¿Le Ganarán los Castro a EE.UU?


Cumbre de las Américas en Cartagena, Colombia, 2012.

¿Le Ganarán los Castro a EE.UU?

ROBERTO ALVAREZ QUIÑONES

El diario “The New York Times” –que en 1957 “inventó” a Fidel Castro cuando publicó el reportaje de Herbert Matthews en la Sierra Maestra—insiste en que Estados Unidos debe levantar el embargo contra Cuba, restablecer relaciones diplomáticas con la isla, y que el presidente Barack Obama se siente junto a Raúl Castro en la próxima Cumbre de las Américas a celebrarse en Panamá en abril próximo.

 

Al editorial publicado hace unos días por ese diario neoyorquino sobre las relaciones Cuba-Estados Unidos se le siente --desde bien lejos-- un claro tufo comercial, económico y político. En mi opinión se trata de una maniobra muy bien manejada por un creciente lobby empresarial estadounidense que cuenta con enorme respaldo mediático y un fuerte apoyo de sectores ubicados en la izquierda (“liberal”) del espectro político de esta nación, y que incluye a un segmento de la comunidad cubana integrado mayormente por empresarios cubanoamericanos y la nueva oleada de quienes se declaran a sí mismos como inmigrantes económicos y no políticos.

En verdad a esta campaña le importa un bledo la suerte del pueblo cubano, los valores democráticos y las libertades básicas del hombre moderno, derechos todos asfixiados en la isla desde hace más de medio siglo.

Resulta muy irónico que entre las libertades inexistentes en Cuba se halla la de crear capital y hacer negocios (los timbiriches por ley no pueden crecer), de manera que, de levantarse el embargo, los cubanos no podrían relacionarse con las compañías o los bancos estadounidenses, cosa que sólo podría hacer el Estado comunista y la mafia militar que controla la economía isleña, la que podría enriquecerse exponencialmente.

El presidente Obama sí podría reanudar relaciones diplomáticas con Cuba y hacer otras cosas para favorecer a los Castro, pero el embargo sólo puede ser derogado por el Congreso. Y eso no se vislumbra a corto plazo, a menos que el Partido Republicano pierda la mayoría en la Cámara de Representantes, o que los congresistas que apoyan el embargo cambien de opinión, algo que por ahora no parece nada probable.

¿Obama debe ir a Panamá si Cuba asiste?

Sin embargo, lo que no puede descartarse es que en abril próximo Obama se siente a la misma mesa que el único dictador del continente, como exige el “Times”. Claro, antes el gobierno de Canadá tiene que sumar su aprobación a la de Washington. Además, para ir a Panamá Obama tendría antes que borrar a Cuba de la lista de países que apoyan el terrorismo internacional. El Jefe de la Casa Blanca no puede –o no debe-- compartir la mesa con un gobernante salpicado de terrorismo.

Pero Obama tal vez podría pasarle por encima a ese “detalle” e ir a Panamá. O incluso podría rendirse y quitar a Cuba de la lista negra “terrorista”, en la que figura desde 1982 junto a Siria, Irán y Sudán.

Si eso ocurriese --y yo al menos no lo descarto al 100% por ahora—y se produce en Panamá un eventual compadreo Habana-Washington, ello significaría la ejecución sumaria, con funerales incluidos, de las Cumbres Panamericanas y la causa de fortalecer la democracia y el respeto a los derechos humanos en el continente.

Hay que recordar que concluida la “guerra fría”, la convocatoria en 1994 del presidente Bill Clinton de constituir una especie de Club Democrático de las Américas, con reuniones periódicas de los jefes de Estado, tuvo el propósito de establecer un Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA), y de paso aislar a la única tiranía continental para presionarla y estimular cambios hacia la democratización de Cuba.

Con la eclosión de gobiernos populistas de izquierda de fuerte vocación proteccionista y antiestadounidense, y sobre todo con la llegada al poder de Hugo Chávez en 1998 y la creación de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de nuestra América (ALBA) y de Petrocaribe, falleció aquel proyecto --realmente demasiado optimista-- de Clinton de establecer un mercado común interamericano.

Washington, no obstante, insistió en el único propósito que quedó en pie, el de celebrar reuniones hemisféricas para examinar la salud de la democracia en el continente y señalar a la dictadura castrista como la oveja negra latinoamericana.

¿Y qué ocurrió? Resulta que quien está aislado hoy no es el régimen de La Habana, sino EE.UU. La más antigua democracia del mundo está tan aislada por la izquierda populista de América Latina que de hecho ha sido acorralada.

Los Castro, más influyentes que EE.UU.

Aunque parezca absurdo, actualmente los Castro tienen más influencia y mayor poder de convocatoria en la región que el gobierno estadounidense. Ello explica por qué el dictador Raúl Castro ha sido invitado a Panamá.

Obama tiene ahora una disyuntiva nada envidiable con sólo dos opciones: o no asiste a la conferencia y firma el acta de defunción de estos cónclaves continentales, o acepta ir a la cita y declara a EE.UU oficialmente derrotado en su largo diferendo con la Cuba comunista.

Es una tontería mayúscula lo que dijo el portavoz de la Casa Blanca cuando afirmó que Obama “comprende” que la invitación a Cuba se debe a la voluntad de varios gobiernos “amigos’ de EEUU, y que ello podría servir para que el gobierno castrista explique “su visión” de la democracia. ¿Se invitó alguna vez a conferencias panamericanas a Pinochet, los Somoza, Trujillo, o Batista, para que explicasen nada?

Raúl Castro no ha sido limpiamente elegido jamás para absolutamente nada en toda su vida. Y hoy es dictador por derecho dinástico, establecido en 1959 por Fidel Castro, quien al enfermarse gravemente lo ungió graciosamente como nuevo “presidente” y jefe del Partido Comunista. En Cuba no hay elecciones democráticas desde 1948, es decir, desde hace 66 años. En Occidente no hay nada que se parezca a eso.

El argumento de sentar al general Castro junto a los mandatarios realmente elegidos (excepto Nicolás Maduro, quien perdió en las urnas y se apropió del poder mediante un fraude cocinado en La Habana) para “contagiarlo” de democracia es de una ingenuidad pueril. Y en la “realpolitik” no hay espacio para la ingenuidad. El propósito es otro.

Legitimar la dictadura castrista

La invitación a Cuba tiene realmente el objetivo central de legitimar definitivamente a la dictadura castrista y constituye un desafío sin precedentes de Latinoamérica a Estados Unidos, que ha sido posible por la muy evidente falta de liderazgo que padece hoy la única superpotencia mundial bajo la presidencia de Obama, el presidente estadounidense más flojo que se recuerde en la historia reciente.

De participar Cuba se consagraría la “Doctrina Insulza”, formulada por el actual secretario general de la OEA, el socialista José Miguel Insulza, según la cual si un líder latinoamericano es de izquierda no es necesario que sea elegido en las urnas democráticamente. Así lo enunció el alto dirigente regional en febrero de 2007 en Lima, Perú cuando afirmó: “La fuente de legitimidad del sistema cubano se llama Fidel Castro". Y remató: "Fidel Castro es un líder carismático que ha marcado medio siglo de la vida hemisférica... y esa personalidad ha terminado por imponer como legítimo dentro del hemisferio o dentro de América Latina un régimen como el que hoy día tiene Cuba".

O sea, que tiranía y democracia son directamente proporcionales: mientras más tiempo logra mantenerse en el poder un dictador, más legitimidad adquiere, si es de izquierda y tiene “carisma”.

Lo más escandaloso de la doctrina de marras es que no sólo considera que Fidel Castro es "fuente de legitimidad", sino que le concedió la gracia de poder transferirla a otros. Eso fue lo que hizo el Comandante al colocar a su hermano Raúl como Jefe de Estado, sin consultar al pueblo soberano.

El castrismo arruinó a uno de los países más prósperos de la región antes de 1959, y ha empobrecido dramáticamente a la gente. Ha fusilado a miles de opositores políticos y convertido la isla en una gigantesca cárcel, apalea a los defensores de los derechos humanos, y ha provocado el éxodo hacia el extranjero de casi dos millones de ciudadanos. Ambos dictadores llevan casi 56 años en el poder. Record panamericano absoluto.

Una victoria castro-populista en Panamá no contribuiría en nada a mejorar las relaciones de Washington con Latinoamérica como supone el “Times”, sino todo lo contrario. Separaría más aún a la América del Norte de la que otra se extiende del Río Grande a la Patagonia, que ya cuenta con la CELAC y UNASUR, dos exponentes de la estrategia izquierdista de hacer pedazos el sistema interamericano actual para construir otro al margen de EE.UU.

Pero lo peor de todo, lo más dramático y triste, es que una eventual capitulación de Estados Unidos sería una gravísima y trágica afrenta al sufrido y cada vez más solo pueblo de Cuba. Y Fidel y Raúl Castro podrían gritar eufóricos a los cuatro vientos: “Le ganamos la guerra al imperio yanqui”.

(Alvarez Quiñones es escritor y periodista radicado en el sur de California, especializado en temas políticos y económicos. Ha seguido el curso de la economía mundial durante más de tres décadas).

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