Deportaciones - Un Asunto de Conciencia
America’s Voice
Chicago, Illinois
Más allá de seguir las maniobras políticas que dan vida
o entierran las posibilidades de una salida humana y justa a nuestro disfuncional
sistema migratorio, a veces es mejor escuchar a quienes día con día
sufren la incertidumbre y el terror de no saber si serán los próximos
en ser deportados; de desconocer si hoy será el día en que
su padre, su madre o un hijo no regresará a la hora acostumbrada;
de no saber cuándo volverán a ver a sus detenidos o a sus deportados.
“La pregunta es, ¿qué pasará con nosotros si uno
o nuestros dos padres son deportados?”, cuestionó Brenda, de
11 años, al narrar su historia, similar a la de más de cinco
millones como ella. Brenda y sus dos hermanas, una de las cuales, Cindy,
quiere ser presidenta de Estados Unidos, nacieron en este país y sus
dos padres son indocumentados. Leyeron la carta que esperan llegue a manos
del presidente Barack Obama “para que haga algo por todos los niños
que están atravesando por esta experiencia”.
Peter Derezinski y su hermano John Paul ya fueron separados de su padre deportado
en 2006. Y Ana, ciudadana de Estados Unidos como dos de sus tres hermanos,
teme por su madre indocumentada que por abogados inescrupulosos no ha podido
legalizarse pese a vivir en este país por 32 años.
Todos ofrecieron sus testimonios en la Iglesia Católica Our Lady of
Mercy en Chicago, en una de las escalas de la gira Familias Unidas que ha
emprendido por el país el congresista demócrata de Illinois,
Luis Gutiérrez, quien dijo a la prensa que “el presidente tiene
muchos asuntos que atender y tiene muchos asesores, pero nosotros pretendemos
que la comunidad de fe se convierta en uno de esos asesores” para presionar
por la reforma.
La Iglesia se convirtió en un microcosmos de lo que ocurre por todo
el país. Los relatos fueron el eco de las historias de todas las almas
que abarrotaron la Iglesia para escuchar del Cardenal de Chicago, Francis
George, la inequívoca promesa de presionar por la reforma y “para
que nuestro gobierno cese las redadas y la separación de familias”.
Lo definió como un asunto de conciencia y moralidad.
El sector religioso entiende que con o sin crisis económica, hay más
de 12 millones de personas que viven en las sombras y hay otros millones
de sus familiares que siendo ciudadanos o residentes legales son víctimas
directas de un sistema disfuncional.
Con su gira, Gutiérrez quiere humanizar un tema que para su mal se
ha politizado al punto que no permite razonar, y en medio de los dimes y
diretes políticos se olvida que se está hablando de vidas y
de sueños.
Resulta más sencillo, sobre todo para quienes se oponen a la reforma
amplia, reducir el debate a algo abstracto, sin nombre, apellido o sentimientos.
Es más cómodo cerrar los ojos y pretender que si no tienen
documentos, no existen, o hacerse de la vista larga aunque los que sufran
sean ciudadanos estadounidenses.
En la fila de seguridad, antes de abordar el avión que me llevó de
Washington a Chicago, a pocos pasos de mí se encontraba el congresista
republicano de Wisconsin, James Sensenbrenner, autor de la dudosamente célebre
ley Sensenbrenner de criminalización de indocumentados.
Mientras lo observaba presentando su documento de identidad, pensé en
cuánto temor y terror pueden generar las propuestas legislativas de
una sola persona, aunque en este caso también generaron una movilización
nacional en pos de una reforma que lamentablemente no se concretó.
Muchos de estos personajes legislativos lo ven todo en blanco o negro, nosotros
contra ellos, y de un brochazo pintan a todos indocumentados como criminales.
No se piensa en qué obliga a una persona a cruzar un desierto o atravesar
el mar en maltrechas embarcaciones. No es por aventura o amor al arte sino
por necesidad.
Es cierto que siempre habrá manzanas podridas y en este proceso nadie
está defendiendo a quienes sean criminales, pero la mayoría
sólo pretende trabajar para proporcionar un mejor futuro a sus hijos,
muchos de ellos ciudadanos estadounidenses.
Y en este debate, nunca habrá un momento perfecto para actuar. Cuando
la economía estaba boyante, culpaban a los indocumentados de robarles
trabajos a los estadounidenses; y ahora en medio de la recesión, los
culpan de robar los pocos trabajos que hay para los estadounidenses.
Por su parte, quienes esgrimen el tema de la seguridad y quieren sellar la
frontera y horrorizar a comunidades con la absurda idea de que deportarán
a 12 millones de almas a cuentagotas, se contradicen a sí mismos en
su búsqueda de seguridad cuando se oponen a legalizar a quienes ya
están entre nosotros y que a menos que sea por voluntad propia o la
de ICE, no se irán de aquí.
La reunión del presidente Barack Obama con el caucus hispano del Congreso
la semana pasada le da un soplo de vida a un tema que muchos descartan como
radiactivo, y políticamente arriesgado y nocivo.
Pero ignorar un problema no lo hace desaparecer.
Es perturbador que una nación que se precia de sus valores religiosos,
de defender los derechos humanos y civiles de personas a miles de millas
de nuestras fronteras, y que promueve con bombo y platillo la unidad familiar,
considere normal que niños ciudadanos estadounidenses vivan con el
temor diario de no volver a sus padres. Y si los padres son deportados, tengan
que decidir entre quedarse a vivir aquí con familiares o desconocidos,
u optar por el autoexilio para que la familia permanezca unida.
Se dificulta razonar con personas como el puñado que se apostó frente
a la Iglesia con pancartas de odio diciendo que “Los ilegales no son
Inmigrantes”, “La Iglesia no está por encima de la ley” y
pidiendo la destitución de Gutiérrez.
Cuando es necesario colocar barricadas policiales frente a una Iglesia no
sólo por la presencia del Cardenal y de un congresista, y cuando en
eventos como el de Gutiérrez indocumentados y ciudadanos enfatizan
que “somos seres humanos”, hay algo en nuestra conciencia moral
y social que no marcha bien.
El Pastor Freddy Santiago, quien clausuró el servicio el sábado,
pidió en su oración “que Dios remueva la ceguera de nuestros
corazones, y que remueva la ignorancia”. Pensé en el puñado
de manifestantes frente a la Iglesia y en los legisladores y grupos que los
animan.
Pese a todo, la gente expresó confianza en que el nuevo presidente
cumplirá con su promesa. Pero consciente de la prueba que se avecina,
Santiago pidió para Obama “valor para hacerlo solo, si fuera
necesario, porque es lo justo y lo correcto”.
Argumento Económico para la Legalización



