Nota Editorial -
Cuba y la Cumbre de las Américas
Ciertos gobernantes de América Latina están insistiendo con toda energía en la necesidad de que Cuba participe próximamente en la Cumbre de las Américas y de que Estados Unidos suspenda el embargo comercial que impuso al régimen comunista cubano desde principios de la década de los 60. La Cumbre de las Américas se realizó por primera vez en diciembre de 1994 en Miami, Florida, por iniciativa del entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton. Desde entonces, la organización del evento y la supervisión de los acuerdos de estas cumbres han corrido a cuenta de la Organización de Estados Americanos (OEA), de la cual Cuba fue expulsada en 1962.
Daniel Ortega, presidente de Nicaragua y antiguo aliado de Fidel y Raúl Castro, anunció que Centroamérica abogará por la asistencia de Cuba a estas cumbres, durante el cónclave que se realizará entre el 17 y el 19 de abril en Trinidad y Tobago. Hugo Chávez, presidente de Venezuela, discípulo de los Castro y sostén económico del gobierno cubano, dijo que aprovechará la reunión, igualmente, para exigir a Estados Unidos la suspensión de las sanciones económicas contra La Habana. Anteriormente, había defendido la idea de que Cuba pudiese ser parte de la OEA.
Para desdicha del pueblo de Cuba, ningún gobernante latinoamericano ha anunciado que abogará en Trinidad y Tobago por el fin de la represión política ejercida constantemente por el régimen presidido por los Castro ni en favor de las libertades fundamentales que han estado ausentes en la pequeña nación del Caribe, gobernada con mano de hierro por el mismo régimen desde el 1 de enero de 1959.
Todos estos gobernantes, sin excepción, saben que el gobierno cubano es una dictadura de 50 años de edad, que envía a la cárcel a los ciudadanos que piensan diferente; que es un régimen totalitario en el sentido de que tiene control absoluto de la sociedad, como propietario que es de todos los bienes de producción y servicios de Cuba, desde las industrias, los medios de comunicación social y las escuelas hasta los teatros, la tierra cultivable, los hoteles, los hospitales, los centros de investigación científica y las casas editoriales; que miles de cubanos han sido ejecutados en paredones de fusilamiento y mediante procedimientos extrajudiciales, dentro y fuera de las prisiones cubanas, y centenares de miles han ido a la cárcel por delitos que no existen en los países civilizados; que los cubanos, no por el embargo de Estados Unidos sino por la sorprendente ineficiencia del sistema comunista, como ocurre en Corea del Norte, viven con menos de un dólar al día, cifra establecida por la ONU para definir los más bajos niveles de pobreza del planeta. Que decenas de miles de cubanos han muerto tratando de cruzar las peligrosas aguas del Estrecho de la Florida para llegar a Estados Unidos, debido a la paupérrima calidad de vida que ha tenido Cuba desde los días en que el ahora desaparecido imperio soviético enviaba a los hermanos Castro una multimillonaria ayuda económica.
Todos saben que Fidel Castro dijo públicamente a principios de los 90, que su régimen había intervenido en todos los conflictos provocados por grupos guerrilleros que sufrió América Latina, durante las décadas de los 60, 70 y 80, excepto en México. En Uruguay, Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Perú y Paraguay nunca hubo fuerzas norteamericanas en pie de guerra, pero sí hubo guerrillas marxistas entrenadas en Cuba y financiadas por el régimen cubano, provocando caos y violencia con el propósito de imponer en esas naciones regímenes totalitarios idénticos al de Cuba, en la más flagrante violación de la soberanía de esos pueblos.
El espacio digital de la Cumbre de las Américas define claramente que estas reuniones "son encuentros periódicos que reúnen a los Jefe de Estado y de Gobierno democráticamente electos de las Américas para debatir y tomar decisiones sobre temas de relevancia para la región".
Fidel y Raúl Castro nunca han sido elegidos por el pueblo de Cuba, más allá de una caricatura electoral calcada de las ridículas elecciones de partido único del antediluviano Soviet Supremo de la Unión Soviética.
Es hora de que los gobernantes latinoamericanos, por lo menos los que tienen verdadera vocación democrática, asuman con seriedad y responsabilidad la tragedia que vive el pueblo de Cuba bajo la dictadura más larga y represiva que ha conocido el mundo occidental, a las puertas de sus propias fronteras, con su misma historia, con idéntica lengua. Los hermanos Castro no estarán ahí para siempre, el pueblo de Cuba sí.



