

El mito, el actor y la nostalgia de la utopía
MANUEL GAYOL MECÍAS
Editor de Palabra Abierta
"Pienso que para combatir a Fidel Castro no hay que pedir permiso a nadie. Sé que de los muchos horrores sufridos por Cuba, el de Castro es el horror mayor' (…) Sé que la historia será muy severa con esa revolución parida de otra dictadura, nacida de frustraciones, injusticias y falta de libertades, que parecía mito, sueño, y se volvió barbarie insalvable".
Carlos Franqui (Tomado de El Nuevo Herald / 04/16/10)
¿Cómo comenzó nuestra “barbarie insalvable”? En realidad, hay que reconocer que primero fue el mito para los cubanos, para ser exacto, dos grandes mitos. En el inicio Fidel Castro aparentó ser Robin Hood, y casi todo el mundo le creyó. A ello contribuyó el periodista Herbert Mathews, de The New York Times, quien al decir de otro periodista, Anthony DePalma, fue el hombre que inventó a Fidel Castro (1).
En efecto, aquí comenzó a ser explotada la imagen idílica de un hombre que vio la oportunidad para mezclar sus carismas de líder político, aventurero y actor. Al final, ya en estos tiempos, han sido esas dotes de actor las que más le han garantizado su éxito de llegar a ser el dictador más viejo de la historia.
Su proyección de Robin Hood, el héroe que iba a despojar a los ricos para dárselo todo a los pobres, le permitió igualar a los cubanos en una mísera masa y a los “intelectuales” en armas culturales que podría esgrimir en contra de sus enemigos.
Escritores y artistas vieron en él y en Cuba la posibilidad de concretar la utopía. Más incluso cuando la Isla empezó a vivir el segundo mito de la bíblica lucha entre el pequeño David y el gigante Goliat. Este hombre impetuoso supo aprovechar las infamias y torpezas de la fallida diplomacia del país del norte para hacerse ver como el David de los oprimidos.
De modo que la Isla se ha llenado de imágenes vacías, sin asidero a la verdadera realidad vivida por los cubanos. Mientras se ha hablado (y se habla) de redención e igualdad, y se continúa prometiendo el hombre nuevo, se sigue reprimiendo, y los artistas y escritores hacían (y hacen) sus obras revolucionarias, unos desde la ingenuidad y el miedo, y otros desde el oportunismo. Los intelectuales, en Cuba, así han cumplido con los decretos y dictámenes de Castro, aun cuando hubo honrosas disidencias y se protagonizaron dramáticos conatos de rebeldía intelectual —algunos como el famoso caso de Heberto Padilla— aplacados por el pánico a la Seguridad del Estado; incluso, hace unos cuantos meses atrás se dio la protesta de los e-mails en contra de Luis Pavón y Jorge Serguera, fervientes comisarios de los Castro. Mientras todo esto ha ocurrido, repito, la vida cotidiana de la Isla se ha desfigurado siempre por el pavor a los fusilamientos, a las redadas y prisiones, y a lo que todos ya saben constituye la historia contemporánea de estos cincuenta años y más. Del miedo natural se pasó al terror sordo, psicológico, que se metió en el tuétano de la gente. Y de este miedo —demasiado abrumador por estar condicionado fuertemente por falsos principios ideológicos que no sólo sustentaban a los dos mitos mencionados, sino que también usaban una historia repleta de mentiras, de medias verdades y verdades, y que así llevaban a la confusión de un discurso revolucionario que condenaba de traidor a cualquiera que no defendiera a la Revolución—; de este terror, insisto, no pudieron escapar los intelectuales. La famosa frase de Fidel Castro: “Con la Revolución todo, contra la Revolución nada” (2) es el principio básico de este miedo censurador que ha repercutido en la mente de no pocos creadores cubanos hasta hoy en día.
Por su parte, los mitos dieron lugar también a la utopía. La Isla entonces era el faro del planeta. Y el “Hombre Nuevo” y el “Territorio Libre de América” funcionaban por la propaganda no sólo de todo un expandido movimiento de izquierda en el mundo que apoyaba e “ingenuamente” creía en los dos mitos, sino asimismo porque —entre tantas cosas, la de ser punta de lanza contra el “imperialismo”— la isla aparentaba ser la posibilidad del paraíso con el que la gran parte de los escritores y artistas habían soñado. El lugar donde todos tenían la oportunidad de publicar y exhibir sus obras En la actualidad ya un buen número de intelectuales cubanos y extranjeros, y gran parte de la opinión pública internacional, saben que las sofisticadas entidades culturales del régimen no eran más que la propaganda para instrumentar el mito de que la Isla fuera “el paraíso bello de la humanidad”.
El miedo psicológico de atentar contra el “sueño”, y de que al atacarlo, ese “sueño” se pueda convertir en pesadilla, ha hecho que unos cuantos creadores cubanos todavía no se atreven a despertar, sigan autocensurándose y prefieran el facilismo de una inercia ideológica que durante años les ha creado un “nombre”, y otros tantos prefieran mantener sus prebendas (algunos han logrado propiedades, viajes pagados y cuentas en dólares, entre varios privilegios más).
Asimismo funcionaba y funciona todavía la nostalgia de aquellos tiempos en que a cualquier lugar que estos intelectuales viajaran creían representar los ideales de la utopía. Se sabe que no es fácil romper con esa fantasiosa nostalgia porque sería enfrentar la cruda realidad de que han estado defendiendo el horror mismo; es decir, reconocer ahora todo lo contrario a lo que prodigaban. Se sabe que es algo duro y difícil de superar. Pero muchos lo han logrado y merecen honra y los que quedan, están a tiempo, aún, de hallar los pasos perdidos. Porque si no, la historia acabará por cerrarle sus puertas.
Es hora de que los intelectuales cubanos y extranjeros,
que aún defienden
el castrismo, encuentren la manera de decir “no” al horror; es
el momento real para que logren desprenderse de su falsa nostalgia y acaben
por reconciliarse con su conciencia. Sería bueno, entonces, terminar
con una lapidaria paradoja, al citar las propias palabras de Fidel Castro
cuando finalizó las conclusiones de su famoso discurso a los intelectuales,
en junio de 1961; palabras que hoy en día se revierten contra él
y sus seguidores: “¡Teman a los jueces de la posteridad, teman
a las generaciones futuras que serán, al fin y al cabo, las encargadas
de decir la última palabra!”.
*Este título está inspirado en palabras de Guillermo Cabrera Infante, en algunos de sus textos que aparecen en Mea Cuba, Barcelona, Plaza & Janés Editores, 1992.
1.- Anthony DePalma, The Man Who Invented Fidel (Cuba, Castro, and Herbert L. Mathews or the New York Times), New York, Public Affairs, 2006
2.- Discurso pronunciado por el comandante Fidel Castro Ruz, primer ministro del gobierno revolucionario y secretario del PURSC, como conclusión de las reuniones con los intelectuales cubanos, efectuadas en la Biblioteca Nacional el 16, 23 y 30 de junio de 1961 (Departamento de Versiones Taquigráficas del Gobierno Revolucionario). Dar clic en: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1961/esp/f300661e.html. O buscar en Google por: “Con la Revolución todo, contra la Revolución nada”.
(Gayol Mecías es escritor y periodista radicado en
el sur de California, y editor del suplemento cultural digital Palabra
Abierta).
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