El Desplome de un Mito Castrista


Niños cubanos saliendo de su escuela...

Niños cubanos saliendo de su escuela. (Foto: Wiki Commons).

EDUCACION Y SALUD PUBLICAS:

El Desplome de un Mito Castrista

ROBERTO ALVAREZ QUIÑONES

Al leer recientemente un reportaje titulado El suplicio de cada inicio de curso: comprar un uniforme, enviado desde La Habana por la periodista independiente Adriana Zamora, me pareció oportuno ir más allá y echarle un vistazo completo a la espina dorsal de la propaganda castrista durante décadas: la educación y la salud pública como "obra genuina de la revolución".

Ambos servicios sociales, sin costo alguno para pacientes y educandos, conformaron la imagen más fuerte que Fidel Castro  vendió al mundo entero en su afán de mostrar que Cuba gozaba de un sistema social superior al vigente en Latinoamérica y en todo Occidente.

Pero "para decir mentiras y comer pescado, hay que tener mucho cuidado", como reza el refrán español. Resulta que hoy los Castro ya no hablan de educación ni de salud pública, como no sea para decir que la exportación —léase explotación— de miles de médicos, enfermeros y técnicos de la salud es la mayor fuente de divisas del país.

El Gobierno ya no logra que las escuelas y las universidades funcionen adecuadamente. Faltan libros de texto, libretas, lápices, uniformes, materiales y equipos imprescindibles. Tampoco hay suficientes maestros y profesores calificados, ni programas de estudio de acorde con los nuevos tiempos de avances tecnológicos —revolucionarios de verdad— que en el orden educacional van marcando a su paso esta primera centuria del tercer milenio.

La calidad de la enseñanza cubana es mala por lo general. Y los edificios y muebles de las escuelas casi sueltan los pedazos por falta de mantenimiento. El presupuesto nacional para la educación ha sido reducido drásticamente. En fin, que el sistema de educación en Cuba prácticamente colapsó.

Se cierran hospitales

En el sector de la salud, la "revolución", en vez de aumentar el número de camas y de centros hospitalarios, y modernizarlos, como hacen todos los países, lo que hace es clausurarlos. Casi 60 hospitales han sido cerrados desde 2010. La nación ya perdió la cuarta parte de su capacidad de hospitalización.

Decenas de miles de empleados de la salud han sido despedidos. Los consultorios del médico de la familia se redujeron de 14.007 en 2006 a 11.486 en 2012, y luego han ido desapareciendo en la medida que aumenta la exportación de médicos.

Esclavos de bata blanca

Todavía algunos organismos internacionales se hacen eco de la propaganda castrista y afirman que Cuba es el país del mundo que cuenta con el mayor número de médicos por habitante. Falso. Casi la mitad de los 82.000 médicos cubanos graduados en la Isla (también se gradúan extranjeros) prestan servicio en 67 países, fundamentalmente en Venezuela (unos 28.000) y Brasil (11.487 en junio de este año). Algo increíble.

Son enviados por el régimen no por altruismo, sino para apropiarse del grueso del salario de dichos doctores en moneda convertible. Esos galenos son verdaderos esclavos de bata blanca en pleno siglo XXI.

Con tanta escasez de médicos en Cuba ha caído peligrosamente la atención primaria de la salud y en mayor grado la atención médica especializada. Muchas intervenciones quirúrgicas  no se realizan por falta de cirujanos, o de lo necesario para operar.

Las entidades sanitarias globales aún deslumbradas por el castrismo tampoco dicen que de los  3.8 millones de viviendas que hay en la Isla el 29% de ellas carecen de abastecimiento de agua por acueducto y que el 61% no tiene desagüe hacia sistemas de alcantarillado; ni que las aguas albañales corren como riachuelos medievales por muchas calles de las ciudades.

La propia prensa oficial critica el estado calamitoso de los hospitales, en los que la falta de higiene es alarmante. Pululan las cucarachas y los mosquitos. Los pacientes tienen que llevar sus sábanas, almohadas,  bombillos, y a veces hasta las jeringuillas, el yodo y el mercurocromo. Y la poca comida para los hospitalizados es intragable.

El tío Boris pagaba la cuenta

¿A qué se debe ese cataclismo sanitario y educacional de la "revolución"? La respuesta es simple: los sistemas de salud y de educación en Cuba eran financiados por la Unión Soviética y, cuando ese país se desintegró, arrastró consigo a los servicios sociales cubanos, pese al apuntalamiento que durante varios años han tenido con las subvenciones de Venezuela.

Ciertamente entre los años 60 y fines de los 80, según los estándares del Tercer Mundo, Cuba tuvo un alto nivel sanitario y educacional. Castro, en sus discursos grandilocuentes, hacía creer que el sistema económico "superior" existente en la Isla sustentaba aquellas prestaciones sociales.

Se ampliaron los servicios médicos gratuitos a la población, incluyendo zonas rurales, con una calidad aceptable internacionalmente y destacada en ciertos aspectos científicos. Se erigió una vasta red de escuelas a lo largo y ancho de la Isla, la cual elevó el "piso" educacional general y contribuyó a formar decenas de miles de profesionales universitarios.

Pero por los discursos del dictador nadie en el mundo, ni siquiera dentro de Isla, podía percatarse de que todo era  postizo. El Comandante en Jefe se acreditaba los honores, pero era el tío Boris quien pagaba la cuenta, con subsidios que oscilaban entre $2.000 y $4.000 millones anuales. Fue cuando faltaron las subvenciones soviéticas que se evidenció la imposibilidad del castrismo de sufragar los gastos sociales de que tanto presumía.

De alguna manera los subsidios de Venezuela pudieron solventar parte de esos gastos sociales durante algunos años. Pero el deterioro incesante de la economía cubana ha venido ensanchando tanto el barril sin fondo en demanda de cash que los regalos chavistas se hicieron insuficientes. Para colmo el precio del petróleo se desplomó.

Éxodo imparable de maestros

La falta de recursos financieros externos para la educación generó otro factor que ha agravado seriamente el panorama. Debido al ínfimo salario que reciben los maestros (unos 20 dólares),  estos abandonan la profesión para trabajar por cuenta propia, bien como "repasadores" (maestros privados), o para abrir una "paladar", etc. El Gobierno les aumentó algo el sueldo, pero dada la inflación desmesurada estos no alcanzan el poder adquisitivo equivalente al de 1989, antes de desintegrarse la URSS.

Lo cierto es que ya casi nadie quiere ser maestro en Cuba. El Gobierno informó que de 19.859 plazas disponibles nacionalmente en 2015 para cursar estudios pedagógicos, solo se matricularon 4.398 alumnos. O sea, 15.461 plazas (el 78%) se quedaron sin cubrir porque nadie se interesó por ellas.

La conclusión de todo esto es que los hermanos Castro y la Junta Militar que los sostiene en el poder engañaron al pueblo de Cuba y al mundo. La educación y la salud pública no constituyeron en verdad un "logro de la revolución". La  improductiva economía centralmente planificada instaurada por el dueto Che Guevara-Fidel Castro nunca habría podido sustentar aquellos servicios porque sobrepasaban la precaria capacidad financiera del país.

Sin el dinero del Kremlin y los petrodólares bombeados desde Caracas no habrían funcionado ni medianamente los hospitales y las escuelas. El way of life de los cubanos habría retrocedido a la Edad Media, al borde de la hambruna y las epidemias cíclicas, dependiendo sobre todo de la ayuda humanitaria internacional.

Moraleja: la vitrina sanitaria y educacional del castrismo existió, pero no fue autóctona, sino un  castillo de naipes construido con dinero ajeno.

(Alvarez Quiñones es periodista y escritor radicado en el sur de California. Durante más de tres décadas ha escrito sobre el curso de la economía mundial. Es también especialista en temas latinoamericanos con énfasis en Cuba).

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