
Con suma lentitud, el Congreso de Estados Unidos ha comenzado a preocuparse de la situación económica del país, a través de su Comité Económico Conjunto. Las crisis hipotecaria, crediticia, financiera, los altos precios de la gasolina y la caída de varios sectores de la industria de la vivienda, junto a los también altísimos costos de la salud han generado una preocupación significativa en el consumidor.
El presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, anunció el 2 de abril que la economía estadounidense posiblemente no experimente crecimiento alguno el primer semestre de 2008. El plan de reintegros fiscales del presidente George W. Bush, de 600 dólares por individuo, mil 200 dólares por pareja, y 300 dólares por hijo, para inyectar a la economía nacional un total que supera los 150 mil millones de dólares, no llegará a las casas de los norteamericanos hasta principios del verano. Aun así, nadie sabe si será suficiente para reactivar la economía.
El poder de consumo de Estados Unidos representa casi el 20 por ciento de la economía mundial. Si esta capacidad adquisitiva se desmorona, no sólo sufrirá la economía de este país, sino también las de muchas otras naciones. La estabilidad histórica de las instituciones democráticas de Estados Unidos se ha debido, en gran medida, a la prosperidad económica de la nación. Si no hay estabilidad económica, no habrá estabilidad política ni social.
A los estándares tradicionales de una recesión se han unido ahora cuerpos extraños que generalmente no acompañan a una recesión, como los altos precios del combustible, que hacen subir los precios de todos los demás bienes de consumo, y la crisis financiera.
Para el estadounidense común resulta incomprensible que haya regulaciones para la conducta social, para la compra de seguros, para el tráfico de vehículos, para operar pequeños negocios, e inclusive acerca de cómo pintar su casa y cómo mantener su jardín, y sin embargo no haya regulaciones serias para los precios de la gasolina, de la salud, de las hipotecas y de otras muchas actividades que golpean el bolsillo del consumidor.
El Comité Económico del Congreso entrevistó a representantes de las cinco principales empresas petroleras de Estados Unidos, que tuvieron ingresos netos recientes de 123 mil millones de dólares. En esa entrevista se les preguntó a los representantes de esas empresas si tenían planes de usar sus ganancias para aliviar al consumidor. Los representantes no respondieron a la pregunta.
Es imperativo que el presdiente Bush envíe un fuerte mensaje al gobierno de Irak, en el sentido de que debe acelerar la capacitación de sus fuerzas de seguridad para derrotar a los grupos sectarios y terroristas que operan dentro del país, porque Estados Unidos no puede gastar allí mucho más de los aproximadamente 600 mil millones de dólares que ya ha gastado. Esa cifra representa 10 veces más dinero que el gasto original calculado para derrocar a Saddam Hussein. Es imperativo que la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, también concentre su atención en los temas económicos que sufre Estados Unidos. Pelosi sugirió el 2 de abril hacer un boicot a las Olimpiadas de Pekín, y eso está pefecto. China es una dictadura miserable. Hace meses, promovió un resolución congresional contra el holocausto turco en Armenia, también estuvo perfecto. Pero estas actividades, como las de Bush en Irak, no pueden sustituir el trabajo fundamental del presidente de EE.UU. y de la presidenta de la Cámara de trabajar duro para aliviar los problemas que afectan directamente al consumidor norteamericano.
Los profesionales, la clase media, la pequeña y mediana empresa, de cuello blanco, y los trabajadores de cuello azul, son las primeras bajas de una crisis económica. Pero son los que soportan el peso de la sociedad, desde abajo, con su poder de consumo. Si se debilitan los cimientos de la sociedad, el edificio podría venirse abajo, en medio de una guerra y de no pocas amenazas.
El ejecutivo y el legislativo deben sumergirse de lleno,
sin demoras, en el trabajo para el cual se les eligió.
