos, costos paralelos y deducibles cada vez más altos. Si la palabra reforma crea corto circuito, hay que usar otra. Si los parentescos con el socialismo crean temores, hay que explicar el tema de otra manera. Si la alternativa pública recibe demasiado rechazo, hay que usar otra fórmula. Pero el sistema demanda una reparación a fondo.
Está claro que el presidente Barack Obama está pagando un precio muy alto por la apasionada defensa que ha hecho de su reforma al sistema sanitario. Su popularidad se desplomó entre 15 y 20 puntos a finales de agosto de 2009, a sólo ocho meses de haber tomado posesión de su cargo.
Para quienes se han tomado el trabajo de analizar el sistema de salud actual de Estados Unidos, resulta obvio que éste sufre de males que ciertos sectores que lo componen no pueden curar, no saben curar o no están dispuestos a curar. Entre los 12 países más ricos del mundo, la expectativa de vida promedio es de 80.2 años, la de nuestro vecino Canadá es de 82 años, la de Estados Unidos es 78.5 años. Sin embargo, Estados Unidos invierte en salud 16 por ciento de su Producto Interno Bruto, 63 por ciento más que el promedio de esos países, cuya inversión en ese renglón es de 9.4 por ciento. Los fraudes y los errores administrativos cuestan a los seguros públicos del Medicare y Medicaid, nada menos que 12 mil 300 millones de dólares al año. Los exámenes médicos innecesarios que se hacen para proteger a doctores y hospitales de demandas por negligencia médica, representan un desperdicio de 210 mil millones de dólares al año. Los seguros de salud se reservan el derecho de excluir a personas con enfermedades crónicas (condiciones preexistentes), lo cual significa una verdadera monstruosidad. La cifra total de desperdicios es de un millón de millones 200 mil millones ($1.2 trillion) de dólares al año actualmente, según la firma de investigación PricewaterhouseCoopers. La lista de incongruencias es enorme.
Es cierto que nadie está desamparado. Por ley, los hospitales están obligados a atender casos de emergencia. Si usted no puede pagar sus servicios médicos, el seguro público Medicaid paga por usted, pero sólo si usted no tiene con qué pagar. Su casa, sus propiedades y sus ingresos están en juego. Si usted quiere conservar sus propiedades y sus ingresos, y no tiene seguro médico alguno, debe estar dispuesto a pagar una verdadera fortuna por ciertos servicios médicos. Y si tiene seguro médico, debe estar dispuesto a pagar primas y costos paralelos desproporcionados.
No se puede confundir el extraordinario progreso de la investigación científica y las tecnologías médicas de Estados Unidos, único país con 87 premios Nobel de Medicina, con la práctica médica diaria.
El punto es saber si el presidente Barack Obama, primer interesado en aprobar esta reforma, ha escogido el momento oportuno para lograr ese objetivo. Estados Unidos sufre la peor crisis económica desde los días de la Gran Depresión, con una tasa de desempleo de 9.7 por ciento; la industria bancaria ha recibido un golpe mortal, por su propia irresponsabilidad, y esto ha producido un caos crediticio; la industria automotriz norteamericana está en bancarrota; la productividad del país y el índice de confianza del consumidor están muy por debajo de lo normal. Estados Unidos está, además, enfrascado en dos guerras largas y difíciles, ocho años después de los ataques terroristas de septiembre de 2001. Por otra parte, el gobierno debe analizar cuidadosamente si ha explicado lo que se propone hacer, con suficiente precisión. Obama no creó la crisis económica actual ni las guerras de Irak y Afganistán, pero está obligado a trabajar dentro de ellas.
La oposición republicana y los demócratas conservadores que se oponen al proyecto presidencial, deben estudiar con mucha meticulosidad si sus argumentos son lo suficientemente serios. Alemania, Francia y Japón, que ya salieron oficialmente de la recesión, han ofrecido por muchos años un seguro universal de salud a sus ciudadanos. Nadie se atrevería a decir que Alemania, Francia y Japón, ultracapitalistas, son víctimas de un aparato socialista de salud.
Sin dudas, Obama se ha precipitado con su proyecto de reforma tan ambicioso y tan controversial, en medio de la crisis económica. Además, ha explicado mal su proyecto, a pesar de ser el presidente más articulado a la hora de expresarse, desde los días de Ronald Reagan. Por los antecedentes políticos de Obama, la derecha se ha apresurado al calificar el plan de socialista. Y el público se siente perdido, desinformado, a merced de un debate que tiene mucho más de política que de fórmulas y detalles de cómo arreglar el sistema.
Las dos partes sumergidas en esta controversia tienen la obligación de ser mucho más serias, mucho más responsables. Es cierto que Estados Unidos ha vivido, para bien o para mal, con los elementos de su actual sistema sanitario por décadas, pero hay que despolitizar este debate. La sociedad norteamericana merece esa seriedad, esa responsabilidad de parte de demócratas y de republicanos, del sector médico, de las compañías de seguro, de la industria farmacéutica y de los medios de comunicación social, porque la vida humana no es una mercancía más sujeta a las leyes de la oferta y la demanda, ni una consigna que se puede manejar desde los torbellinos de una que otra agenda política.
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