

Editorial
En su vigésimo octavo período extraordinario de sesiones, la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA) aprobó un instrumento político de gran importancia, en Lima, Perú, el 11 de septiembre de 2001: la Carta Democrática Interamericana.
Con principios similares a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU, pero más concentrada en el comportamiento del Estado, la Carta Democrática permite a los miembros de la OEA sancionar, criticar y suspender a los gobiernos americanos que manifiesten una conducta antidemocrática. El documento deja claramente establecido que la democracia es mucho más que el ejercicio del voto ciudadano. Es transparencia, servicio público y respeto a los derechos y libertades fundamentales de los pueblos y de las instituciones.
Si en el seno de la OEA hay un ejemplo de incumplimiento de la Carta Democrática, ese es el ejemplo del gobierno de Venezuela presidido por el teniente coronel Hugo Chávez, elegido por el pueblo pero antidemocrático en su comportamiento. El hostigamiento de Chávez a la oposición política, a los medios de comunicación social y a la clase empresarial, sus continuas violaciones a los derechos humanos, inclusive con pistoleros utilizados contra estudiantes y manifestantes en hechos ampliamente documentados, son el mejor testimonio de que el régimen de Chávez, amigo y admirador de dictadores, con 10 años en el poder, no debía ser miembro pleno de la OEA. Sus propuestas políticas antediluvianas, parten de una ideología enterrada en el olvido por el mundo civilizado, porque sólo dejó el amargo recuerdo de 100 millones de muertos.
Asesorado de los pies a la cabeza por una nutrida fuerza
de agentes de la inteligencia cubana, expertos en crear miseria y represión
política,
es obvio que Chávez pretende instalar otro estado totalitario en
el Hemisferio Occidental, similar al que creó su mentor, amigo personal
y aliado cubano Fidel Castro, que ha regido los destinos de Cuba por la
fuerza bruta durante medio siglo. La amistad de Chávez con el propio
Castro, con el delirante líder iraní Mahmoud Ahmadinejad,
que propone el exterminio del estado de Israel, con el dictador libio Moammar
Gadafi y el horroroso régimen comunista de Corea del Norte, lo convierten
en un verdadero paria latinoamericano. Con sus actos, inclusive con su
compra desproporcionada de armas a Rusia, Chávez nos obliga a recordar
los días difíciles de la Guerra Fría, muy especialmente
aquéllos en que el mundo estuvo al borde de un holocausto nuclear,
en octubre de 1962, por la instalación de misiles soviéticos
en Cuba apuntado hacia Estados Unidos.
También están frescos en la memoria, los días en que Chávez cometió la irresponsabilidad
de decir públicamente que las narcoguerrillas colombianas de las FARC no
eran terroristas, sino un movimiento de liberación bolivariano. Aquellas
palabras fueron un reflejo innegable de su apoyo incondicional a esas fuerzas
irregulares que han sembrado el terror en Colombia, con sus atentados y secuestros.
Se sabe que el sueño de Chávez es que lo expulsen de la OEA para crear su propia OEA, con los cuatro o cinco líderes neocomunistas como él que lo siguen irresponsablemente, a cambio de petróleo y dinero.
Después de 10 años de conducta intolerante, radical y ajena
a la Carta Democrática Interamericana, con el voto de ciertos sectores
de Venezuela como único asomo de democracia, Chávez siente
que es intocable. Mientras tanto, la OEA ha sentado el pésimo precedente
de que es posible censurar, hostigar, clausurar y disparar contra la oposición
pacífica y, además, ser miembro de la organización,
al no haber hecho nada serio para detener a este personaje, que cada día
se parece más al hombre de las cavernas que al jefe de un estado
moderno. Para la OEA, es hora de actuar con responsabilidad. Chávez
nunca lo hará.
Carta Democrática Interamericana
Declaración
Universal de los Derechos Humanos
El Libro Negro del Comunismo