Capitalismo Bueno y Capitalismo Malo
Por CARLOS ALBERTO MONTANER
La OEA, que no sirve para casi nada, aunque la presida José Miguel Insulza,
un político competente, pudiera asumir con realismo su condición
de club de debates y olvidarse de otras misiones gloriosas que casi nunca consigue
llevar a buen puerto. No es serio firmar compromisos solemnes, como la Carta
Democrática, y luego ignorar olímpicamente lo que está
sucediendo en Venezuela, Bolivia o Ecuador (y lo que empieza a ocurrir en Nicaragua),
donde las instituciones republicanas, frágil sustento del Estado de derecho,
están siendo sistemáticamente demolidas desde el poder.
¿Cómo pudiera el señor Insulza ganarse honradamente el
pan al frente de una OEA modesta y pequeñita, pero razonablemente útil?
Podría, por ejemplo, convocar a los presidentes de América Latina
para debatir el gran tema moral, político y económico que sacude
a toda la región desde el Río Grande a la Patagonia: ¿por
qué los latinoamericanos constituyen el segmento más pobre y atrasado
de Occidente? ¿Por qué en sus universidades y centros tecnológicos,
algunos de ellos con cuatrocientos años de existencia, apenas se producen
hallazgos significativos? ¿Por qué la mitad de la población
latinoamericana vive en la miseria? ¿Por qué -en suma- el capitalismo
latinoamericano ha dado tan pobres resultados si se contrasta, por ejemplo,
con el éxito de los países escandinavos o con Canadá y
Estados Unidos, las otras dos expresiones europeas del otro lado del Atlántico?
En realidad, casi todas esas preguntas ya fueron respondidas, indirectamente,
en un excelente libro, Good Capitalism/Bad Capitalism, escrito por los economistas
norteamericanos William J. Baumol, Robert E. Litan y Carl J. Schramm, publicado
recientemente por Yale University Press. El título agrega algo más
para explicar de qué se trata: "la economía del crecimiento
y la prosperidad". Y la tesis es sencilla de entender: el hecho de que
existan propiedad privada y mercado no genera necesariamente desarrollo. En
Haití y en Holanda hay mercado y propiedad privada, pero en un país
la gente se muere de hambre y en el otro las grandes preocupaciones comienzan
a ser la obesidad y la longevidad excesiva.
De acuerdo con la persuasiva explicación de los autores, no hay un capitalismo,
sino cuatro: el guiado por el Estado, el capitalismo mercantilista, donde los
funcionarios escogen a los amiguetes ganadores o a los desdichados perdedores;
el capitalismo oligárquico, muy parecido al primero, donde un pequeño
grupo de gentes adineradas pone el Estado a su servicio y convierte la actividad
económica en un coto cerrado para su único beneficio; el gran
capitalismo o capitalismo de las grandes empresas, donde el poder de los gigantes
económicos hace girar la organización de la sociedad en provecho
de sus enormes y ubicuos intereses; y -por último- el capitalismo empresarial,
donde el Estado no asigna privilegios y se limita a crear las condiciones para
el surgimiento incesante de empresas que deben sustentarse en mercados abiertos
y competitivos gobernados por la agónica búsqueda de innovaciones,
calidad y mejores precios con los que conquistar a los consumidores.
Éste último es el "buen capitalismo" de que habla el
libro, y aunque no existe en estado puro en ninguna parte, es evidente la relación
que se advierte entre este modelo de producción y el buen desempeño
económico. De diversas maneras y grados, esto es lo que sucede en las
veinte naciones más prósperas y desarrolladas del planeta. Los
autores, por supuesto, no prometen que el capitalismo empresarial traerá
un mundo más justo y equitativo, e incluso defienden las virtudes de
los desequilibrios como parte del impulso destructor que regenera constantemente
al mercado, pero sí advierten que en las naciones que lo practican es
donde se observan menores desigualdades. El índice Gini, que mide las
diferencias de ingreso en las naciones, demuestra que una sociedad como la danesa,
paradigma del capitalismo empresarial, tiene un índice de distribución
de ingreso dos veces más equitativo que los países latinoamericanos.
En realidad, Good Capitalism/Bad Capitalism no dice nada radicalmente nuevo,
pero aporta algo muy importante al debate: una manera muy ordenada y convincente
de presentar los argumentos, y lo hace sin recurrir a la jerga complicada de
la economía. Es un libro para profanos. Por ejemplo, con tres o cuatro
excepciones, para los presidentes latinoamericanos. Ojalá Insulza se
anime a leerles el texto despacito y en voz alta. Se beneficiarían. Nunca
es tarde para aprender un par de cosas.
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