
Editorial
En medio del acoso de las narcoguerrillas de las FARC, algo que ha ocurrido durante más de 40 años, así como del narcotráfico y la hostilidad actual del movimiento neocomunista encabezado por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, Colombia se propone afrontar con mayores capacidades esos desafíos.
La decisión de permitir a un grupo de asesores estadounidenses ingresar en bases militares colombianas para combatir el tráfico de drogas y las guerrillas, ha desatado una campaña regional dirigida por Chávez, con apoyo de Bolivia y Ecuador, en el seno de UNASUR, y de Nicaragua y Cuba en el resto del continente. La campaña chavista se ha concentrado en hacer creer a la opinión pública que la entrada de militares de Estados Unidos en las bases colombianas representa una amenaza para la paz latinoamericana. El caudillo venezolano, que ha gobernado su país durante los últimos 10 años, afirma que la región está al borde de una guerra, de una agresión militar de Estados Unidos a Venezuela y otras naciones. Esto lo ha llevado a anunciar la suspensión de las relaciones diplomáticas con Colombia y ordenar el cierre del comercio entre ambos países.
Cualquier líder político en su sano juicio sabe que ni Estados Unidos ni Colombia tienen la intención de invadir Venezuela, Ecuador o Bolivia, muchos menos durante el gobierno de Barack Obama. Cualquier líder político serio jamás pondría en duda que Colombia necesita poner fin cuanto antes a las actividades narcoterroristas de las FARC y los narcotraficantes independientes que todavía sobreviven en la geografía colombiana. Esos flagelos han provocado daños incalculables a Colombia durante décadas, y sin duda alguna han sido factores de desestabilización, que la nación colombiana ha sabido afrontar sin acudir a dictaduras y otras fórmulas antidemocráticas tan comunes en América Latina.
El miedo real de Hugo Chávez no es a una hipotética invasión militar norteamericana ni a posibles ataques colombianos a territorio venezolano. Su miedo real es a la tecnología de Estados Unidos, especialmente la diseñada para combatir el narcotráfico. Washington y Bogotá, juntos, podrían ahora, con esa moderna tecnología, presentar pruebas de que Caracas es tolerante - quizás participante - ante el enorme tráfico de drogas que pasa por Venezuela desde los campamentos de las FARC. Podrían demostrar también, con pelos y señales, la presencia de líderes de las FARC en santuarios establecidos dentro de los territorios de Venezuela y Ecuador. La amistad de Chávez y del presidente ecuatoriano Rafael Correa con las narcoguerrillas es algo que se hizo palpable a finales de 2007, cuando Chávez defendió públicamente a las FARC como "movimiento bolivariano", y en marzo de 2008 cuando fuerzas colombianas destruyeron un campamento de las narcoguerrilas en territorio ecuatoriano, luego de haber avisado a Correa seis veces de que los guerrilleros huían y se refugiaban en Ecuador.
Un informe del Congreso de Estados Unidos, divulgado el 18 de julio de 2009, revela que el tráfico de drogas que llega a Venezuela procedente de las narcoguerrillas colombianas aumentó espectacularmente de 60 toneladas métricas en 2004 a 260 toneladas métricas en 2007, cantidad equivalente al 17 por ciento de toda la cocaína que se produjo en los Andes ese año. El mismo informe señala que las FARC manejan el 60 por ciento del tráfico de cocaína que se produce en Colombia, mucha de la cual se destina a Estados Unidos y Europa. Hay que recordar también que Chávez expulsó de Venezuela a agentes antinarcóticos de Estados Unidos en 2005. Muchos críticos de Chávez dijeron entonces que la medida se debía, precisamente, a la necesidad del líder neocomunista venezolano de ocultar la participación directa o indirecta de su gobierno en el tráfico de narcóticos.
Si Chávez quiere evitar guerras, confrontaciones y peligros para América Latina, tiene en sus manos todas las posibilidades de lograr ese objetivo. Simplemente, debe detener sus intenciones de imponer regímenes como el suyo en la región, a través de la corrupción política y el fraude electoral; debe entender que la ideología antidemocrática que intenta establecer en el suyo y en otros países, esa mezcla abominable de fascismo y comunismo, fracasó hace mucho tiempo en muchos países; debe detener dentro de Venezuela el tráfico de drogas que se refleja en el informe del Congreso de Estados Unidos; y debe dejar a un lado su propósito de usar y defender a las sanguinarias FARC colombianas. Por supuesto, debe dejar también de mentir y manipular a la opinión pública, de cerrar medios de comunicación y de hostigar a la oposición democrática venezolana.
Mientras tanto, la comunidad de naciones latinoamericanas
debe cerrar filas en apoyo a Colombia, país que sufre una verdadera tragedia desde hace
casi medio siglo. Es hora de que América Latina decida si quiere seguir
del lado de las consignas y las ideologías extrañas, o sumarse
al tren del progreso que han vivido Europa, Estados Unidos, Canadá y
Australia, y que están viviendo cada día más, sorpresivamente,
muchas naciones de Asia.
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